Feminismo, estudios culturales, cultura popular de Joanne Hollows

21 Jul

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Joanne Hollows. “Feminismo, estudios culturales y cultura popular”.  Lectora: revista de dones i textualitat. Núm. 11 (2005).

Nataly Victoria Cárdenas Hernández

Pasante de la Licenciatura en Letras Latinoamericanas

Centro Universitario UAEM Amecameca

 

Las mujeres implicadas en actividades feministas en los EE.UU., y en menor medida en el Reino Unido en sus inicios, eran a menudo mujeres de clase media y con nivel educativo elevado. El impacto del feminismo en las diferentes disciplinas fue desigual y los cuerpos de saber existentes no recibieron las perspectivas feministas sin resistencia. Las feministas no sólo intentaron enfrentarse a la ceguera, el género y el sexismo de las formas de conocimiento existentes, sino que a menudo intentaron producir nuevas formas de conocimiento que sirvieran de base para la acción política.

El feminismo también tuvo un impacto sobre el mundo académico anglosajón a través de la institucionalización de cursos e itinerarios de Estudios de las Mujeres, a estos los unía muchas veces un proceso de concienciación que situaba la “experiencia personal [de las mujeres] y sus respuestas registradas subjetivamente en un contexto sociológico e histórico y se distinguían por su insistencia en tomar a las mujeres como el punto de partida, su aportación de “una crítica del sexismo y el chovinismo en las teorías, textos y cursos existentes” y su intento de desarrollar nuevas herramientas conceptuales para el análisis feminista.

Un problema fue el llamado Síndrome de “Mujeres y…”: las preguntas acerca de las mujeres se convertían en una “adición” a formas de conocimiento existentes, en vez de usarse para reformular radicalmente esas formas de conocimiento existente a través de preguntas centrales sobre el género.

            Desde mediados de los setenta, las preguntas sobre cómo las mujeres se producían y reproducían culturalmente, las identidades de género se convirtieron en temas de investigación y discusión feministas más profundas. A través de dos vías principales, primero, examina el debate sobre las “imágenes de la mujer”, esta investigación fue criticada cada vez más por feministas que trabajaban con otras bases teóricas como el estructuralismo y el psicoanálisis y produjo un debate generalizado sobre las cuestiones de la representación.

            En segundo lugar, los estudios culturales no han establecido simplemente una ecuación entre la significatividad de la cultura popular con cuestiones de representación y análisis textual. Los estudios culturales feministas también aportaron ideas en los debates generales sobre cómo analizar y teorizar la cultura especialmente en el Centro de for Contemporary Cultural Studies de Birmingham.

            Los estudios culturales analizan las complejas relaciones entre instituciones, industrias, textos y prácticas culturales y, por lo tanto, aunque las cuestiones de representación son centrales, no son su única preocupación. Además, conllevan una implicación un activo compromiso con la creación social de “estándares”, “valores” y “gustos”.

            En los EE.UU gran parte de esta investigación continuó en proyecto iniciado en The Feminine Mystique y analizó cómo los medios de comunicación tenían un papel en la socialización de las mujeres en nociones restrictivas de feminidad y para evitar que la gente internalizara las imágenes “negativas” de los medios, deberían reemplazarse por imágenes “positivas” de mujeres trabajadoras.

