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¿Qué NO son los estudios culturales? Cary Nelson

5 Nov

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Cary Nelson. “Always Already Cultural Studies: Two Conferences and a Manifesto”. The Journal of the Midwestern Modern Language Association, Vol. 24, No.1, Cultural Studies and New Historicism (primavera 1991). 24-38.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

De acuerdo con Cary Nelson, los Estudios Culturales enfrentan un problema mayúsculo, y éste no es sino el hecho de que propenden a la despolitización. Éste no es un hecho menor:  cualquiera que haya leído tan sólo un poco sobre Estudios Culturales se dará cuenta que se trata, ni más ni menos, de la supresión de aquello que desde la época de Birmingham da sentido a su existencia misma. Porque los Estudios Culturales no son sólo un programa académico, sino, por el contrario, una disciplina que busca extenderse más allá de las aulas, intuimos la idea que Nelson desliza sutilmente: despolitizar los Estudios Culturales es de cierta manera anularlos.

            Es cierto también que este hecho arroja una explicación ulterior. En Estados Unidos —pues es precisamente de los Estudios Culturales en los Estados Unidos que se ocupa este artículo— se ha tendido al sectarismo, sectarismo que ha procurado escindir los estudios culturales norteamericanos de aquellos de Europa. No obstante, este intento de cisma ha logrado únicamente un debilitamiento teórico de los primeros dado que se ha impuesto una suerte de orfandad intelectual, y una cuyas consecuencias son fatales: “de todos los movimientos intelectuales que se han difundido en las humanidades en Norteamérica durante los últimos veinte años, ninguno será tomado tan superficial, oportunística, irreflexiva, y ahistóricamente como los Estudios Culturales”— sostiene Nelson, en una arrebatado párrafo que da santo y seña de lo apuntado líneas atrás.

            Así llegamos, pues, al objeto central del artículo: dar cuenta de dos conferencias sucedidas en la década de los noventa, así como de un manifiesto. Comencemos entonces por las conferencias. Éstas son dos que tuvieron lugar en Oklahoma e Illinois. ¡Y vaya que es grande la diferencia entre ellas! La primera, dice Nelson, da la impresión de ser un mero remedo semiótico, y uno donde ni siquiera se sabe a ciencia cierta ¡qué son los Estudios Culturales! De ahí, en efecto, que la conclusión de Nelson sea la siguiente: hay mucho que hacer respecto a las motivaciones que hicieron ir a los asistentes de esa conferencia —los honorarios en los peores casos—. Y ya ni siquiera hablemos de los mejores, puesto que en ellos únicamente se tocó de manera oblicua lo que a priori debía ser el eje de toda conversación: mi lector lo habrá adivinado, ¡helas!, los Estudios Culturales. En síntesis, afirma Nelson, “la conferencia de Oklahoma fue organizada para tomar ventaja de una oportunidad económica e intelectual”. Dicho en otras palabras, fue el producto de un vulgar oportunismo.

            El recuento de la segunda conferencia es, sin embargo, más amable. Ocurrida en Illinois, esta conferencia es la viva muestra de cómo se debe llevar un proyecto a buen puerto. Y es así por una simple razón: en Illinois se logró  reunir a personas con el único fin de compartir, debatir y defender sus experiencias como estudiosos de la cultura. Y si bien hubo disensos —al grado que algunos de los asistentes pretendieron amotinarse y romper con el formato propio de cualquier conferencia y de cualquier congreso—, éstos no hicieron sino nutrir aún más una discusión de suyo apasionada.

            En último término nos resta el manifiesto. Pese a las incertidumbres que tuvieron lugar en la conferencia de Illinois, Cary Nelson arguye que aún fue posible extraer ciertas conclusiones, mismas que le permiten establecer los rasgos principales de los Estudios Culturales. Y así, tras la participación en otros seminarios y la publicación de un libro, Nelson decide compartirnos dichos rasgos a través de su manifiesto, mismo del cual doy cuenta sucintamente a continuación: los Estudios Culturales no son sólo el análisis de objetos no literarios, tampoco una disciplina que se ocupa únicamente de la llamada cultura popular —y que soslaya entonces la llamada alta cultura—, ni el mero estudio semiótico de un cierto sistema, ni el simple estudio de las características internas de un texto, y mucho menos una metodología que puede aprenderse y, por tanto, aplicarse invariablemente desde ese momento en adelante.

