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VIH, homofobia y discurso, de Paula Treichler

5 Nov

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Paula A. Treichler. “AIDS, Homophobia and Biomedical Discourse: An Epidemic of Signification”. Cultural Studies, 1:3, 1987. 263-305.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Que el mundo se construye a través del discurso es algo en lo que se ha insistido desde hace poco más de cuatro décadas. Es el resultado al que han llegado disciplinas varias, si bien algunas como la Filosofía, el Estructuralismo o los Estudios Culturales se muestran como las de mayor protagonismo. Ahora bien, la pregunta es: ¿las ciencias, que según creemos se ocupan de hechos, se construyen a través del discurso? De acuerdo con el presente artículo, un pretendido hecho científico, tal y como lo es la existencia del VIH, no escapa a ser una mera construcción discursiva que, como las otras, pretende constatar a través del lenguaje tanto ideas preexistentes como representaciones reales. Sin embargo, una aseveración como ésta puede resultar problemática por muy distintas razones, siendo la más importante aquella que cuestiona si un virus, como en efecto lo es el VIH, no es real. ¿Si un virus que ha matado a millones de personas a lo largo y ancho del mundo no es real, entonces qué sí podrá serlo? Es momento, pues, de explicarnos sobre algunos puntos.

            El VIH, en la forma que lo conocemos actualmente, no sólo es resultado de avances en los campos de la ciencia y la medicina, sino también de una larga construcción discursiva; es verdad, una construcción discursiva proveniente principalmente de esos rubros, pero que se alimenta de muchos otros: los medios masivo de comunicación, las políticas de salud públicas, entre otros. De tal suerte que para entender el VIH, nos dice Paula A. Treichler, más vale que atendamos todos sus frentes.

            El título del artículo refiere una epidemia de significación concerniente al VIH: una creación de la CIA para abatir a Rusia y al tercer mundo, un invento mediático y sensacionalista para incrementar las cuantiosas ganancias de la industria farmacéutica, una plaga homosexual originada en el San Francisco de los años sesenta, un castigo de Dios por la relajación de las costumbres: todas éstas, por difícil que parezca creerlo, son ideas que han estado asociadas en algún momento al VIH. Hoy podemos constatar que todas ellas son infundadas; no obstante, han sido directa o indirectamente producidas por la pretendida veracidad de la ciencia y la medicina. Así, por ejemplo, en revistas especializadas se llegó a afirmar que el VIH sólo podía transmitirse de hombre a hombre, o que en África sólo ocurría de hombre a mujer, o que las prostitutas son todas portadoras del virus, o que las mujeres pueden albergarlo mas no propagarlo… Como bien apunta Treichlera: “(e)l punto aquí es que no hay una línea clara entre la facticidad de las concepciones científicas y no científicas. Ambigüedad, homofobia, estereotipificación, confusión (…) ninguna de estas formas populares de prestidigitación semántica está ausente en la comunicación biomédica”.

            No podemos dejar de apuntar otros cauces que toma este artículo: el discurso bélico que ha acompañado al VIH ―pues, en efecto, éstos eran los términos que se utilizaban para significar la entrada del virus al organismo humano: tropas, retaguardia, arma, gatillo, etc.―;  los distintos nombres que han acompañado al virus desde su aparición en los años ochenta ―LAV, HTLV-III, IDAV, ARV, HTLV-III/LAV―; el miedo que ha sido propagado entre el grueso de la población; los escándalos acaecidos por los decesos de VIH entre figuras célebres ―Michel Foucault, Magic Johnson, entre otros.

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Género, cuerpo y performatividad, Isabel Clúa

23 Jul

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Clúa. I Isabel. 2007. “Género, cuerpo y performatividad”. Cuerpo e identidad I. Meri Torras ed. Barcelona: Edicions UAM, 2007. 181-217.

 

Nataly Victoria Cárdenas Hernández

 

Pasante de la Licenciatura en Letras Latinoamericanas

 

Centro Universitario UAEM Amecameca

 

El sujeto moderno y el cuerpo como máquina: las fisuras de la subjetividad

 

El cuerpo mecánico y el cuerpo dócil

 

El pensamiento occidental se ha interesado históricamente más por el término de la dicotomía, desplazando lo material a un plano secundario o a la más absoluta insignificancia. No obstante, desde la Edad Media la concepción de sujeto incorpora la materialidad como eje fundamental, debido básicamente a la aportación de René Descartes, que entiende al sujeto como una individualidad cerrada, racional y no marcada por ninguna característica que la particularice: una mente pensante recluida en un cuerpo mecánico al que anima. Además desarrolla una visión mecanicista del cuerpo, que es concebido como un conjunto armonioso de piezas y fragmentos. Tal concepción refuerza la supremacía de la mente sobre el cuerpo. Pese a esto, los procesos fundamentales de la modernidad muestran cómo ambos elementos están vinculados por una continuidad evidente.

 

            Foucault muestra, en Vigilar y castigar, cómo en la Edad Media se despliega un sistema de normalización que se orienta a la disciplina como mecanismo principal del poder. El cuerpo deja de ser un simple envoltorio del espíritu y se convierte en el núcleo fundamental del control, de modo que las disciplinas corporales redundan en la sujeción del individuo. En la Edad Moderna el ideal de poder es gestionar y producir cuerpos dóciles, analizables y manipulables.

 

Realidad y representación

 

En el optimista programa cartesiano, los límites de la objetividad coincidían con los límites de la representación visual; por supuesto, los sentidos podían engañar a la razón, pero la observación, el raciocinio y la tecnología eran las herramientas que eliminaban el engaño y conducían a la verdad y la objetividad.  Es el despliegue tecnológico –desde la invención de la fotografía y el cine hasta la difusión de la electricidad– de la modernidad lo que rompe la idea de que lo que es visible es, a priori, objetivo y verdadero.