Esta investigación tendía a compartir el objetivo feminista liberal de integrar a las mujeres en el sistema actual en pie de igualdad con los hombres. Aunque hay críticas muy variadas, me concentro en: la relación entre los medios y la realidad (este paradigma de investigación se basa en la asunción que los medios de comunicación actúan como una “ventana hacia el mundo”, que sus imágenes son, o deberían ser, un reflejo o representación de la sociedad;  las imágenes de la mujer no estaban al día con los cambios sociales “reales” y por lo tanto los medios estaban representando mal y trabajaban para reforzar imágenes “tradicionales” de la  mujer; si se supone que los medios representan mujeres “reales”, esto implica que podemos ponernos de acuerdo acerca de qué constituye exactamente un modelo “real” de feminidad y que los medios pueden mostrarlas simplemente como son; además, esta investigación asume que lo que significa ser un hombre o una mujer es simple, auto-evidente, invariable e ignora las maneras cómo las identidades de género son cortadas por otras formas de inidentidad cultural como la raza o la clase. Las formas mediáticas participan en la construcción de qué significa ser mujer en un contexto histórico y geográfico concreto, con significados del género); los problemas con el análisis de los contenidos (se centraban en “qué mostraban los medios” más que en “cómo lo mostraban”; este tipo de investigación pretende medir el contenido de los medios a partir de aislar las características de los textos: selección relativamente amplia y, a través del análisis comparativo, documentar pruebas de cambio a través del tiempo, así, podría revelar hasta qué punto existen “estereotipos” de mujeres en la programación televisiva; pero tomar los significados de las imágenes como auto-evidentes y sacarlos de su contexto de aparición, del contexto cultural en el que se producen y se consumen, es extremadamente problemático) ylos problemas con el análisis de los efectos (este tipo de investigación asume que los mensajes mediáticos tienen un efecto directo sobre sus audiencias; al intentar medir los cambios en el comportamiento y las actitudes de las audiencias expuestas a tipos particulares de material, llega a menudo a conclusiones como que “ver mucha televisión lleva al público infantil y adolecente a creer en roles sexuales tradicionales” aunque “el significado del texto se constituirá de manera diferente según los discursos (conocimientos, prejuicios, resistencias, etc.) que la lectura aporte al texto).

            El feminismo y los estudios culturales tienen preocupaciones comunes, ambos tienen relaciones estrechas con el activismo político radical y focalizan en el análisis de formas de poder y opresión, y en la política de producción del conocimiento dentro de la academia y en la sociedad en general; han explorado las conexiones entre experiencia y teoría. Aunque parte de la crítica considera que las preocupaciones feministas han permanecido marginadas y no centrales en las agendas de los estudios culturales (dominados a menudo por cuestiones sobre cómo definir la “cultura popular”).

 Stuart Hall plantea cuatro maneras de conceptualizar “lo popular” y explora cómo cada una de estas concepciones implica una noción diferente de política cultural feminista. En primer lugar la ve como algo impuesto sobre “la gente” desde fuera y por tanto es una forma “no auténtica” de cultura, una “cultura” para “la gente” totalmente “controlada”. Desde esa perspectiva no sólo es que la cultura popular producida comercialmente sea degradada, sino también que “las personas que la consumen y disfrutan son degradadas por tales actividades o viven continuamente en un estado de “falsa conciencia”. El segundo modo en que se ha usado “lo popular” (a menudo en la crítica izquierdista) es para referirse a “una cultura de oposición pura y espontánea “de la gente”. Para Hall esta definición es problemática porque asume que hay una cultura popular completa, auténtica y autónoma, que se encuentra fuera de las relaciones de poder y dominación cultural. La tercera concepción de “lo popular” es la “descriptiva” esta se iguala con todas las cosas que “la gente” hace y ha hecho. El problema es que sólo produce un inventario: listar formas y prácticas “populares” ignora cómo se hace “la distinción analítica real” entre “la gente” y “quienes no son la gente”.       

            Hall define que “lo popular” es parte del proceso por el cual se clasifican  los textos y, como resultado de esto, ningún texto o práctica es inherentemente popular o elitista en su carácter, sino que puede moverse entre los dos a medida que cambian las condiciones históricas. Define cultura popular como un espacio de lucha, un lugar donde se desarrollan los conflictos entre los grupos dominantes y subordinados, donde se construyen y reconstruyen continuamente las distinciones entre las culturas de estos dos grupos.

             Esta aproximación convierte en centrales tres ideas: que el análisis de la cultura popular siempre es el análisis de relaciones de poder; que estas luchas, y lo que se pone en juego en ellas, debe estudiarse siempre históricamente; y que la subjetividad -o nuestro sentido de quién somos- debe estudiarse también históricamente. Las identidades marcadas genéricamente y las formas culturales se producen, reproducen y negocian en contextos históricos específicos dentro de relaciones de poder específicas y cambiantes.

             Las concepciones de lo popular que trata Hall tienden a alinearse de manera más cercana a las políticas socialistas, es posible encontrar paralelos dentro del feminismo: la idea de la cultura popular como cultura de masas no sólo sirve de puntual para una variedad de crítica feminista, sino también para algunas formas de activismo feminista. Este tipo de “alternativa” feminista está condenada a permanecer marginal porque su atractivo no se basa tanto en el reconocimiento de experiencias y competencias de género como en la posesión de códigos y competencias culturales que son el producto de una posición de clase privilegiada.