            Al parecer de Nelson, todo esto es lo que no deben ser los Estudios Culturales: resta a nosotros, a los estudiosos de la cultura, dilucidar junto con él qué es lo que sí son.

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Estudios culturales y educación, de Eduardo Restrepo

4 Jun

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Eduardo Restrepo, “Estudios culturales y educación: posibilidades, urgencias y limitaciones”. Revista de investigaciones UNAD Bogotá, Núm. 10, enero-junio. 10-21.

 

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

 

    Este texto es una ponencia presentada en el 4to Seminário Brasileiro de Estudos Culturais e Eduçao y en el 1er Seminário Internacional de Estudos Culturais e Eduçao, ambos sucedidos en Porto Alegre, Brasil. Y, como bien se intuye por el foro para el cual fueron pensados, plantea problemas tocantes a los estudios culturales, en tanto que disciplina, así como sus relaciones con la educación. Expliquémonos, pues, y vayamos por partes.

    En primer lugar, Restrepo ensaya una revaloración del significado que tienen los estudios culturales en la actualidad latinoamericana. Y asegura que, al margen de la situación propia de cada país, existe una tendencia a la institucionalización de dicha práctica, razón por la cual una revalorización como ésta asume carácter de urgente. En principio nos urge a redefinir los Estudios Culturales; y, para ello, establece cuatro puntos fundamentales: uno, concebir la cultura como poder y el poder como cultura; dos, asumir una postura antireduccionista y, por el contrario, fomentar la herejía interdisciplinaria; tres, buscar la transformación del mundo; y cuatro, perseguir en todo momento la contextualización radical. Me permito desarrollar brevemente estas cuatro directrices de los Estudios Culturales.

    De acuerdo con Restrepo, aquello que distingue a los Estudios Culturales de otras disciplinas, como la Sociología o la Antropología, es el hecho de que entienda la cultura como una consecuencia del ejercicio de poder. Porque, en efecto, no concibe la cultura como forma de vida, ni como un campo de relaciones sociales institucionalizadas con su especificidad y cierta autonomía, sino como una extensión de la problemática del poder y la hegemonía. Está, como bien pudimos intuir, circunscrita en la tradición de Antonio Gramsci y Stuart Hall.

    Por otro lado, los Estudios Culturales son antireduccionistas dado que no asumen explicaciones a priori (cosa en la que, al parecer de Restrepo, sí incurren otras disciplinas como la economía o la misma antropología) que condicionen el estudios en una mera corroboración de lo ya planteado de antemano. Es, siempre siguiendo a Restrepo, un pensamiento “sin garantías”.

    Y aún hay más. Que Marx haya dicho en la decimotercera tesis sobre Feuerbach que lo esencial de la tarea filosófica no es interpretar el mundo, sino transformarlo, es para Restrepo otro punto de partida. Y es que de ahí desprende, en efecto, que los Estudios Culturales deban aspirar a la teorización de lo político y a la politización de la teoría: es decir, deben trascender más allá de las aulas y perseguir la intervención política. “Es por esto observa Restrepo  que los estudios culturales nunca son sólo estudios, siempre son algo más”.

    El último de los cuatro puntos esgrimidos por Restrepo, por su parte, es aquel que atañe a la hipercontextualización que exige nuestra disciplina en ciernes. Y se refiere ciertamente a que los Estudios Culturales deben emanar de investigaciones concretas y de las relaciones que éstas establecen con los textos teóricos que las afrentan. De ahí que se tenga que echar mano de diversas metodologías, pues es claro que cada situación exigirá una aproximación particular. Sus rasgos estatuye Restrepo― “están profundamente situados, es decir, no pueden ni pretenden ser idénticos en todas partes y momentos sino más que adquirir una especificidad dependiendo de los contextos, no pueden dejar de ser un auténtico producto de los mismos”.