 

 El sujeto cartesiano, pues, no puede enfrentarse al raciocinio y al ser como un proceso de discriminación entre lo real y lo ilusorio a partir de la observación y del despliegue tecnológico; por el contrario, la dualidad entre realidad e ilusión queda rota durante la transformación cultural de la Edad Moderna: el ser se convierte en la apariencia construida, observada y consensuada a través de las tecnologías, sean materiales o discursivas.

 

 Las dos caras del artificio

 

 El imaginario moderno sobre el sujeto se articula sobre dos elementos (aparentemente opuestos): el cuerpo mecánico (dócil), proveniente del racionalismo cuerpo y la materialidad de los cuerpos, su visibilidad, elemento central para crear sujetos normalizados. La exposición del cuerpo ante la mirada del poder se convierte así en la metáfora de la subjetividad moderna, y es rentabilizada en algunas de las disciplinas emergentes de la Edad Moderna, como las nuevas ciencias humanas, en especial la psicología.

 

 

La idea del cuerpo convertido en objeto y expuesto para ser escrutado y finalmente controlado, se erige como ideal normativo. El interés del poder por los seres culturalmente construidos, concebidos como suma de partes y materias susceptibles de ser controladas una a una a través de la vigilancia se activa también en el imaginario de forma subversiva. Así, desde la modernidad, los discursos culturales recogen figuraciones en las que el cuerpo no-natural, manipulable, se convierte en la figura que erosiona precisamente el ideal normativo de sujeto y que consigue escapar de la presión del poder.

 

 El cuerpo artificial: Las autómatas o cómo construir al otro

 

Cuerpos artificiales: breve genealogía

 

La figura del constructo responde con mayor claridad a los requisitos del cuerpo mecánico, dócil y regulado por la propia mirada que lo ha manipulado. Ejemplo de ello la fábula de Galatea y Pigmalión (Ovidio) y Frankenstein (Mary Shelley) pues encarnan la ambigüedad del constructo; la fantasía de creación y dominación en el caso de la estatua, y el miedo a la rebelión en el caso del monstruo.

 

 Pero los peligros del ser artificial son todavía más oscuros, y su faceta más siniestra proviene de su capacidad de poner en duda los límites de la propia existencia humana, convirtiéndose en una figura abyecta. Esto lo muestra con mayor claridad el relato El hombre de la arena (E.T.A Hoffmann) la inquietud proviene de la continuidad entre el cuerpo femenino natural y el cuerpo femenino artificial, encarnados respectivamente por Clara y Olimpia, mujer y muñeca, que se convierten en abyección (todo aquello que perturba el orden identitario, muestra los límites del ser y se sitúa al margen de la cultura, delimitándola.

 

 

No es extraño que las narrativas sobre cuerpos artificiales se desarrollen habitualmente sobre cuerpos femeninos estos ejemplos, los más conocidos, ilustran esa relación entre feminidad y artificio.

 

 Las amistades peligrosas: mujer y naturaleza

 

 La cultura moderna, desde las artes hasta las ciencias, reactivan la idea de que la mujer es eminentemente una criatura natural, cuya característica más notable la vincula a los ciclos naturales: el cuerpo femenino es un cuerpo naturalmente materno, aspecto que rige toda su anatomía, morfología y psicología, y que le otorga un espacio concreto en la sociedad, esto es, el hogar, en el que se desenvuelve como cuidadora de la prole pero también del esposo, al que le proporciona un cuidado materno, velando no sólo por su bienestar material sino también por su virtud moral.

 

 La proximidad de la mujer con la naturaleza genera también una gama de imágenes en las que aquélla deviene un ser irracional, incivilizado, salvaje y en último término incontrolable. La mujer se convierte en depositaria de una paradoja: es el ser natural por excelencia, pero también es el ser artificial por excelencia. Y esta paradoja se agudiza y se multiplica conforme el desorden social que supone la incorporación de la mujer a lo público no sólo no se neutraliza sino que crece y cobra potencia al surgir, a finales del siglo XIX, los primeros movimientos feministas. Es en ese momento cuando la condición natural y artificial de lo femenino acaban abrazándose: así, la ausencia de raciocinio y la emotividad de la mujer acaban convirtiéndola en un vacío que se puede llenar por la vía del artificio.

 

 Las Galateas modernas

 

 A finales del siglo XIX, el cuerpo femenino resulta abyecto porque es natural y la feminidad resulta atrayente porque encarna lo artificial. El arte finisecular intentará transformar el cuerpo natural de la mujer en una imagen artificial de sí misma. El ejemplo que ilumina mejor esa carga ideológica es la novela La Eva futura, (1886) de Villiers de l’Isle-Adam, lleva al extremo la continuidad entre mujer natural/mujer artificial. En la novela francesa no sólo se exhibe la atracción hacia la criatura artificial, sino que su creador –Edison– proclama su superioridad sobre la criatura natural, una joven de belleza insuperable cuyo espíritu no está a la altura de su gloriosa carne, según las palabras de su desesperado amante, Lord Ewald.

 

 Pero es la novela La enferma, de Eduardo Zamacois, el texto que muestra con mayor claridad la voluntad de control y dominación del cuerpo femenino a través del discurso científico de la histeria. En ella, las prácticas terapéuticas que utiliza el médico para curar a la paciente se revelan paulatinamente como procesos de manipulación dirigidos a someter a ésta a la voluntad de aquél, de modo que tanto la hipnosis como el resto de prescripciones que se aplican a la protagonista no tienen otro cometido que sugestionarla para que acceda a las pretensiones eróticas del psiquiatra.