             En el feminismo folklórico (alude a la segunda concepción de “lo popular”) se privilegian las formas y prácticas culturales femeninas “auténticas” por encima de la cultura popular producida comercialmente y se intenta desterrar una tradición cultural de las mujeres que ha permanecido escondida, marginada o trivializada por una tradición masculina y/o femenina “no auténtica”. Busca una cultura de las mujeres auténtica como si pudiera “existir aislada como una esencia congelada dentro del congelador de la cultura masculina”. Se apuntala en lo que Redhead y Street (1989) llaman “ideología folklórica”, en la que la legitimidad política, la integridad y la autenticidad se transmiten a través de la idea de autonomía y la conexión a alguna forma de “raíces”.

 Desde las políticas públicas, estas dos versiones de la política cultural feminista se suelen considerar más legítimas precisamente por su reivindicación de tratar con experiencias identificables genéricamente y por su oposición a los productos de las industrias culturales. La tercera concepción de la cultura popular como un “inventario” deja poco espacio para cualquier noción de política cultural. Esta idea no es simplemente problemática para definir “lo popular” sino también para definir “lo femenino”.

 Estas críticas se convirtieron en la base para el análisis serio de esas prácticas y formas populares que habían sido rechazadas como “basura femenina”. En el proceso, se produjo un amplio corpus de investigación feminista sobre áreas “femeninas” como los culebrones televisivos, la ficción romántica y las revistas para chicas.

 Las investigaciones y las teorías feministas sobre la relación entre la feminidad y la cultura popular no se han estructurado simplemente a través de una preocupación por analizar “cosas de mujeres” sino que se ha basado en una cuarta concepción de la cultura popular que analiza Hall: como un lugar de lucha tiene mucho que ofrecer al feminismo, es decir que los significados de la masculinidad y la feminidad se construyen y reconstruyen en condiciones históricas específicas.

 Hall no sólo nos obliga a pensar en cómo las identidades genéricas son producidas por y producidas en relaciones de poder específicas sino también en cómo las identidades genéricas (dentro y entre contextos históricos) están atravesadas por otras formas de identidad cultural que están estructuradas, a su vez, por relaciones de poder. La feminidad no sólo viene a significar cosas distintas a través del tiempo sino también en cualquier momento histórico. Esto eso, obtiene su significado a través de su diferencia respecto a formas de feminidad clasificadas como “desviadas” o “peligrosas”, identidades identificadas normalmente con mujeres negras y mujeres blancas de clase trabajadora.

             Sus relaciones recíprocas, no están fijadas sino que se transforman en contextos históricos específicos. Sin embargo, antes de abandonar esta discusión de lo popular es crucial señalar la “falta de solapamiento” entre el feminismo y los estudios culturales; convertir el género en una dimensión central en una forma de análisis que hace de la clase social la dimensión central.

             Como argumenta Morag Shiach, “como espacio institucional, y como concepto político, la “cultura popular” encarna definiciones de identidad de clase, cambio histórico y conflicto político que a menudo permanecen ciegas a las cuestiones del feminismo”. Y como anotan las editoras de Women Take Issue acerca de su experiencia de trabajar en el campo de los estudios culturales a mediados de los setenta, se les plantearon dos alternativas si querían pensar sobre el género: 1) que para llevar a cabo una intervención feminista sobre los estudios culturales, que necesariamente implicaba una multidisciplinariedad, tendrían que conquistar el campo “y entonces hacer una crítica feminista de él” y 2) se podían concentrar en las que eran para ellas las cuestiones centrales de investigación y “arriesgarse así a que nuestras preocupaciones permanecieran ligadas específicamente a nuestro género –nuestras pequeñas preocupaciones: la “cuestión femenina” reclamada por y restringida a las mujeres”.

 Las autoras optarán por la segunda estrategia: es una opción que han reproducido muchas feministas trabajando dentro de los estudios culturales, y es sin duda la que escoge este libro. Este tema ha sido encarado también por Celia Lury que argumenta que las concepciones de la cultura en general siguen sin estar marcadas genéricamente, oscureciendo “las maneras en que la propia cultura se constituye en relación con el género y otras categorías sociales y políticas”.

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