La ciudad y los sentidos, John Urry

15 Abr

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John Urry. “City Life and the Senses”. A Companion to the City. Gary Bridge y Sophie Watson, eds. Oxford: Blackwell, 2008. 388-397.

Carlos Adrián Flores reyes

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

El tema principal de este capítulo toma como punto de partida una idea de Karl Popper, teórico y científico austriaco, quien habla de “sociedades cerradas” como un “concrete group of individuals, related to one another… by concrete physical relationships such as touch, smell and sight” en uno de sus libros. John Urry busca explorar cómo funcionan los sentidos, cuáles sentidos predominan y de qué forman cumplen un papel en la espacialidad de las llamadas “sociedades abiertas”. Urry asegura que, cada sentido orienta al individuo dentro de sus micro y macro-ambientes, y plantea la noción de una geografía sensorial que conecta espacio, individuo y sentidos dentro de un ambiente social.

Visual

El sociólogo establece un primer acercamiento a la importancia que la vista tiene para nosotros. Comenta la naturalidad al decir “ves” para referirnos al entendimiento, o por el contrario, “ciego” o falto de “iluminación” a alguien que carece de claridad mental ya que estamos acosumbrados a asociar el sentido de la vista con la razón y\o la inteligencia. Esto indica una jerarquía de los sentidos en la cultura Occidental, que coloca lo visual en la cima: sombras, contrastes e ilusiones ópticas han jugado un papel fascinante en los últimos siglos. A partir de aquí, Urry comienza a señalar hechos que ilustran cómo lo visual es primordial para la interacción social. Empieza citando a GeorgSimmel, sociólogo, filósofo y crítico nacido en 1858, quien reconoce el contacto visual como la base para la intimidad cuando hay reciprocidad entre individuos, a diferencia del oído o del olfato que “no dan nada a cambio”, sólo “toman”. Simmel también nota que lo visual posibilita la posesión y la propiedad: el individuo controla a otro individuo y su espacio (distancia) mediante la vista. La mirada llega a victimizar a los objetos y actúa como vigilante (voyeur). De una manera más contextual, Urry comenta que con la invención de la imprenta, las palabras adquieren un sentido “oral/aural” exacerbado. Para que algo sea real tiene que ser visible. El mundo comienza a rodearnos de espejos, ventanas, postales y fotografías que son expuestos para el deleite del ojo. Aquí Urry introduce el concepto de “hiperrealidad”, argumenta cómo el sentido de la vista es seducido por lo más inmediato que la escena puede ofrecer. La “hiperrealidad” se forma con experiencias simuladas de lo “real” u original, la visión puede dominar más sentidos cuando se fuerza exponencialmente al ojo. Los sitios “hiperreales” se caracterizan por no responder o aceptar al observador. Para ilustrar lo anterior, Urry contrasta la experiencia visual que un carnaval puede ofrecer con la ambigüedad de una ciudad neutra con individuos temerosos del contacto social. La preponderancia de lo visual sobre el olor, el gusto o el tacto genera un empobrecimiento en las relaciones interpersonales en el momento que el intelecto pierde su relevancia; por ejemplo, la pornografía versus la importancia de conversar y escuchar historias que permitan una intimidad a través del diálogo.

Olfato y tacto

Para hablar de estos sentidos, Urry se sitúa en la Inglaterra de 1838 y explica cómo se relacionan con la vista. Menciona la clase baja aislada y separada de los barrios educados para ejemplificar el ambiente industrial que “esconde al ojo” la clara división social pero que a la vez la hace más evidente. Los conceptos de contaminación y contagio surgen de la relación entre clases sociales; la clase baja es la “apestada” y por ningún motivo debe permitirse el contacto con ella. La arquitectura juega un papel importante en las grandes ciudades, según Urry, ya que facilita la separación física entre clases y la visualización de estratos (“below stairs/balconies”). Plantea que la ciudad, en la segunda mitad del siglo XIX, “still continued to invade the privatised body and household of the bourgeoisie as smell. It was, primarily, the sense of smell which enraged social reformers, since smell, whilst, like touch, encoding revulsion, had a pervasive and invisible presence difficult to regulate”. La clase alta reprime la naturaleza de sus funciones biológicas y condena la clase baja por el olor de sus barrios bajos y todo aquello considerado como subterráneo. El olor juega un papel importante en las ciudades industriales: la decadencia, muerte y locura parecen estar presentes todo el tiempo en la nariz de los transeúntes. Urry resume la importancia del olor en relación con el espacio y cómo se puede identificar un lugar geográfico en base a su perfume, ya sea placentero o detestable. De esta forma, el individuo liga emociones\situaciones y sitios físicos a través de su olor. Urry añade que, el olor se asocia más con repulsión que con atracción y se vuele más marcado con la modernidad, que refuerza actitudes sociales y morales basadas en el olor. El estigma del olor influye en la estratificación social. La ausencia del olor identifica a la clase social favorecida mientras que la clase baja y sus “olores” buscan ser neutralizados empujándolos hacia la periferia de la ciudad. El olor es un sentido subversivo dado que se opone a la artificialidad de lo moderno y continuamente escapa del control y la regulación. La descomposición “has a sweet smell” y siempre ataca a la purificación del proyecto urbano, dice Urry, el olor “confines the dirty and the dangerous” puesto que siempre hay un riesgo incontrolable de mezcla y alcance.

De acuerdo con Urry, la ciudad se puede explicar mediante los sentidos. El individuo puede ubicarse espacialmente gracias al olfato, la vista y el oído. Explica la gran influencia de los sentidos en la planeación y diseño de las ciudades, y a su vez, comenta las repercusiones sociales que han resultado de este diseño. Al abordar primero el sentido de la vista, Urry, establece cómo los límites geográficos y sociales se dan a partir de este sentido. Partiendo de ahí, establece la evolución de espacialidad en la cultura Occidental, la conexión con los demás sentidos y las implicaciones sociales cuando la ciudad se convierte en la vigilante del ámbito público y privado del individuo. En este capítulo, Urry no habla tanto del tacto o del oído pero si recalca la forma de entender la ciudad gracias a los sentidos, una ciudad de sonidos, sabores y olores que juegan e interactúan incansablemente con el individuo.

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