 

 Cuando Galatea es Pigmalión

 

 La fantasía de control tecnológico y artístico sobre la mujer y la sustitución de ésta por seres inertes y artificiales planteaba algunas fisuras que la misma cultura del fin de siglo supo aprovechar. El caso de la histeria ejemplifica también los puntos débiles de esa fantasía. Lo cierto es que el cuerpo histérico es por definición performativo y desarrolla una actuación inducida, pero mientras el entorno controlado del sanatorio parece situar al psiquiatra como foco de poder, los documentos científicos no siempre apuntan en esa dirección. Lo interesante del ejemplo radica en comprobar cómo los mismos mecanismos de control sobre el cuerpo femenino son subvertidos y el escrutinio y exhibición del cuerpo y su ubicación en el lugar que le corresponde según el orden normativo son precisamente las piezas que permiten romper con ese orden.

 

             Un fantástico ejemplo literario de este procedimiento lo constituye la novela Monsieur Vénus, Rachilde se apropia de las fantasías sobre el control del cuerpo femenino cruzándolas con una ácida revisión de la división de espacios sociales y géneros. Es uno de los pocos textos que ponen en funcionamiento de forma clara la manipulación de otro cuerpo por parte de una figura femenina y que las relaciones entre mujer y artificio tengan una representación mucho más fructífera cuando el sujeto y el objeto de la creación coinciden, esto es, cuando los procesos de artificialización se aplican sobre ellas mismas.

 

 El cuerpo artificial: Los dandyes o la política del artificio

 

La artificialización del ser: El dandysmo

 

 La artificialidad como ideal del sujeto se articula en la segunda mitad del XIX de una forma muy particular a través del fenómeno del dandismo como una estetización banal de la existencia, un ejercicio de superficialidad basado en la elegancia y el lujo. Entenderemos el dandismo como el ejercicio de artificialización de la existencia desarrollado con un propósito político que consiste en desnaturalizar el sujeto y mostrar la convencionalidad de las normativas identitarias.

 

 Sobre todo, mediante el uso de tecnologías naturalizadas, elementos aparentemente vacíos de significado y sujetos a la utilidad  que al ser arrancados de la normalidad exhiben su carga significativa. Los instrumentos que intervienen en ese ejercicio son, por excelencia, todo aquello considerado supletorio y externo a la identidad de modo que al ser utilizados en la construcción de una identidad pública, generan la ruptura del binomio esencia y apariencia.

 

 Una aproximación al fenómeno del dandysmo

 

 El fenómeno del dandysmo se forja a lo largo del siglo XIX pero es en su segunda mitad cuando es teorizado y se convierte en un elemento recurrente en los discursos culturales.    En el volumen Del dandismo y Georges Brummell, escrito por Barbey D’Aurevilly se establece como característica fundamental del dandysmo la capacidad de producir siempre lo imprevisto y de desafiar las reglas y las convenciones haciendo uso de ellas.

 

 Baudelaire, en su obra El pintor de la vida moderna habla de la necesidad de autoconstrucción y de originalidad, pero siempre en diálogo con los límites de la convención. De Oscar Wilde encontramos algunas afirmaciones inequívocas como «Uno debería ser una obra de arte, o llevar puesta una obra de arte» y «El primer deber en la vida es ser tan artificial como sea posible. El segundo deber, nadie ha descubierto aún cuál es».Wilde apunta hacia el desprecio de lo natural, entendido como un lugar de expresión vulgarizado y popularizado. El dandy se convierte en una figura reconocible, pues su presencia como figura literaria es enorme (Lord Henry (El retrato de Dorian Gray); el Duque Des Esseintes (À rebours)).

 

 El dandysmo alcanzó tal popularidad que la lista de ejemplos es interminable. No obstante, junto al dandy emergió en esas mismas fechas la figura del snob, es decir, el ser que utiliza los instrumentos del dandy (elegancia, refinamiento, provocación…) no para cuestionar la normativa sino para reforzar su posición en la escala social, buscando el aplauso y la admiración que le garanticen un lugar entre las élites.

 

 Género y dandysmo

 

 Por norma general se entiende que el dandysmo es un fenómeno que presenta una asimetría de géneros muy marcada, que es un fenómeno desarrollado exclusivamente por varones y que no existe el dandismo femenino. Afirmación que resulta contradictoria. Así, mientras Baudelaire afirmaba que la mujer es lo contrario del dandy porque es natural, Barbey d’Aurevilly apuntaba que para el dandy, como para la mujer, parecer es ser. En el caso de Baudelaire predomina la idea de que la mujer es natural, mientras que Barbey se ampara en la posición contraria, es decir, que la mujer se construye artificialmente a través de elementos cuyo cuidado es considerado femenino (maquillaje, adorno, atuendo, etc.).

 

 

Ese hecho constituye, como ha mostrado, entre otros, Felski, una actitud política muy clara, de modo que se puede detectar en el dandysmo un uso interesado de los rasgos de género orientados a subvertir el modelo de varón burgués heterosexual que es normativo, de ahí que muchos de los dandies reales e imaginarios y muchos héroes decadentes cultiven un perfil feminizado que a la postre desnaturaliza los roles de género.

