La industria literaria del amor, Janice Radway

31 Dic

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Janice A. Radway. “The Institutional Matrix of Romance”. Publicado originalmente en Reading the Romance: Women, Patriarchy and Popular Literature. Chapel Hill, NC: University of North Carolina Press, 1984.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Se pregunta con insistencia por qué la novela rosa es tan popular entre los lectores —y sobre todo entre las lectoras— y, al día de hoy, puedo decir que no he visto libro o artículo que satisfaga completamente estas demandas. Y es probable que sea así, porque a diferencia  de Janice A. Radway, la respuesta se ha buscado únicamente en la relación entre el texto y el lector; cuando se debió, además, atender las necesidades que son sembradas por la industria editorial, en ocasiones incluso antes de la venta del libro.

            Que los textos literarios sean, en palabras de Radway, una mera mercancía dentro de la cada vez más grande industria cultural nos debería obligar a atender su proceso de producción, y especialmente la evolución de éste a lo largo de los años. Y veamos entonces que la posición sostenida en este libro difiere del común de estudios sobre novela rosa. Éstos se abocan particularmente en la fórmula que hace del género ser lo que es —su contenido, sus características formales más importantes, las expectativas que busca despertar en la lectora—; mientras que el presente artículo busca más bien ocuparse del libro en todo cuanto atañe su “tecnología socialmente organizada de producción y distribución”.

            De ahí, en efecto, que Radway se remonte a 1639, año en el que se instituyó la primera editorial en los Estados Unidos; y ya a partir de ahí, avance en el tiempo y pase a analizar las relaciones, por ejemplo, del autor con su público. Y es aquí que surge entonces otras de las conclusiones del libro: desde entonces, el autor ya buscaba satisfacer ciertos deseos de sus lectores. Eran comunidades pequeñas de lectores y, dado que conocía la sensibilidad de su propia comunidad, el autor podía limitarse a ser el actor único de este proceso. Y veamos que del otro lado del Atlántico las cosas no eran distintas; pensemos, por ejemplo, en los versos de Lope:

 

y, cuando he de escribir una comedia,

encierro los preceptos con seis llaves;

saco a Terencio y Plauto de mi estudio,

para que no me den voces (que suele

dar gritos la verdad en libros mudos),

y escribo por el arte que inventaron

los que el vulgar aplauso pretendieron,

porque, como las paga el vulgo, es justo

hablarle en necio para darle gusto.

 

Todo habría de cambiar, sin embargo, con la llegada del siglo XIX. En este siglo se buscó llegar a un público más amplio y, por lo tanto, comenzó a resultar imposible para el autor pensar en las expectativas de sus lectores todos. La industria ya no quería ceñirse al público de una ciudad o de un mismo país; pretendía —quizás no por vez primera, pero quizás sí por primera vez con un plan minuciosamente elaborado— convertirse en una industria transnacional y para las clases medias. Y este proyecto sólo podía desarrollarse a través de tres cosas: el vapor, mejores sistema de encuadernación y el ascenso meteórico de las publicaciones periódicas como diarios y revistas.

            El siglo XX habría de ver cómo este proceso, de por sí ya vertiginoso, se precipitó en avances todavía más sorprendentes. Y aquí es importante referirse a la American Mercury y a sus American Mercury Books. Creada en 1937, ésta era una colección de libros de misterio destinada a distribuirse a manera de publicación periódica y con sólo un mes de disponibilidad. En un principio se privilegió a títulos de ventas ya probadas, para poco después comenzar a incluir títulos inéditos y que, por su parte, comenzaban ya a ser apuntalados por fuertes campañas de marketing.

            Las innovaciones, sin embargo, no paraban aquí: se creó asimismo un pegamento de mayor versatilidad que lograba por fin suplantar los viejos métodos de encuadernación. De modo que comenzó a gestarse toda una complicidad entre la industria editorial y las grandes productoras de papel, mismas que además terminaron por convertirse en las propietarias de la mayor parte de las editoriales.

            Este artículo da sorpresas, y las sorpresas tienen que ver —diría yo—con la perspectiva desde la que se aborda un género tan en boga entre las lectoras. Radway se ocupa de las estructuras internas de la novela rosa  en otros capítulos del libro, aquí lo hace desde un enfoque histórico y cultural, acaso tan necesario como el otro. Para quienes se interesen en el estudio académico de este género literario tan popular, recomiendo que también consulten el texto de Pamela Regis reseñado aquí el 22 de julio.

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