Introducción a los estudios culturales de A. Mattelart y É. Neveu

30 Sep

Armand Mattelart y Érik Neveu. Introducción a los estudios culturales. Trad. Gilles Multigner. Barcelona, Paidós, 2004. 175 pp. ISBN: 84-493-1543-3

María del Mar Ramírez Alvarado

Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad y Literatura

(Universidad de Sevilla)

Reseña originalmente publicada en Comunicación nº 4, 2006 (pp. 287- 291)

http://www.revistacomunicacion.org/pdf/n4/resenas/introduccion_a_los_estudios_culturales.pdf

Introducción a los estudios culturales es el título de la obra conjunta en la que Armand Mattelart y Érik Neveu presentan una interesante indagación sobre los antecedentes, orígenes y evolución de esta corriente de estudio e investigación que desde hace ya algunas décadas se ha institucionalizado en el mundo académico. Publicada por la editorial Paidós, la obra cumple con los objetivos de analizar y, sobre todo, restituir trabajos y debates que despejan los misterios y opacidades que existen en torno al término “estudios culturales”. El libro tiene el principal acierto de tomarnos de la mano a los lectores y, a través de la deconstrucción de este legado, ayudarnos a comprender las metamorfosis de la noción de cultura en los últimos años.

Aunque dentro del ámbito de las Ciencias Sociales el término de cultura ha dado pie a prolijas reflexiones no pocas veces contradictorias, es al final de la Segunda Guerra Mundial cuando en Europa se plantea un debate teórico sobre la manera en la que la cultura de un grupo (y sobre todo de las clases populares) actúa como elemento de rechazo al orden imperante o de adherencia a las relaciones de poder. A partir de esta premisa teórica quizá tan simple, la evolución, crecimiento y ramificación de los análisis han sido realmente fructíferos, tal como nos presentan Mattelart y Neveu en una obra cuyo valor es precisamente el de ordenar, sistematizar y cronologizar las aportaciones más determinantes en esta corriente.

El boom se produce en el siglo XX, durante la década de los sesenta en la ciudad de Birmingham, pero los autores sitúan los orígenes de los estudios culturales en el XIX, también en Gran Bretaña, vinculados a una tradición de pensamiento denominada Culture and Society y, en concreto, a los English Studies o estudios sobre literatura inglesa. La literatura se transforma entonces en el vínculo, símbolo y transmisor de la cultura: Thomas Carlyle (1795-1881), Mattew Arnold (1822-1888), William Morris (1834-1896) y, posteriormente, Frank Raymond Leváis (1895-1978), son algunos de los pensadores cuyas aportaciones se reseñan en la obra y que coinciden en sus interrogantes en torno al papel de la cultura como instrumento de reconstitución de las naciones frente a las amenazas del Capitalismo.

Antes de Birmingham con su reconocimiento institucional, aún situados en los preludios, aparecen también los trabajos de los denominados por Mattelart y Neveu Founding Fathers de los estudios culturales. Son tres. En primer lugar Richard Hoggart publica en 1957 una obra considerada fundamental, The Uses of Literacy: Aspects of Working-Class Life with Special References to Publications and Entertainments, que arroja luces sobre la influencia de los medios de comunicación en la cultura de la clase obrera. En segundo término, los trabajos de inspiración marxista de Raymond Williams y de Edward P. Thomson, ambos provenientes del ámbito de la educación de adultos y vinculados más tarde a la New Left, que supondrían un interesante florecimiento de las ideas de izquierda en los sesenta. En sus obras y artículos publicados, dan cuenta de una visión de la historia a partir de las luchas sociales y como resistencia al orden impuesto por el sistema capitalista. Ambos autores, de origen popular, tienen el mérito de que sus estudios fueran reconocidos a pesar de no pertenecer a los selectos círculos de Oxford o Cambridge y de navegar en contracorriente al mundo universitario británico.

