El diario de una mujer glotona

26 Abr

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Talia Schaffer. “The Importance of Being Greedy:  Connoisseurship and Domesticity in the Writings of Elizabeth Robins Pennell”. The Recipe Reader. Narratives, Contexts, and Traditions. Eds. Janet Floyd y Laurel Forster. Lincoln, Nebraska: University of Nebraska Press, 2010.

 

 

 

Julieta Flores Jurado

Lengua y Literaturas Modernas Inglesas

Facultad de Filosofía, UNAM

 

 

 

Cocinar es una forma de tener bajo control lo indomesticado: no es casual que la distinción entre crudo y cocido se haya entendido también como la diferencia entre civilización y barbarie. Hay una larga distancia del fruto del membrillo, duro, ácido e imposible de comer crudo, a un bloque de ate, dulce y perfumado. Aunque en nuestra época una de las tendencias culinarias más relevantes es aquella que insiste en comenzar con ingredientes de excelente calidad, alterarlos mínimamente y consumirlos en preparaciones simples, en la Inglaterra de hace ciento veinte años la situación era completamente diferente. Platillos como ensaladas contenidas en perfectos cubitos de aspic (una gelatina salada a base de caldo) eran “[a] testimony to the cook’s skill at disciplining food, itself preceived as an innately messy substance” (Schaffer 112). Para muchos comensales victorianos, lo insípido era una característica deseable, pues disfrutar el sabor de la comida se asociaba a lo corporal, al deseo físico. El afán de dominar los alimentos también implicaba un control sobre el apetito. Este panorama culinario era especialmente hostil para las mujeres de las clases media y alta, que debían seguir la convención de que una dama comía con discreción, en cantidades muy mesuradas, y sin demostrar que obtenía algún placer de ello. “The gelatine salad neither pleased the palate, nor satisfied the stomach, nor built up the body, which made it appropriate for the Victorian lady who wished to demonstrate that she had neither appetite, nor hunger, nor other bodily needs” (Schaffer 114).

 

Este entorno podría parecer muy desalentador para la producción de literatura gastronómica. Sin embargo, en 1896, Elizabeth Robins Pennell –crítica de arte, biógrafa de Mary Wollstonecraft e integrante de un grupo de escritoras llamadas “The Female Aesthetes”– publicó una colección de ensayos titulada The Feasts of Autolycus: The Diary of a Greedy Woman[i]. La elección del adjetivo greedy ya es un gesto de rebeldía: en el segundo ensayo de The Feasts, Pennell clasifica la glotonería no como uno los pecados capitales, sino como una de las virtudes cardinales. Pennell rechaza la idea de que el gusto por la comida sea un indicador de vulgaridad, y busca elevar la cocina al nivel de arte. Para lograrlo, la autora crea una persona un poco extravagante, que recurre al vocabulario del esteticismo para la descripción de la comida. Por ejemplo, en el capítulo sobre el sándwich: “Set your wits to work. Cultivate your artistic instincts. Invent! Create! Many are the men who have painted pictures, few those who have composed a new and perfect sandwich” (cit. en Schaffer 117). El verbo “compose” equipara al sándwich con un poema o una pieza de música. En el capítulo sobre fresas, titulado “A Study in Red and Green”, nuevamente Pennel recurre al vocabulario de las artes visuales, y concluye que un arbusto de fresas puede ofrecer una experiencia estética superior a la que encontraríamos en cualquiera de los grandes museos:

 

You may search from end to end of the vast Louvre; you may wander from room to room in England’s National Gallery; you may travel to the Pitti, to the Ryks Museum, to the Prado; and no richer, more stirring arrangement of colour will you find than in the corner of your kitchen garden where June’s strawberries grow ripe. From under the green of broad leaves the red fruit looks out and up to the sun in splendour unsurpassed by paint upon canvas.   (Cit. en Schaffer 117)

 

La escritura de Pennell es frecuentemente sinestésica y con aspiraciones cosmopolitas: “Hungarian chicken is ‘the clash of the Czardas captured and imprisoned in a stew pan’” (cit. en Schaffer 111). Aunque el tono de esta escritura gastronómica pueda acusarse de frivolidad, Talia Schaffer cree que los ensayos de Elizabeth Robins Pennell pueden leerse como parodias, que desafían los mitos victorianos sobre la feminidad y que permiten a la autora definirse como una conocedora de la buena vida, una “guía a la belleza”, y evitar la conexión con el lado “bajo” de la preparación y el consumo de los alimentos. “The unacceptable physical labour of cookery gets sublimated into the superior intellectual pleasure of reading about cookery” (Schaffer 115).

 

Con el auge de la literatura gastronómica en las últimas décadas, The Feasts of Autolycus se ha redescubierto y revalorado. En Amazon se pueden encontrar al menos tres diferentes ediciones del libro, reimpreso por editoriales independientes. El texto es de dominio público, y también está disponible en Project Gutenberg. Concuerdo con Talia Schaffer en que la obra de Elizabeth Robins Pennell es un valioso antecedente del ensayo gastronómico, un género que más tarde practicarían escritoras tan celebradas como M. F. K. Fisher, Elizabeth David y Jane Grigson. La descripción apasionada que hace Pennell de alimentos individuales, como los tomates, las fresas, las naranjas o el queso, sin duda influyó en importantes libros de cocina contemporáneos como The Art of Simple Food, de Alice Waters. The Feasts of Autolycus contribuyó no sólo a una revaloración del trabajo de las mujeres–comparando la cocina con el estudio de una artista–, sino también del apetito femenino. La visión de Pennell no deja de ser relevante en un momento en el que escuchamos tanto sobre desórdenes alimenticios. Si una dama se preocupa por su apariencia, Elizabeth Robins Pennell diría que lo mejor que puede hacer es comer lo suficiente y disfrutar de su comida: “a woman not only grows beautiful when she eats well, but she is bewitchingly lovely in the very act of eating. Listen again, for certain texts cannot be heard too often: ‘There is no more pretty sight than a pretty gourmand’”.

Una probadita

Texto de The Feasts of Autolycus


[i] Autolycus es un personaje mitológico, hijo de Hermes y Quíone. En la segunda parte de The Winter’s Tale, Autolycus es uno de los personajes cómicos, un vagabundo y ladrón.

 

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