    Ahora sólo nos resta precisar cuál es la relación que guarda todo esto con la educación. Arguye Restrepo que la educación, no sólo de Colombia, sino del mundo entero, propenda a la internacionalización. Y define este hecho como una mistificación de acuerdo con la cual los países estandarizan sus criterios educativos con el fin de alcanzar como acto seguido un incremento en la calidad de la misma. Agrega, además, que este fenómeno es visto como algo inevitable, como una de las “prédicas celebratorias de la globalización”, como una de las “narrativas teleológicas que presentan como necesario lo que es contingente e histórico obliterando otros principios de inteligibilidad del presente”.

    ¿Y esto qué relación guarda con los Estudios Culturales? Pues bien: detener esta elitización de la educación es, conforme a la tesis de Restrepo, una de las nuevas obligaciones de los Estudios Culturales. Y es que, si éstos tienen un lugar privilegiado dentro de la academia, deberían por esta misma razón cuestionar las políticas educativas de la actualidad. Es, en síntesis, comprender que la educación es, a su manera, una consecuencia propia del ejercicio del poder dentro de las sociedades modernas.

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Introducción a los estudios culturales de Barker y Beezer

7 May

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Martin Barker y Anne Beezer, eds. Introducción a los estudios culturales. Barcelona: Bosch, 1994.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofia y Letras, UNAM

Comencemos con una cita: “Si la publicación de historias de una disciplina es un signo de su llegada a la madurez entonces los estudios culturales ya han pasado sin duda de la adolescencia a la edad adulta”. Y es que al parecer de quienes editan esta introducción, replantear la naturaleza de los estudios culturales a la distancia de los años es una tarea necesaria. Y lo es principalmente por una razón: porque se busca que los estudiantes, a contrapelo de la llamada “retirada de los textos”, revalúen la tradición bajo la que se formaron sus propios maestros, para que sean capaces de cuestionar sus proyectos —los de sus profesores—  y (re)definir aquellos que les son propios. De ahí, en efecto, que se evite elevar los textos de esta introducción al estatuto de “canónicos”; y que, por el contrario, se quiera que ellos sean únicamente “las pistas de una variedad de problemas y de soluciones posibles, y de diferentes grupos en formación”. En síntesis, una amplio espectro de lo que ha sido la agenda de los estudios culturales en sus más de cuatro décadas de existencia.

Los estudios culturales, se ha dicho ya con insistencia, “estaban decididos a no ser una disciplina, un cuerpo cerrado e internamente convalidado de conocimientos e ideas”. Es de sumo interés recalcarlo, particularmente si observamos que esta introducción no traiciona ese espíritu sine qua non de la disciplina. De modo que, atendiendo esta consideración, los editores se vuelven sobre los problemas ya clásicos: es decir, sobre aquellos que atañen a las relaciones de poder, de hegemonía, a las consideraciones de subalternismo, raza, identidad, etc. Y, desde ahí, es decir, bien asentados en las raíces del Centre for Contemporary Cultural Studies, se vuelcan sobre los caminos que tomaron los estudios culturales hasta el momento mismo de la publicación de nuestra introducción en ciernes: la década de los 90, donde ya se comienzan a perfilar nuevos derroteros.

Tal cual se puede inferir, estos caminos surcan los temas más obvios, pero también otros menos transitados. Y nos llevan del análisis del estilo a la decodificación de anuncios, de  las novelas rosa a telenovelas, del ocio en la época victoriana a los films de James Bond.

Esta Introducción a los estudios culturales es, pues, una radiografía del sendero que ha serpenteado el ejercicio atribuido a Richard Hoggart.  Y goza de las pluma de un Stuart-Hall, de un Barker y una Beezer, editores mismos de la introducción, además de las de Susan Emanuel, John Baxendle, Andrew Blake, Jeff Collins, Mark Jancovich, Kim Clancy, Susan Purdie, Liz Wells y Beverly Skeggs.