Llegamos entonces a Birmingham (1964-1980), capítulo de su obra en el cual los autores sitúan el florecimiento y la más espectacular primavera de los estudios culturales. Precisamente en la Universidad de Birmingham, de mano de Richard Hoggart (uno de los padres fundadores mencionados), se funda en 1964 el Centre for Contemporary Cultural Studies (CCCS). Durante los primeros años el trabajo fundamental de Hoggart y, poco después de su segundo director, Stuart Hall (que aunque estudió en Oxford trabajó ampliamente con proyectos pedagógicos desarrollados en sectores populares y quien sería el coordinador de los grandes trabajos colectivos del centro), fue el de legitimar los estudios culturales ante los estrictos círculos académicos británicos. Para ello utilizaron dos herramientas que fueron de gran utilidad. En primer término, comenzaron a invitar a los tribunales de evaluación a los colegas que se tenían por más tradicionalistas y rigurosos, a fin de acreditar la formación que se adquiría en el Centro. En segundo lugar, pusieron en marcha una estrategia de difusión de la producción científica propia a través de working papers o artículos multicopiados que, posteriormente, se recopilarían en libros colectivos con interesantes aportaciones.

Mattelart y Neveu van desgranando las principales orientaciones teóricas del grupo de Birmingham, comenzando por esa enorme voluntad y capacidad de analizar trozos de la vida cotidiana con todo detalle: bikershippiesmodrastasrockersruddiesskinheadsteddy-boys… subculturas estudiadas bajo la lupa de categorías teóricas como el tiempo o la etnicidad. ¿Cómo la diversidad de productos culturales son consumidos por las clases populares?, se preguntan. Desde esta perspectiva, los investigadores ingleses serán los primeros en atraer la atención sobre tópicos tan profanos no sólo como las conductas excéntricas de muchos de los grupos citados, sino también sobre temas como la publicidad o la música rock. Sin embargo, poco a poco los medios de comunicación, y en concreto los programas de información y entretenimiento, se convertirán en objetos privilegiados de estudio. Lo mismo ocurrirá con la introducción de dos nuevas variables de análisis: las nociones de género y de raza.

Es una misma línea la que reatroalimenta teóricamente estos primeros estudios culturales, línea en la que Mattelart y Neveu sitúan cuatro conceptos de cohesión fundamentales. En primer término la noción de “ideología”, que indudablemente forma parte del legado marxista, y que ayuda a comprender cómo, en un contexto determinado, los sistemas de valores intervienen para promover resistencia o aceptación al statu quo. En segundo y tercer lugar, la “hegemonía” o construcción del poder con la conformidad de los dominados y la “resistencia” o repertorio de obstáculos que ponen en marcha las clases populares para rebelarse y enfrentar esa dominación. Por último, la problemática de la “identidad”, a través de la cual entran en juego variables como la generación, el género, la sexualidad o la etnicidad. El marxismo directo, las segundas lecturas de Marx o los vínculos del marxismo con el estructuralismo, el psicoanálisis o incluso la sociolingüística, constituyen algunas de las principales importaciones conceptuales del CCCS.

¿Pero cuáles fueron las principales debilidades e hipotecas de estas investigaciones? Mattelart y Neveu señalan, sobre todo, el hecho de que muchos de los investigadores procedían del ámbito de las Humanidades y no de las Ciencias Sociales, con lo cual poseían lagunas conceptuales importantes o estaban poco familiarizados con nociones determinantes para el estudio de la cultura provenientes precisamente de las Ciencias Sociales. También apuntan que algunos de los autores no pudieron superar el “miserabilismo” o el “populismo” que impregnan sus trabajos. Por último, afirman que el “pecado original” de los estudios culturales fue el escaso interés demostrado por la historia y, sobre todo, por la economía, con lo cual quedaba sacrificado el vínculo con el materialismo cultural. En este sentido, el Marxismo del CCCS se reduce a cuestiones como la ideología o la filosofía, con lo cual algunas de las aportaciones se quedan, en palabras de Mattelart y Neveu, en la “exégesis marxológica más soporífera”. No obstante, la ecuación de la fecundidad en Birmingham fue adecuada y el dinamismo marcó unos años ciertamente fructíferos.

En el tercer capítulo de su obra, los autores nos presentan la situación de los estudios culturales en la década de los ochenta caracterizada por el desplazamiento del interés hacia los análisis sobre la recepción de medios (sobre todo de la televisión) por parte de los distintos públicos. Se abordan temas como los usos sociales de la televisión, las audiencias, usos y gratificaciones, consumo televisivo, las Soap Operas tipo Dallas, entre otros. También durante este período toman auge los estudios feministas sobre los medios y, así, en los países anglosajones aparecen los Woman’s StudiesGender Studies o Feminist Studies.