 

 

 

El género es, a lo largo del XIX y especialmente en su final, un auténtico campo de  batalla político en el que las figuraciones sobre lo femenino se codifican bajo dos grandes estereotipos: la mujer frágil, que asume los papeles de madre y esposa modélica, cuya sexualidad está perfectamente encauzada por la vía institucional del matrimonio y la mujer fatal, diabólica, que está al margen de esos cauces y cuya sexualidad está, por tanto, fuera de control. Por ejemplo Raoule, la protagonista de la ya citada novela Monsieur Vénus, de Rachilde se pliega a las características básicas de la mujer fatal (lleva a la muerte a la persona que la desea y su sexualidad está fuera de control).

 

 

 

Más allá de la literatura, lo cierto es que durante el fin de siglo y las primeras décadas del XX, otras muchas mujeres supieron apropiarse de los mecanismos del dandy para construir personajes públicos cuya excentricidad iba más allá de la provocación y era utilizada para generar un espacio de autonomía. En especial, escritoras como  Rachilde, Natalie Barney o Djuna Barnes, ya entrado el siglo XX. Pero quizás fueron las actrices y las damas del espectáculo quienes mejor amortizaron el juego de identidades, géneros y normativas que puso en escena el dandysmo. No parece casual que el fenómeno de las divas surgiera en el mismo contexto que el dandysmo, ni que las más renombradas actrices y bailarinas mantuvieran estrechos contactos con teóricos del dandysmo y dandies avant-lalettre.

 

 

 

Sin lugar a dudas Sarah Bernhardt es el ejemplo más completo de diva y de dandy, siendo ambas facetas dos caras de la misma monedas; se convirtió en el icono de la decadencia parisina y en el centro del escándalo permanente, cultivando su propia imagen de mujer excéntrica y refinada, materializando la escritura de su vida en unas memorias que muestran la compleja creación que llevó a cabo de su propio personaje.

 

 

 

Artificialidad obligatoria: cuerpos políticos en la época postmoderna

 

Del autómata al cyborg

 

 

 

Los imaginarios del autómata y el dandy utilizan el mismo recurso, la modificación de la parte, para huir de una subjetividad fija y estable Más importante es que esas modificaciones alteran condiciones supuestamente naturales que se revelan como tecnologías del yo: es el caso del género.

 

 

 

La materialidad del cuerpo es el lugar en el que se encajan esos elementos y donde se escenifican esos rituales, de modo que se establece una continuidad entre lo orgánico y lo inorgánico, lo natural y lo artificial. Como señalaba Donna Haraway, a finales del siglo XX, pionera en el estudio de las relaciones entre la ciencia, la tecnología y el género, cuando la condición híbrida de los cuerpos y los sujetos ha alcanzado su máxima visibilidad; la popularización de la tecnología ha hecho inconcebible la idea del cuerpo natural, por ejemplo, el ciberfeminismo con trabajos como Involuntary Reception, de Kristin Lucas o Dollspace, de Francesca da Rimini, Shelley Jackson, My Body, Patchwork Girl y The Doll Games.

 

 

 

El cuerpo hipertextual que organiza el trabajo es presentado fragmentariamente, de modo que la construcción de la identidad total es invariablemente el resultado del recorrido determinado por el propio lector, lo que evidencia el carácter siempre inestable de la propia materialidad del cuerpo. La contribución del ciberfeminismo y las ciberartistas militantes al imaginario contemporáneo permite trazar el paso del autómata al cyborg como mito político que propone Donna Haraway: si la autómata femenina solía ser la expresión de un deseo ajeno que se convertía en norma, la cyborg utiliza su propio deseo para rehuir los dos conceptos que dominaban al sujeto moderno: unidad y naturalidad.

 

 

El modelaje de los cuerpos

 

 De algún modo, la red es también un territorio que genera nuevas normativas sobre la identidad y perpetua otras viejas, por ejemplo, la objetivización, fragmentación y mercadeo al que el cuerpo (femenino, especialmente) es sometido en el millonario negocio de pornografía on-line. Como ya se ha visto, las fantasías tecnológicas sobre cuerpos artificiales desarrolladas en la modernidad pueden servir tanto al delirio normativo como a su subversión.

 

 Anne Balsamo es especialmente lúcida al relacionar diversas prácticas tecnológicas típicamente posmodernas (desde el uso de internet hasta las innovaciones en materia reproductiva pasando por la cirugía estética -considerada por la crítica feminista como una tecnología opresiva que interviene invasivamente sobre el cuerpo femenino para acercarlo a unos ideales de feminidad hegemónicos-  o el body-building) y mostrar la ambivalencia de éstas respecto al poder. Además la propia Balsamo afirma, la modificación del cuerpo muestra clarísimamente la noción construida de belleza, y rompe con la idea de un cuerpo natural. La cirugía estética, por tanto, se configura como una práctica ambivalente que entronca tanto con las fantasías de creación de cuerpos y sujetos conformes a la norma, como con las fantasías subversivas de autocreación.

 

 

Conclusiones

 

 En los últimos dos siglos la persistencia en el imaginario de ciertas figuras vinculadas a lo artificial puede considerarse una constante en el pensamiento occidental. El cuerpo literalmente construido del autómata, la autocreación del dandy o las siluetas cinceladas que proporciona la cirugía estética son ejemplos que literalizan el hecho, en la actualidad irrebatible, de que el cuerpo es el lugar de la identidad y que ni ésta ni aquél son espacios estables o cerrados.

 

 Determinar las consecuencias políticas de las prácticas que artificializan el cuerpo resulta más complejo pues como apunta Butler, la sujeción es siempre ambigua, es lo que nos forma como sujetos pero también lo que nos subordina al poder.

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La cultura afroestadounidense y la cultura de consumo, Susan Willis

1 Jul

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Susan Willis. “I Want the Black One: Is There a Place for Afro-American Culture in Commodity Culture?”.  New formations, núm. 10, primavera 1990. 77-97.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

El objetivo de este artículo es claro: se trata, como ya se nos anuncia desde el título, de responder a las pregunta de si hay un lugar para la cultura afroamericana dentro de la cultura de la mercancía. Y debo agregar, desde luego, las preguntas subsecuentes: ¿de qué manera se relacionan los afroamericanos con la cultura blanca dominante? ¿de qué manera se apuntala esta última a través de los medios masivos de comunicación? ¿existe cierta faceta de la cultura de masas que se pueda interpretar como “cultura afroamericana”? ¿o la cultura de masas es más bien por antonomasia una cultura blanca con escasos espacios para las expresiones afroamericanas? ¿podemos siquiera imaginar que los medios sean capaces de expresar una identidad como ésta?

    Las respuestas a estas preguntas, nos dice Willis, son diversas, pues el problema al que buscan responder es de una altísima complejidad. De ahí, quizás, que Willis decida servirse de distintos ejemplos literarios o musicales, ejemplos donde se intuye que hay una mayor posibilidad de problematizar cuestiones que en la teoría se mostrarían con mayor diafanidad.

    Para estampar este punto con total claridad, debemos detenernos antes en dos cosas: en primer lugar, en el hecho de que Willis se sirva como primer ejemplo de una novela de Toni Morrison; y en segundo, que esta última haya escrito tras la publicación de libros como los Edward Said o Franz Fanon, para cuyas agendas un tema como la denuncia del colonialismo y de sus rescoldos dentro del mundo poscolonialista comportaba una importancia del primer orden. Lo menciono porque éste será el eje principal a lo largo del artículo: la problematización de la identidad afroamericana vista desde diversas manifestaciones culturales. Y es de hecho Willis misma, en un gesto de suma generosidad, quien nos lo sintetiza en una sola frase: “la cultura blanca dominante es demasiado compleja para ser abordada de una manera vengativa. Una simple y llana respuesta al dominio cultural no puede ser enarbolada, y ni siquiera concebida, porque la dominación está engarzada con los medios de comunicación, y éstos con la gratificación mercantil”.

    El sentido de esta frase lo encontramos tan pronto como advertimos que la novela morrisoniana de la que habla Willis, The Bluest Eye, versa sobre un grupo de adolescentes afroamericanas y de las relaciones que éstas guardan con el vejo paradigma de belleza americana. Y en opinión de Willis, es de ahí que surge el interés de una novela como la de Morrison: del hecho de que cada una de estas jovencitas responda de distinta forma a los estímulos de la clase blanca dominante: pues las unas, pese a no verse reflejadas en la blondez americana, aspirarán a parecerse a ella; mientras que las otras, serán presas de un profundo odio que se extenderá hasta su entorno más cercano.

    Pero este primer ejemplo, sin embargo, no es sino el inicio de una reflexión más profunda. Siempre teniendo como punto de partida el papel afroamericano dentro de las sociedades mercantiles, Willis se cuestiona sobre la prolijidad que implican casos como los de Michael Jordan o Michael Jackson, a partir de los cuales se podría argüir que aún existen formas de afirmación afroamericana dentro de una sociedad preponderantemente blanca, o dicho en otras palabras: que es aún posible manipular los signos y artefactos producidos por la cultura dominante para crear nuevas significaciones.

     Respecto al primero, Willis asegura que no puede ser más estrecha la relación entre un afroamericano con el fetiche de la mercancía. Jordan es “Nike Air” de la misma forma que “Nike Air” es Michael Jodan. “Su nombre y el nombre de la marca ―estatuye Willis―forman un mismo eslogan publicitario”. Pero cabe precisar un punto: un hecho como éste, más que una personalización del producto, implica una mercantilización de Jordan mismo: es decir, de la persona. Y, sobre todo, incita a que millares de adolescentes se sumen a esa mercantilización tan pronto como corren a las tiendas a comprar una par de tenis de cien dólares.

    Y aquí es importante agregar que Willis vuelve a establecer vasos comunicantes con una lectura como la de Morrison. Para ella, dice Willis, sería fútil hablar de una afirmación de la identidad afroamericana por medio de una marca como Nike, tan profundamente blanca. De donde, concluimos, resulta también impensable una afirmación como la de Michael Jackson.

     Con respecto a este último, existen indicios que nos sugieren que no es en realidad un caso tan digno de celebrarse. Porque acaba de un plumazo con problemas relativos tanto al género como a la raza, algunos podrían inclinarse por el hecho de que Jackson simplifica, mejor que nadie, el éxito eventual al que puede aspirar cualquier afroamericano dentro de la cultura de la mercancía.

    No obstante: ¿no será más bien que Jackson es, en sí mismo, una mercancía? Con mucho tino, Willis nos recuerda aquello que Jameson creía inherente a la industria de la mercancía: la repetición y la reproducción. Empero, se habría también que añadir la contradicción de que, dentro de esta misma industria, se fomenta el culto a la originalidad, a lo único, a la novedad. Y habiendo repasado esto, ¿existe acaso un mejor ejemplo que el de Jackson, el intérprete pop que se metamorfosea a medida que pasa de un disco a otro?

     Existen otros ejemplos que abonan a la empresa de Susan Willis, pero son quizás, aquellos que venimos de repasar, los que aporten mayor solidez al artículo. Y más allá del extraordinario análisis que realiza, que —dicho sea de paso— es un ejemplo paradigmático de aquello que se debe hacer en los estudios culturales, me resulta de sumo interés el hecho de que se abandone el dominio de la doxa para irrumpir en el de la praxis, por mucho más complicado. Me he dado cuento que ya he insistido en este punto, pero me es imposible no hacerlo: pues lo que hace Willis no es ciertamente un hecho menor.

Artículo en inglés

La moda masculina del Fin de Siècle, Brent Shannon

28 May

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Brent Shannon. “ReFashioning Men: Fashion, Masculinity, and the Cultivation of the Male Consumer in Britain, 1860–1914”. Victorian Studies, vol. 46, núm. 4, verano 2004. 597-630.

María del Carmen Camargo Vázquez

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

La industria de la moda ha sido tradicionalmente asociada al ámbito de lo femenino; sin embargo, en su artículo, Brent Shannon desmiente muchos mitos culturales sobre la industria del vestido y de la moda a finales del siglo XIX y principios del siglo XX relacionados con la masculinidad. Shannon se centra en la industria de la moda y el cuidado personal masculino, que se suponía desvinculado de la esfera masculina.

            Shannon explica que el interés por la moda por parte del público masculino fue aumentando a partir de mediados del siglo XIX hasta principios del siglo XX, en gran parte gracias a la Revolución Industrial que hizo accesible a un público más amplio lo que se entendía como una buena apariencia, el look de un gentlemen inglés, ya que se crearon grandes almacenes donde podían adquirir ropa y accesorios necesarios para el buen vestir a un costo mucho menor del que se ofrecía en sastrerías. Sin embargo, Shannon aclara que aunque los hombres estaban preocupados por su apariencia física, no disfrutaban el hecho de comprar ropa, a pesar de los esfuerzos de los dueños de las tiendas en hacer que las secciones para hombres fueran lo más parecidas a los clubs de caballeros.

            Shannon también arguye que, mientras se aproximaba el final de siglo, la figura masculina sufrió un proceso de feminización que se debió en cierta medida al interés del público masculino en ser vigente en el mercado laboral y poder conseguir éxito profesional, ya que debido a la creciente influencia de los medios de comunicación la apariencia se volvió vital en el ámbito profesional. Shannon aclara que el rol de los medios de comunicación fue esencial para lograr este proceso ya que, gracias a revistas y periódicos de la época, la moda y el cuidado personal dejaron de ser exclusivos de la esfera femenina y se convirtieron en parte de la vida diaria de la esfera masculina. De acuerdo con Shannon, para las últimas décadas del siglo XIX la figura masculina fue feminizándose cada vez más con figuras como el flaneûr y el dandy, sin embargo, no fue relacionada con la homosexualidad sino hasta el famoso juicio contra Oscar Wilde, a partir del cual la feminización de la figura masculina se volvió equivalente a la homosexualidad.

            Finalmente, Shannon ofrece una nueva manera de entender la masculinidad desde una perspectiva con la que pocas veces había sido relacionada. Con este artículo, se redefine la interacción entre el género masculino con la industria de la moda —y todo lo que ello involucra— desde mediados del siglo XIX hasta finales del siglo XX y se enfatizan las repercusiones que esta industria tuvo en la concepción de masculinidad durante este breve pero importante periodo histórico, ya que es en este momento cuando se define la masculinidad moderna en las sociedades eurpoeas.

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“Ficciones necesarias” de Jeffrey Weeks

28 Mar

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“Necessary Fictions: Sexual Identities and the Politics of Diversity”.

Jeffrey Weeks

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

 Si este capítulo ―pues es únicamente un apartado del libro Invented Moralities, publicado por la Columbia University Press— se pudiese resumir en una sólo frase, quizá sería la siguiente: “las identidades son problemáticas”.  Y es que, en palabras de Weeks, la identidad sexual, así como cualquier otra, es siempre híbrida, heterogénea y política. He aquí las razones: híbrida, puesto que está construida a través de fragmentos tanto personales como sociales; heterogénea, dado que siempre existen diferencias potenciales; y política, porque participa en el establecimiento de relaciones de poder. Ahora bien, a pesar de este rápido diagnóstico, Weeks enuncia cinco paradojas que esclarecerán consideraciones a las que eventualmente se enfrentará toda reflexión alrededor de las identidades. Desglosemos, pues, brevemente en qué consisten estas cinco paradojas.

    La primera paradoja se refiere a la falsa asunción de que las identidades son fijas. Y es que desde el siglo XIX existen categorías sexuales claramente demarcadas y que además no resultan  un secreto para nadie: se es únicamente hombre o mujer, heterosexual u homosexual, normal o perverso. Estas clasificaciones, sin embargo, son de corto alcance, puesto que en efecto dejan de lado un sinfín de posibilidades de ejercer la sexualidad y, por tanto, de construirse una identidad. No obstante, Weeks advierte las razones por las cuales se incurre en tal práctica: asumimos estas identidades porque tememos “lo incierto, el abismo, lo desconocido, la amenaza de disolución que implica no tener una identidad fija”.

    Que la identidad sexual sea personal e indique al mismo tiempo una filiación social es la segunda paradoja señalada por Weeks. Insiste pues en el hecho de que nos pretendamos poseedores de un “yo”, dentro del cual, sin lugar a dudas, se encuentra la identidad sexual. Weeks sostiene, por el contrario, que es el resultado de una constante reinvención.

    Se hace hincapié, por otra parte, en el papel que cumple el cuerpo en la construcción de identidades. Y pese a lo que se pudiera pensar —continúa Weeks— el cuerpo no es de ninguna manera inmune al influjo de la cultura. Porque, entre otras razones, utilizamos el cuerpo para extender nuestra imagen en nuestro entorno social; de modo que, junto con él, proyectamos un cierto género, una cierta raza, entre otros tantos elementos, que crean diversas significaciones culturales. Y es que, si en algo insiste Weeks, es precisamente en este punto: dicho en otras palabras, en el hecho de que el cuerpo, como cualquier otra práctica discursiva, es eminentemente histórico, cultural y, por tanto, resultado de una consideración tanto personal como social.

    La tercera paradoja está estrechamente emparentada con la que venimos de repasar. Se refiere a la historicidad y contingencia de las identidades. Weeks encuentra el origen de este replanteamiento en las discusiones feministas de la segunda mitad del siglo XX, particularmente en cuanto atañe a la identidad sexual vista como práctica política y, en consecuencia, como determinante en el ejercicio del poder. Es ésta la razón por la cual ―arguye Weeks― existe una suerte de jerarquía que señala, siempre con absoluta claridad, lo que es aceptado y lo que no lo es. De tal suerte que los que pertenezcan a la categoría de lo prohibido —y aquí pensemos precisamente en los homosexuales― serán proclives al dominio de los que gozan de común aceptación; punto que, cabe señalarlo, muestra con claridad el ejercicio de poder ya anunciado líneas atrás.

    La cuarta paradoja se refiere, en última instancia, a lo que es quizás el eje de la decena de páginas que componen este capítulo: es decir, el hecho de que toda identidad sexual es indudablemente una ficción, mas una ficción necesaria. Y es justamente en este punto donde Weeks estima, contrariamente a lo esperado, que se honra la identidad sexual vista como ficción cultural. Decir que es una ficción ―acota— no es de ninguna manera denigrarla. Es simplemente aceptar, por el contrario, que nos construimos por medio de narrativas y que, si bien éstas no son sino ficciones, nos proveen de filiaciones, certezas y soportes que de cualquier otra manera serían inimaginables. De tal suerte que ―podemos concluir― se ha puesto finalmente de manifiesto la arbitrariedad, contingencia e historicidad ―o dicho en otras palabras, la naturaleza cultural— de las identidades y, en este caso, de aquellas que pertenecen al orden sexual.

Capítulo en inglés

“Representaciones de los cuerpos femeninos negros” de bell hooks

14 Nov

hooks, bell. “Selling Hot Pussy. Representations of Black Female Sexuality in the Cultural Marketplace”. Writing on the Body: Female Embodiment and Feminist Theory. Ed. Katie Conboy et. al. Nueva York: Columbia University Press, 1997.

 

Antonio Puente Méndez

Posgrado en Letras

Facultad de Filosofía y Letras

UNAM

En este artículo, bell hooks analiza la forma en que se significan los cuerpos femeninos negros en la cultural popular de las últimas décadas del siglo veinte. Comienza por señalar que las representaciones que se hacen de los cuerpos femeninos negros en este momento histórico están fundamentadas en el aparato cultural racista del siglo diecinueve, por lo que muy rara vez critican o subvierten la carga ideológica negativa que éstas tienen. Desde su punto de vista, el cuerpo femenino negro se ha simbolizado no como un todo, sino a través de determinadas partes, lo que provoca que las mujeres negras no sean vistas como seres humanos completos y se les atribuyan determinadas características a partir de su aspecto físico. Aunque han existido intentos por cuestionar o transgredir la forma en que el cuerpo negro femenino se significa comúnmente, la autora señala que estas representaciones terminan por dar un mensaje similar de que el cuerpo negro femenino es prescindible.

En un primer momento, hooks estudia la forma en que las nalgas (“the butt”) de las mujeres negras han sido de particular interés a lo largo de la historia y han tenido muy diversos significados. Así pues, comienza por describir la forma en que se utilizaba a Sarah Bartmann (la “Venus Hotentote”) como supuesta prueba de inferioridad racial; después examina la importancia que Josephine Baker daba a las nalgas en sus bailes; y finalmente presenta la forma en que el baile “the butt” se convirtió en una forma de mostrar orgullo por el color y la forma del cuerpo negro. Posteriormente, analiza cómo la imagen de Tina Turner (que supuestamente representa a una mujer fuerte y capaz de vivir su sexualidad con libertad) en realidad provoca que el cuerpo negro femenino adquiera visibilidad únicamente cuando éste signifique disponibilidad sexual. Todavía más importante, crea un vínculo entre placer sexual y materialidad, ya que la imagen de Turner ha sido detonante de que en el rap y el R&B la sexualidad femenina se vea como una manera de conseguir dinero y poder.

De igual forma, reflexiona sobre la creciente popularidad de modelos negras en las revistas de moda que parecería indicar un cambio de mentalidad que ya puede ver al cuerpo negro como bello, pero que en realidad es utilizado cuando se quiere dar énfasis a la ropa o a los accesorios que se modelan (como si nadie los vistiera). Asimismo, señala que modelos como Naomi Campbell son estilizadas a partir de paradigmas estéticos blancos y son alabadas únicamente por su similitud fisiológica con cuerpos blancos. Finalmente, hooks analiza los estereotipos que se han creado en el cine sobre las mujeres negras y que se limitan a la prostituta que tiene un final trágico o a la mammy de las películas antiguas (y muestra cómo se ha conseguido unificarlos en un mismo personaje al mismo tiempo). No obstante, es en el cine donde hooks señala que se están creando nuevos lenguajes que presentan la sexualidad femenina negra desde una nueva perspectiva que rompe con los estereotipos y permite una nueva visión del cuerpo, lo que la lleva a proponer una nueva forma de representar a las mujeres negras como sujetos (y no objetos) sexuales.

 Artículo en inglés

El cuerpo en la cultura, la tecnología y la sociedad. Chris Shilling.

10 Nov

Chris Shilling. The Body in Culture, Technology and Society. Londres: Sage, 2005.

Paulina Morales

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras

UNAM

A pesar de que desde 1980 el cuerpo se ha presentado como un área de estudios emergente, su estudio ha estado subordinado a otras disciplinas y se ha caracterizado por tener un objeto de estudio elusivo, metafórico e indeterminado. El cuerpo ha sido importante para el estudio del consumidor, para el feminismo y para la evaluación de los avances tecnológicos, ente otras disciplinas. Chris Shilling en The Body in Culture, Technology and Society hace una revisión detallada de los estudios que se han hecho y subraya la necesidad de definir qué es y cómo se debe analizar el cuerpo. Su enfoque es principalmente sociológico y se concentra en analizar la relación entre cuerpo y sociedad. En la introducción, Shilling enumera los objetivos de su libro: 1) mostrar las ambigüedades del embodiment en la teoría sociológica; 2) señalar la convergencia de tres teóricos y así plantear el cuerpo como un medio multidimensional para la constitución de la sociedad; 3) examinar críticamente los acercamientos recientes al cuerpo; 4) y analizar la relación del cuerpo con estructuras sociales particulares como el trabajo, los deportes y la tecnología.

            En la introducción, Shilling también revisa las concepciones tradicionales y negativas sobre el cuerpo, como el dualismo y la racionalidad. Hace un recuento de las ideas filosóficas que se han tenido en torno al cuerpo desde los griegos hasta el s. XX. Analiza cuidadosamente como Hobbes integra las pasiones corporales a su resolución sobre el problema del orden; lo contrasta con el énfasis en lo voluntad de la teoría de Parsons. Shilling considera que Parsons provocó que el cuerpo fuera dejado de lado en la sociología. La discusión de estos enfoques señala la importancia de recuperar el papel central del cuerpo en la sociología e ilustra la necesidad de una teoría coherente sobre el cuerpo.

            El segundo y tercer capítulo del libro corresponden al marco teórico. En “Classical Bodies”, Shilling compara a Marx, Durkheim y Simmel para mostrar que, aunque son considerados incompatibles filosóficamente, convergen en su planteamiento sobre el cuerpo, sus propiedades generativas y receptividad. Los tres entienden al cuerpo como fuente de creación de la vida social y como locación para las propiedades estructurales de la sociedad, ya que el cuerpo reacciona; genera necesidades, hábitos, apariencias y es clasificado por la sociedad. Mientras Marx se concentra en los aspectos materiales y tecnológicos, Durkheim en los rituales y los fenómenos simbólicos, Simmel se enfoca en la interacción social. Shilling muestra como los tres filósofos estudian las consecuencias de la interacción entre cuerpo y sociedad en el desarrollo potencial humano y su entorno social.

            Esta convergencia permite que Shilling proponga el realismo corporal como la manera coherente de abordar el cuerpo. El realismo corporal analiza el cuerpo como algo real y no meramente discursivo, su naturaleza retroactiva en las prácticas sociales y también toma en cuenta el factor temporal. Este análisis incluye factores sociológicos, biológicos y evolutivos que generan el concepto de embodiment humano como un medio multidimensional de la constitución de la sociedad. En “Contemporary Bodies”, Shilling evalúa los acercamientos más recientes y representativos sobre el cuerpo, señalando cómo se enriquecerían con el realismo corporal. Analiza la idea de la construcción social del cuerpo ordenado (Judith Butler, Bryan Turner), las acciones y la fenomenología del cuerpo vivido (Merleau-Ponty, Lerder)  y el cuerpo desde la teoría de la estructuración (Bourdieu, Elizabeth Grosz).

            Una vez que Shilling establece el realismo corporal como la forma más coherente y convincente para acercarse al cuerpo, prosigue a analizar ejemplos más concretos, dedicando un capítulo a cada cuerpo calificado con el adjetivo del aspecto a tratar. “Working Bodies” estudia el potencial humano y el trabajo pagado; el lugar y las condiciones de trabajo. Estudia cuatro tipos de actividades, las oficiales del trabajo, las periféricas como distraerse y fingir que se está trabajando, las culturales como vestirse de manera presentable y las actividades que Shilling llama reproductivas como el cuidado físico y el embarazo. “Sporting Bodies” plantea que los deportes se oponen al trabajo pagado y subraya su significado cultural. En los deportes el cuerpo es un instrumento físico que se utiliza en un proceso muy racionalizado. Shilling observa que el cuerpo de los atletas de alto rendimiento contrasta de manera interesante con el cuerpo que se necesita para ciertas actividades orientales.

            “Musical Bodies” cuestiona si escuchar y crear música es una actividad física o pasiva, sobre todo si se piensa que el cuerpo es origen y productor de sonidos. Shilling considera que el ritmo de la música te puede “sacar” del cuerpo. El capítulo se concentra principalmente en la comercialización de la música, su uso en los medios audiovisuales y el estatus social del músico. Por su parte el capítulo “Sociable Bodies” se concentra en la interacción social, ejemplificándola con los rituales de la comida  y el modo en que posicionan al cuerpo frente a uno mismo y frente a los demás. El último análisis corresponde a “Technological Bodies”, explora los efectos sobre el cuerpo del ciberespacio y de alteraciones como cirugías pláticas e implantes. Estos ejemplos de análisis muestran la relevancia crítica del planteamiento de Shilling para cualquier estudio del cuerpo.

Libro completo en inglés