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Introducción a los estudios culturales británicos de Graeme Turner

24 Abr

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Graeme Turner. British Cultural Studies: An Introduction. Routledge: Londres y Nueva York, 2002.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En principio, se busca ofrecer una mirada panorámica —yal mismo tiempo vasta, sin lugar a dudas— de los estudios culturales británicos: punto que exige ya, de suyo, una precisión. Advierte Turner que, en efecto, ceñirr su introducción a aquello que ha sucedido en la Gran Bretaña en materia de estudios culturales no es sino el producto de una decisión práctica; puesto que, si bien la tradición inglesa ha sido imprescindible para la constitución de los estudios culturales (traigamos a nuestras mentes, a manera de ejemplo, el papel del celebérrimo Birmingham Centre for Contemporary Cultural Studies), son innegables por otra parte las aportaciones provenientes de otras coordenadas: ya la de los estructuralistas franceses—Lévi-Strauss, Barthes, Foucault et al. —, ya la de linaje marxista —Gramsci y Althusser, desde Italia y Francia respectivamente—, ya la emanada del otro lado del Atlántico — James Carey y su antropología desde la Universidad de Illinois.

   Esclarecido este punto, prestemos oídos a los objetivos planteados por el mismo Turner: se propone “aplicar los principios de los estudios culturales”; proveer de “un resumen de los estudios etnográficos recientes”; animar “una discusión de las teorías antropológicas de consumo” así como de “cuestiones de identidad y nuevas etnicidades”;  dilucidar “cómo hacer estudios culturales, y una evaluación de sus recientes metodologías”; y así, finalmente, ofrecer “una completa, vigente y comprensiva bibliografía”.

   En otro orden de cosas, es importante decir que Turner anota otros constituyentes seminales de su introducción. Es sabido que, si contra algo se han erigido los estudios culturales, entre otras cosas, ha sido en oposición a: la ortodoxia teórica; la asunción, según la cual existe una clara división entre “alta” y “baja” cultura; y finalmente el abandono de cualquier atisbo de crítica con respecto a las estructuras de dominio social. De modo que se evitará cualquier propensión a aquellas prácticas, para así no traicionar el espíritu mismo de la disciplina en ciernes. Multiplico los ejemplos. En primer lugar, no se tratará a los estudios culturales a manera de monolito, sino que en todo momento se insistirá en su eclecticismo; y se proporcionará, por el contrario,  “una suerte de narrativa en proceso de construcción, que propone maneras de conceptualización de donde el campo de estudio ha estado y de donde debe estar ahora”. Acto seguido, se intentará dirimir por qué atañe a los estudios culturales “lo que comemos, escuchamos, vemos y comemos; cómo nos vemos con relación a los otros; la función de actividades cotidianas como cocinar e ir de compras”. Sólo para concluir más adelante: “los procesos que nos forman —como individuos, como ciudadanos, como miembros de una clase, raza o género particulares— son procesos culturales que funcionan precisamente porque parecen a tal grado naturales, ordinarias e irresistibles”. Y en último lugar, se recalcará lo que es quizá el rasgo distintivo de los estudios culturales: a saber, que su objetivo “no es meramente académico —esto es, un intento por entender tal o cual proceso o práctica—, sino también político, es examinar las relaciones de poder que constituyen esta forma de vida diaria, y así revelar la configuración de intereses para los cuales funciona esa construcción”. Mejor dicho imposible el propósito de British Cultural Studies. An introduction, de Graeme Turner.

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El sistema del cómic, Thierry Groensteen

12 Abr

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Thierry Groensteen. The System of Comics. Trads. Bart Beaty y Nick Nguyen. Jackson, MI: University Press of Mississippi, 2007.

 

Rodrigo Casillas de Caso

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Groensteen comienza su estudio del cómic haciendo consciente al lector de los problemas que presentan la mayoría de los acercamientos críticos a este género. El autor considera que estos problemas están formados en gran parte por lecturas académicas “miopes”, y por discursos basados en “nostalgia” e “idolatría”. Así pues, Groensteen decide hacer un estudio de las dimensiones poéticas del lenguaje de los cómics dejando a un lado, aunque sin restarles mérito, las percepciones de este medio como un fenómeno histórico, social y económico.

            Como primer paso para su estudio del cómic como un lenguaje, Groensteen decide desechar dos ideas que hasta entonces habían sido básicas para el estudio del cómic: 1) Que los cómics, en tanto que sistema semiótico, deberían pasar por una descomposición hacia sus unidades elementales constitutivas y 2) Que los cómics son un punto en la balanza del lenguaje en donde lo visual y lo escrito se encuentran en equilibrio. Sobre el primer punto comenta que un acercamiento “micro-semiótico” puede llevar al teórico del cómic a encontrar mucho material que nombrar y catalogar, pero que no aportará mucho más que eso a la teoría del cómic. Groensteen propone mirar en dirección contraria, hacia un estudio “macro-semiótico” enfocado en el panel y la manera en que éste articula el discurso del cómic. Sobre el segundo punto, el autor destaca que la concepción de la imagen visual como subordinada al texto escrito ha dado como resultado que se piense tanto que la langue es el modelo para todo tipo de lenguaje, como que la literatura es el modelo de todos los tipos de formas narrativas. Así, Groensteen comienza por aclarar que lo narrativo no es algo único de los textos escritos, sino que es un sistema de pensamientos que atraviesa diferentes sistemas semióticos siendo encarnado de manera distinta por cada uno estos, pero siempre sin renunciar a su cualidad más básica: la de contar una historia. Para Groensteen la especificidad del cómic para contar sus historias se encuentra en dos elementos que él desarrollará durante todo su libro: la artrología, y la spacio-topia.

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“The Current State of French Comics Theory” de Thierry Groensteen

 

Música popular: Los conceptos clave de Roy Shuker

29 Mar

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Roy Shuker. Popular Music: The Key Concepts. Nueva York: Routledge, 2005. 326 pp.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

    El ímpetu de este libro nace —asegura Roy Shuker― de la necesidad de estudiar los discursos que rodean la música popular; discursos —sí, en plural― que van de lo referente a la industria musical ―por mucho una de las más importantes de las concernientes a la cultura― al apoyo por parte de Bruce Springsteen a la causa demócrata en las elecciones presidenciales  estadounidenses de 2004. En resumidas cuentas, se puede decir que la empresa de Shuker busca describir una presencia “global” y “ubicua”: la de la música popular, sea cual sea la forma en que la interpretemos (válgame ahora el momento para indicar que éste es precisamente una de las grandes virtudes de Shuker: su interdisciplinariedad).

    Pero Shuker advierte, en primer término, lo problemático que resulta hablar en términos de “música popular”; razón por la cual, se disculpa, y acto seguido señala ―en un gesto de suma honestidad intelectual— las limitaciones de su trabajo. Y es así, pues, que precisa él mismo la manera en que habrá de entender la significación de “música popular”: se referirá  en todo momento a la música particularmente de Occidente que domina el mercado internacional, en virtud de que asimila los estilos locales y de que, por otro lado,  propone una cierta significación ideológica para los consumidores. En este punto, es de notarse en efecto que Shuker no escamotea la discusión en torno a la manera en que la música popular está imbuida en las dinámicas propias de la globalización y del consumo.

    Shuker sabe, por lo demás, que este diccionario no es sino uno más de los esfuerzos emprendidos en los últimos años por robustecer los estudios sobre música popular. Cita, sólo por dar un ejemplo, el Continuum Encyclopedia of Popular Music, así como numerosos estudios que versan sobre —y aquí, no perdamos de vista la heterogeneidad— las relaciones entre música y tecnología, la industria musical y sus normas, los géneros musicales, la llamada musicología, entre otras tantas aproximaciones.

    En síntesis, resulta de sumo valor  que Shuker haga patente, a manera de conclusión, el objetivo de éste, su diccionario: se busca ―confiesa el mismo Shuker― “proveer de una guía de la terminología y de los conceptos comunes a los estudios sobre música popular”. Y no sólo eso, sino además resaltar su “importancia económica y cultural”; algo que, si es bien sopesado, ciertamente no es cosa menor.

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Estudiar la cotidianidad. Joe Moran

7 Nov

Moran, Joe. Reading the Everyday. Nueva York: Routledge, 2005.

Julieta Flores Jurado

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En cierta ocasión, Samuel Beckett dictó una conferencia titulada “Le Concentrisme”. Esa conferencia versaba sobre un poeta ficticio, aunque de momento, su auditorio pensaba que se trataba de una persona real. El discurso de Beckett inició así: “You are the first to take interest in this imbecile”. Paradójicamente, presentar un objeto de estudio como algo aburrido y que difícilmente merecería nuestra atención, puede hacerlo mucho más atractivo. Ésa es la estrategia de Joe Moran en Reading the Everyday (Routledge, 2005).

  “The everyday” es un concepto que se aproxima a lo que en español y en francés se llama “lo cotidiano”. Lo cotidiano suele ser rutinario y, en muchos casos, podría asociarse con lo aburrido. Sin embargo, ¿no es el aburrimiento un lienzo en blanco, lleno de posibilidades? Moran argumenta, siguiendo a Henri Lefebvre, “boredom is pregnant with desires, frustrated frenzies, unrealized possibilities. A magnificent life is waiting just around the corner, and far, faraway. It is waiting like the cake is waiting when there’s butter, milk, flour and sugar” (117). No hay que temer a reconocerlo, ni intentar disfrazarlo: en nuestra vida cotidiana nos aburrimos. Nos aburrimos al esperar un autobús, al viajar en metro, en la fila de la caja del supermercado. Ahora hay que aprender a hacer sentido de estos espacios en blanco.

  El método de Moran para leer lo cotidiano es verdaderamente interdisciplinario: combina análisis arquitectónico, sociológico y lingüístico. Su trabajo se aparta del estructuralismo al señalar que el movimiento y las imágenes de lo cotidiano no pueden reducirse a un análisis puramente textual. Considero que la aproximación de Moran es humanista en esencia. La ciudad se lee desde la perspectiva de un transeúnte, sin intención de universalizar o engrandecer los fenómenos más normales. Como ejemplo, cito este pasaje:

  We must rid ourselves of the delusion that it is major events which most determine a person. He is more deeply and lastingly influenced by the tiny catastrophes of which everyday existence is made up, and his fate is certainly linked predominantly to the sequence of these miniature occurrences (30).

  La lectura de Reading the Everyday desestabiliza al lector al “defamiliarizar” lo conocido. La mayor parte de los habitantes de la Ciudad de México hemos viajado o viajamos con frecuencia en metro, pero, ¿somos conscientes, como Marc Augé, de que compartimos el vagón con alguien que realiza su primer viaje, y con alguien que viaja en metro por última vez?

  Pasamos una parte importante de nuestro tiempo habitando no-lugares: supermercados, andenes, aeropuertos, hoteles… sitios que permiten el anonimato y en los que basta con seguir las reglas para que todo funcione bien. En oposición al no-lugar, existe el lugar, un espacio con identidad, tradición y significado; el ámbito que, según los antiguos romanos, estaría bajo la protección de un genius loci. Moran cita el hermoso símil con el que Lefebvre distinguía su Lugar entre tantos no-lugares: su ciudad natal, Navarrenx, es como “a seashell in the sense that ‘a living creature has slowly secreted a structure’, a delicate casing that has an organic relationship with its ‘soft, slimy and shapeless’ interior” (116).

  Reading the Everyday ofrece herramientas para percibir y comprender mejor los ritmos e imágenes de la vida diaria, no sólo en la realidad, sino también en relatos ficticios como los sitcoms, que incorporan “potential change and crises into the rhythms and routines of everyday life” (46). Aunque los ejemplos de Moran refieren principalmente a Londres, creo que su análisis es enriquecedor para todo habitante de una metrópoli. Lejos ya del spleen de Baudelaire, el estudio de la vida cotidiana ofrece la satisfacción de poder caminar por la ciudad y descubrir, aunque sea por un momento, el orden en medio del caos.

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