En líneas generales, este replanteamiento de los estudios culturales tiene que ver, según se explica en la obra, con la “globalización” del mundo que poco a poco va desdibujando a las culturas nacionales como identidades individuales y, en este sentido, con la modificación de los “paisajes sociales”. También, en gran medida, con la enorme fuerza de las migraciones en el panorama internacional y, asimismo, con los procesos contradictorios de homogenización y diferenciación que hacen mella en las representaciones de las culturas nacionales. De igual forma, señalan Mattelart y Neveu que se produce un relevo generacional con la aparición en escena de investigadores más jóvenes cuya adolescencia y juventud tuvo lugar “socializadas por la televisión y por todos los recursos de las industrias culturales”. Algunos de ellos manifiestan la necesidad de superar los conceptos polares de la identidad que subyacen en pares como opresores y oprimidos, dominantes y marginados, metrópoli y periferia, entre otros.

En el cuarto capítulo de su obra, los investigadores franceses nos presentan el panorama de la internacionalización y crisis de los estudios culturales. De ello hemos sido testigos no sólo profesores sino también alumnos de las universidades de todo el mundo, ya que apenas quedan lugares donde no se impartan asignaturas de pregrado o postgrado sobre el tema o no existan departamentos o institutos especializados. Los estudios culturales se transforman entonces en un objeto de importación (Estados Unidos, Australia, América Latina, Sudeste de Asia, algunos países de Europa) y, quizá sobre todo a partir de entonces, el inglés se convierte en el idioma por excelencia de los intercambios académicos. A esta expansión contribuyen, según Mattelart y Neveu, diversas causas que van desde los desfases temporales en los procesos de democratización universitaria y la acción de los expatriados británicos que abandonan el Reino Unido, hasta la “pregnancia de lo cultural” o importancia creciente que la cultura adquiere en el conjunto de las actividades económicas y sociales. La expansión es también temática, y comienzan a introducirse temas como las nuevas tecnologías y la cultura, la pluralización de las identidades, el poscolonialismo, la memoria social, la geografía cultural, la cultura de las empresas, entre otros.

Pero una expansión tan espectacular llevó aparejada una serie de contrapartidas: “perdida de identidad, de rigor y de fecundidad”. Se acepta lo transnacional valiéndose de la inflación de los discursos, a costa de la precisión teórica. Comienzan a apreciarse ciertas confusiones epistemológicas y, por poner un ejemplo, términos que en determinados contextos habían demostrado una gran eficacia conceptual (como el de “mediaciones”), se convirtieron en simples muletillas. Esta explosión demográfica, con cientos de estudiosos expertos en cultura, trajo consigo una “hiperfragmentación” y desconexión de temas y conceptos que sirvieran de soporte a investigaciones con objetivos e interrogantes compartidos. Paulatinamente fue decreciendo el interés por los retos centrales de la producción de bienes culturales (industrias culturales, políticas públicas, etc.), sustituyéndose por el valor exagerado atribuido al “pequeño objeto”, a las historias triviales no integradas en un discurso de conjunto. Pero, en especial, Mattelart y Neveu señalan que esta involución de los estudios culturales tuvo que ver, en gran medida, con procesos crecientes de despolitización y militancia por parte de los investigadores. Ésta había sido una de las características del grupo de Birmingham y, con la desaparición de los padres fundadores, poco a poco sus herederos se convirtieron en “huérfanos de compromiso”.

Sin duda, el análisis de lo cultural continúa siendo una prioridad en el mundo actual. Ésta es la conclusión a la que finalmente arriban Armand Mattelart y Érik Neveu en su excelente trabajo, a pesar que llegan a preguntarse si, dado el estado actual de los estudios culturales, es necesario hacer una necrológica en lugar de una introducción. La clave para el futuro está, según estos autores, en volver a replantear algunas de las preguntas de los años sesenta: ¿Dónde se sitúan las conexiones interdisciplinares productivas?, ¿Cómo puede convertirse el “compromiso” en un motor y no en una amenaza para el trabajo intelectual? Las condiciones de esta renovación pasarían, en definitiva, por la reconciliación con el “materialismo cultural” (de forma de articular lo simbólico con lo sociológico y lo económico), por la imperiosa necesidad de ruptura con las “modas teóricas” y, en definitiva, por la puesta al día de las fronteras disciplinares.

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