La cultura afroestadounidense y la cultura de consumo, Susan Willis

1 Jul

imagesmedium

Susan Willis. “I Want the Black One: Is There a Place for Afro-American Culture in Commodity Culture?”.  New formations, núm. 10, primavera 1990. 77-97.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

El objetivo de este artículo es claro: se trata, como ya se nos anuncia desde el título, de responder a las pregunta de si hay un lugar para la cultura afroamericana dentro de la cultura de la mercancía. Y debo agregar, desde luego, las preguntas subsecuentes: ¿de qué manera se relacionan los afroamericanos con la cultura blanca dominante? ¿de qué manera se apuntala esta última a través de los medios masivos de comunicación? ¿existe cierta faceta de la cultura de masas que se pueda interpretar como “cultura afroamericana”? ¿o la cultura de masas es más bien por antonomasia una cultura blanca con escasos espacios para las expresiones afroamericanas? ¿podemos siquiera imaginar que los medios sean capaces de expresar una identidad como ésta?

    Las respuestas a estas preguntas, nos dice Willis, son diversas, pues el problema al que buscan responder es de una altísima complejidad. De ahí, quizás, que Willis decida servirse de distintos ejemplos literarios o musicales, ejemplos donde se intuye que hay una mayor posibilidad de problematizar cuestiones que en la teoría se mostrarían con mayor diafanidad.

    Para estampar este punto con total claridad, debemos detenernos antes en dos cosas: en primer lugar, en el hecho de que Willis se sirva como primer ejemplo de una novela de Toni Morrison; y en segundo, que esta última haya escrito tras la publicación de libros como los Edward Said o Franz Fanon, para cuyas agendas un tema como la denuncia del colonialismo y de sus rescoldos dentro del mundo poscolonialista comportaba una importancia del primer orden. Lo menciono porque éste será el eje principal a lo largo del artículo: la problematización de la identidad afroamericana vista desde diversas manifestaciones culturales. Y es de hecho Willis misma, en un gesto de suma generosidad, quien nos lo sintetiza en una sola frase: “la cultura blanca dominante es demasiado compleja para ser abordada de una manera vengativa. Una simple y llana respuesta al dominio cultural no puede ser enarbolada, y ni siquiera concebida, porque la dominación está engarzada con los medios de comunicación, y éstos con la gratificación mercantil”.

    El sentido de esta frase lo encontramos tan pronto como advertimos que la novela morrisoniana de la que habla Willis, The Bluest Eye, versa sobre un grupo de adolescentes afroamericanas y de las relaciones que éstas guardan con el vejo paradigma de belleza americana. Y en opinión de Willis, es de ahí que surge el interés de una novela como la de Morrison: del hecho de que cada una de estas jovencitas responda de distinta forma a los estímulos de la clase blanca dominante: pues las unas, pese a no verse reflejadas en la blondez americana, aspirarán a parecerse a ella; mientras que las otras, serán presas de un profundo odio que se extenderá hasta su entorno más cercano.

    Pero este primer ejemplo, sin embargo, no es sino el inicio de una reflexión más profunda. Siempre teniendo como punto de partida el papel afroamericano dentro de las sociedades mercantiles, Willis se cuestiona sobre la prolijidad que implican casos como los de Michael Jordan o Michael Jackson, a partir de los cuales se podría argüir que aún existen formas de afirmación afroamericana dentro de una sociedad preponderantemente blanca, o dicho en otras palabras: que es aún posible manipular los signos y artefactos producidos por la cultura dominante para crear nuevas significaciones.

     Respecto al primero, Willis asegura que no puede ser más estrecha la relación entre un afroamericano con el fetiche de la mercancía. Jordan es “Nike Air” de la misma forma que “Nike Air” es Michael Jodan. “Su nombre y el nombre de la marca ―estatuye Willis―forman un mismo eslogan publicitario”. Pero cabe precisar un punto: un hecho como éste, más que una personalización del producto, implica una mercantilización de Jordan mismo: es decir, de la persona. Y, sobre todo, incita a que millares de adolescentes se sumen a esa mercantilización tan pronto como corren a las tiendas a comprar una par de tenis de cien dólares.

    Y aquí es importante agregar que Willis vuelve a establecer vasos comunicantes con una lectura como la de Morrison. Para ella, dice Willis, sería fútil hablar de una afirmación de la identidad afroamericana por medio de una marca como Nike, tan profundamente blanca. De donde, concluimos, resulta también impensable una afirmación como la de Michael Jackson.

     Con respecto a este último, existen indicios que nos sugieren que no es en realidad un caso tan digno de celebrarse. Porque acaba de un plumazo con problemas relativos tanto al género como a la raza, algunos podrían inclinarse por el hecho de que Jackson simplifica, mejor que nadie, el éxito eventual al que puede aspirar cualquier afroamericano dentro de la cultura de la mercancía.

    No obstante: ¿no será más bien que Jackson es, en sí mismo, una mercancía? Con mucho tino, Willis nos recuerda aquello que Jameson creía inherente a la industria de la mercancía: la repetición y la reproducción. Empero, se habría también que añadir la contradicción de que, dentro de esta misma industria, se fomenta el culto a la originalidad, a lo único, a la novedad. Y habiendo repasado esto, ¿existe acaso un mejor ejemplo que el de Jackson, el intérprete pop que se metamorfosea a medida que pasa de un disco a otro?

     Existen otros ejemplos que abonan a la empresa de Susan Willis, pero son quizás, aquellos que venimos de repasar, los que aporten mayor solidez al artículo. Y más allá del extraordinario análisis que realiza, que —dicho sea de paso— es un ejemplo paradigmático de aquello que se debe hacer en los estudios culturales, me resulta de sumo interés el hecho de que se abandone el dominio de la doxa para irrumpir en el de la praxis, por mucho más complicado. Me he dado cuento que ya he insistido en este punto, pero me es imposible no hacerlo: pues lo que hace Willis no es ciertamente un hecho menor.

Artículo en inglés

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: