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La ciudad y los sentidos, John Urry

15 Abr

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John Urry. “City Life and the Senses”. A Companion to the City. Gary Bridge y Sophie Watson, eds. Oxford: Blackwell, 2008. 388-397.

Carlos Adrián Flores reyes

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

El tema principal de este capítulo toma como punto de partida una idea de Karl Popper, teórico y científico austriaco, quien habla de “sociedades cerradas” como un “concrete group of individuals, related to one another… by concrete physical relationships such as touch, smell and sight” en uno de sus libros. John Urry busca explorar cómo funcionan los sentidos, cuáles sentidos predominan y de qué forman cumplen un papel en la espacialidad de las llamadas “sociedades abiertas”. Urry asegura que, cada sentido orienta al individuo dentro de sus micro y macro-ambientes, y plantea la noción de una geografía sensorial que conecta espacio, individuo y sentidos dentro de un ambiente social.

Visual

El sociólogo establece un primer acercamiento a la importancia que la vista tiene para nosotros. Comenta la naturalidad al decir “ves” para referirnos al entendimiento, o por el contrario, “ciego” o falto de “iluminación” a alguien que carece de claridad mental ya que estamos acosumbrados a asociar el sentido de la vista con la razón y\o la inteligencia. Esto indica una jerarquía de los sentidos en la cultura Occidental, que coloca lo visual en la cima: sombras, contrastes e ilusiones ópticas han jugado un papel fascinante en los últimos siglos. A partir de aquí, Urry comienza a señalar hechos que ilustran cómo lo visual es primordial para la interacción social. Empieza citando a GeorgSimmel, sociólogo, filósofo y crítico nacido en 1858, quien reconoce el contacto visual como la base para la intimidad cuando hay reciprocidad entre individuos, a diferencia del oído o del olfato que “no dan nada a cambio”, sólo “toman”. Simmel también nota que lo visual posibilita la posesión y la propiedad: el individuo controla a otro individuo y su espacio (distancia) mediante la vista. La mirada llega a victimizar a los objetos y actúa como vigilante (voyeur). De una manera más contextual, Urry comenta que con la invención de la imprenta, las palabras adquieren un sentido “oral/aural” exacerbado. Para que algo sea real tiene que ser visible. El mundo comienza a rodearnos de espejos, ventanas, postales y fotografías que son expuestos para el deleite del ojo. Aquí Urry introduce el concepto de “hiperrealidad”, argumenta cómo el sentido de la vista es seducido por lo más inmediato que la escena puede ofrecer. La “hiperrealidad” se forma con experiencias simuladas de lo “real” u original, la visión puede dominar más sentidos cuando se fuerza exponencialmente al ojo. Los sitios “hiperreales” se caracterizan por no responder o aceptar al observador. Para ilustrar lo anterior, Urry contrasta la experiencia visual que un carnaval puede ofrecer con la ambigüedad de una ciudad neutra con individuos temerosos del contacto social. La preponderancia de lo visual sobre el olor, el gusto o el tacto genera un empobrecimiento en las relaciones interpersonales en el momento que el intelecto pierde su relevancia; por ejemplo, la pornografía versus la importancia de conversar y escuchar historias que permitan una intimidad a través del diálogo.

Olfato y tacto

Para hablar de estos sentidos, Urry se sitúa en la Inglaterra de 1838 y explica cómo se relacionan con la vista. Menciona la clase baja aislada y separada de los barrios educados para ejemplificar el ambiente industrial que “esconde al ojo” la clara división social pero que a la vez la hace más evidente. Los conceptos de contaminación y contagio surgen de la relación entre clases sociales; la clase baja es la “apestada” y por ningún motivo debe permitirse el contacto con ella. La arquitectura juega un papel importante en las grandes ciudades, según Urry, ya que facilita la separación física entre clases y la visualización de estratos (“below stairs/balconies”). Plantea que la ciudad, en la segunda mitad del siglo XIX, “still continued to invade the privatised body and household of the bourgeoisie as smell. It was, primarily, the sense of smell which enraged social reformers, since smell, whilst, like touch, encoding revulsion, had a pervasive and invisible presence difficult to regulate”. La clase alta reprime la naturaleza de sus funciones biológicas y condena la clase baja por el olor de sus barrios bajos y todo aquello considerado como subterráneo. El olor juega un papel importante en las ciudades industriales: la decadencia, muerte y locura parecen estar presentes todo el tiempo en la nariz de los transeúntes. Urry resume la importancia del olor en relación con el espacio y cómo se puede identificar un lugar geográfico en base a su perfume, ya sea placentero o detestable. De esta forma, el individuo liga emociones\situaciones y sitios físicos a través de su olor. Urry añade que, el olor se asocia más con repulsión que con atracción y se vuele más marcado con la modernidad, que refuerza actitudes sociales y morales basadas en el olor. El estigma del olor influye en la estratificación social. La ausencia del olor identifica a la clase social favorecida mientras que la clase baja y sus “olores” buscan ser neutralizados empujándolos hacia la periferia de la ciudad. El olor es un sentido subversivo dado que se opone a la artificialidad de lo moderno y continuamente escapa del control y la regulación. La descomposición “has a sweet smell” y siempre ataca a la purificación del proyecto urbano, dice Urry, el olor “confines the dirty and the dangerous” puesto que siempre hay un riesgo incontrolable de mezcla y alcance.

De acuerdo con Urry, la ciudad se puede explicar mediante los sentidos. El individuo puede ubicarse espacialmente gracias al olfato, la vista y el oído. Explica la gran influencia de los sentidos en la planeación y diseño de las ciudades, y a su vez, comenta las repercusiones sociales que han resultado de este diseño. Al abordar primero el sentido de la vista, Urry, establece cómo los límites geográficos y sociales se dan a partir de este sentido. Partiendo de ahí, establece la evolución de espacialidad en la cultura Occidental, la conexión con los demás sentidos y las implicaciones sociales cuando la ciudad se convierte en la vigilante del ámbito público y privado del individuo. En este capítulo, Urry no habla tanto del tacto o del oído pero si recalca la forma de entender la ciudad gracias a los sentidos, una ciudad de sonidos, sabores y olores que juegan e interactúan incansablemente con el individuo.

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Introducción de la imagología, Joep Leerssen

1 Ago

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Joep Leerssen. “Imagology: History and Method”. Imagology: The Cultural Construction and Literary Representation of National Characters. Manfred Beller y Joep Leerssen, eds. Nueva York y Amsterdam: Rodopi, 2007. 17-32.

 Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

La imagología (imagology, en inglés) es una disciplina cuyo objeto es el estudio de la representación del otro —y por ende, de sí mismo— a través de los textos literarios. La razón de esto, alega Leerssen, se encuentra en el hecho de que es precisamente en la literatura donde mayoritariamente se han “formulado, perpetuado y diseminado” los estereotipos nacionales. A esto habría que añadir únicamente dos cosas: uno, que en la actualidad bien se puede añadir otros medios, tales como los comics, los filmes o las series de televisión; y, dos, que ésta es también la razón por la que la imagología ha interesado recurrentemente a los Estudios Culturales: por el simple hecho de que comparten una agenda común: la identidad, la otredad, la hegemonía, el subalternismo, todos éstos son temas, en efecto, sobre los que vuelve recurrentemente la imagología.

         A partir de estas consideraciones generales, enumeremos someramente otras particularidades de la imagología:

   1.- La imagología, si bien de reciente aparición formal (piénsese que surge apenas a mediados del siglo pasado), es el resultado de una extensa serie de hechos que bien se podrían remontar a la Antigüedad: si se me permite el ejemplo, a la manera en que Julio César perfiló la imagen de los galos en su ya clásico De bello gallico. Pero éste no es sino mi ejemplo; Joep Leersen, por su parte, ha decidido fijar como punto de partida la crítica de otro Julio César: en este caso, Julius Caesar Scaliger. Y es que hacia finales del siglo XV, este último tuvo a bien determinar las particularidades de cada nación europea existente hasta entonces; y tendrán razón algunos, ciertamente, al argüir que lo que logró no fue sino poner sobre papel lo que la realidad y la cotidianidad habían ya sancionado. A partir de ahí, es cierto que es interminable la lista de libros donde se sostiene una imagen estereotípica de los pueblos: El espíritu de las leyes, de Montesquieu; El ensayo sobre los caracteres nacionales, de Hume; El ensayo sobre las costumbres, de Voltaire; Las consideraciones sobre los sentimientos de los bello y lo sublime, de Kant; La ciencia nueva de Vico… Y la lista es a tal punto extensa que, pasada ya la Ilustración, época que acogió con beneplácito la estereotipificación del otro, el mundo vio surgir aún una lingüística viciada, in principio, por estos prejuicios —la comparativa de Grimm—; una filosofía —la de Hegel, para quien en toda manifestación cultural subyace un Volkgesist (espíritu del pueblo)—; o bien una crítica literaria —la de Hyppolite Taine, en la que quizá no se privilegia un criterio como el de la nacionalidad, pero sí, por el contrario, los de raza y etnia. 

   2.- La imagología se concentra en los textos literarios en virtud de que existe una larga tradición de tópicos intertextuales; de ahí ciertamente que sean a tal grado efectivos. Dice Leerssen, por ejemplo, que si bien “se han expresado (n)ociones relativas al carácter alemán en libros de texto, periódicos, crítica cultural y reportes gubernamentales, novelas como  Der Undertan, de Heinrich Mann, o Three men on the bummel, de Jerome K. Jerome, han sobrepasado esos efímeros textos”, logrando crear con mucha mayor eficiencia una imagen de lo “alemán”.

   3.- Siendo que su objeto es el representamen, y no el representandum, la imagología debe abocarse a la formulación de los estereotipos nacionales, y no, como algunos erróneamente exigen, a la construcción de identidades. Es del discurso, no olvidemos, que se ocupa la imagología, jamás de la referencialidad. Su única referencia es textual o, en todo caso, intertextual. Además, pese a los que haya observado Réné Wellek, no es una forma de sociología: pues se ocupa siempre de la representatio, no de la sociedad en cuanto tal.

   4.- A diferencia del resto de las disciplinas, la imagología acepta ex profeso la naturaleza subjetiva de sus fuentes. Que se incorporen al análisis, es más bien lo que se debería exigir a todo imagologista.

   5.- La imagología se ocupa de las características que se han imputado a cierto referente en el mundo, razón por la que deberá ignorar todo aquello que atañe a las llamadas exposiciones de hecho.

   6.- Uno de los primeros pasos que sigue el análisis imagológico es reparar el intertexto en el que se da cierta representación nacional. Y a partir de esto, dirimir cómo es que dicha representación se ha apuntalado, refutado, parodiado, e incluso ignorado. Posteriormente, este intertexto se deberá contextualizar de tal suerte que se pueda concluir en qué tipo de texto aparece tal representación, cuáles son las convenciones por las que se construye, su contexto histórico —claro está―, así como también el público al que está dirigido. No son las mismas formas, insiste Leerssen, de las que se sirven autores como Thomas Mann y Philip Larkin para hablar de lo “nacional”.

         Tras este breve examen, acaso cabría preguntarse la vigencia de una discusión como la que venimos de glosar. Al respecto, podemos pensar en los ejemplos del multiculturalismo apoyado por el gobierno estadounidense, el intento de integración de la Comunidad Europea, la inclusión o exclusión de los pueblos indígenas en las políticas públicas latinoamericanas, entre otros, y en las formas en que cada uno de estos ejemplos se manifiestan en la literatura de nuestro tiempo. He ahí ciertamente el amplio interés que puede suscitar actualmente la imagología.

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Geocrítica

24 Jul

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Eric Prieto. “Geocriticism, Geopoetics, Geophilosophy, and Beyond”. Geocritical Explorations. Space, Place and Mapping in Literary and Cultural Studies, Robert T. Tally JR. (ed). Nueva York: Palgrave Macmillan, 2011.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 Tratándose de una disciplina de reciente aparición, esclarezcamos de una buena vez qué es la Geocrítica. Se trata, como bien infiere el entendido en etimologías, de aquella crítica que se aboca al estudio de la representación del espacio y de los lugares en los textos literarios. Y es, por supuesto, de naturaleza interdisciplinaria: lo mismo participa de la Geografía Social, que del Urbanismo, los estudios sobre el medio ambiente o la Fenomenología. Está escrito, por así decirlo, desde el Postmodernismo, entendiendo que es así por tres razones: la primera, porque subraya la capacidad de la literatura para representar y formar nuestras concepciones relativas a la espacialidad humana —y que siempre son, cabe decir, inestables—; la segunda, porque pone énfasis en el hecho de que todo ello es producto de una cierta subjetividad; y, la tercera, porque insiste en que la transformación e interpretación del espacio incide en nosotros en tanto seres humanos.

     Ahora bien, es preciso mencionar que existen varios enfoques dentro de la Geocrítica. Al parecer de Eric Prieto, quien es —dicho sea de paso— aquel que abre el libro, éstos son principalmente dos. En primer término está la aproximación fenomenológica, y es, en efecto, aquella que privilegia la experiencia subjetiva del espacio. Es de origen preponderantemente francés, y encuentra en Gaston Bachelard y en George Poulet a dos de sus teóricos esenciales, si bien en fechas recientes plumas como las de Edward Casey y Jeff Malpas han alcanzado cierta notoriedad. Y, tras retomar tanto nociones husserlianas  —como por ejemplo, aquella según la cual existe una intencionalidad en la relación que existe entre nuestra conciencia y los objetos— así como otras tantas de Martin Heidegger, este enfoque ha incorporado herramientas de otras ciencias, entre las que destacan: la Biología, la Neurociencia y las Ciencias Cognitivas. De modo que se ha pasado, dicen algunos, de una teoría meramente impresionista a una de naturaleza estrictamente científica. Es, en síntesis, un ejercicio que, como otros tantos surgidos a partir del Postestructuralismo, pone de manifiesto la importancia del problema epistemológico concerniente al ser y a su interacción con el mundo.

         En segundo término, se encuentra el enfoque propiamente postesctructuralista, y que se diferencia del fenomenológico por el hecho de que no se interesa en la experiencia subjetiva del espacio. Se ocupa, por el contrario, de la semiótica de la representación espacial: o dicho en otras palabras, de los elementos que posibilitan la distribución espacial del poder. Este punto nos quedará aún más claro si observamos lo siguiente: en su opinión, el espacio es todo menos un vacío neutral, carente de características propias, y repleto de objetos: es más bien una dimensión socialmente construida. De ahí que prefieran hablar de lugares y no de espacios, pues descreen que la perspectiva individual sea un útil punto de partida para comprender este último. Y así, para el beneplácito de aquel que busque profundizar en otros enfoques, se hará también mención más adelante de otras tantas aproximaciones, entre las que bien podemos destacar la identitaria (cada identidad está extremadamente enraizada en el lugar de donde emerge) y la ambientalista (emparentada ya más bien con la Ecocrítica).

         Pero, en este libro, no todo es una revisión histórica de la disciplina. Se discute, además, un libro de reciente aparición: La Géocritique: réel, fiction, espace, de Bertrand Westphal. Y se precisa que éste se mantiene firme en la búsqueda de un nuevo campo para los estudios literarios, uno que, sobra decirlo, sea en extremo geocéntrico. De tal suerte que las razones no se dejan esperar: el espacio y la geografía, arguye Westphal, se han vuelto más importantes en el último siglo que el tiempo y la historia (y notemos que se vislumbra aquí también la sonrisa de Saussure: es, por supuesto, un triunfo más de la sincronía sobre la diacronía). Y es, agrega, uno de las tantas consecuencias arrojadas por la Segunda Guerra Mundial y su natural desmitificación del progreso.

         No resta sino añadir que son aún más los temas tratados en este libro: la identificación de los límites y las limitaciones de la Geocrítica en tanto disciplina; los llamados hauts lieux de la literatura (París, Londres, Nueva York, etc., si bien en esta lista cabrían lugares imaginarios, como la Atlántida, o bien otros de mucha menor prosapia); la distinción entre Geocrítica y otras disciplinas hermanas (por ejemplo, con respecto a la Geografía Conductista, cuya tarea consiste en dilucidar la distribución física de las entidades espaciales y nuestra conducta en relación con el espacio). Todas éstas son cuestiones tratadas en este libro, excelente introducción para los inexpertos como lectura ulterior para los ya iniciados.

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“Sobre la cartografía literaria” de Robert Tally

Deconstrucción del mapa, J.B. Harley

26 May

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Harley, J. B. “Hacia una deconstrucción del mapa”. La nueva naturaleza de los mapas: Ensayos sobre la historia de la cartografía. Trad. Leticia García Cortés y Juan Carlos Rodríguez. Comp. Paul Laxton. México: FCE, 2005. 185-207.

—. “Deconstructing the Map”. Cartographica. Vol. 26, No. 2, verano 1989, 1-20.

Raúl Bravo Aduna

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras

UNAM

Parece una tarea ciclópea tratar de imaginar un mundo sin mapas, sin trazos delimitando la realidad a la que estamos constreñidos y, sin embargo, la cartografía suele pasar desapercibida, si no es que soslayada por completo. Tan importante ha sido la labor cartográfica a lo largo de la historia —siendo artífice de la historia misma en ocasiones— que no es fortuito asimilarla como algo preestablecido, inamovible e, incluso, incuestionable. El asunto con la cartografía, y la relativa poca importancia filosófico-académica que se le da, reside en que se da demasiado por sentado al respecto, empezando por partir de la premisa que los mapas son creados con pretensiones científicas, objetivas y representacionales, alejadas, por supuesto, de fines estéticos, político, personales y viscerales. Por lo anterior, el famoso ensayo del historiador de la cartografía J. B. Harley (1932-91), “Hacia una deconstrucción del mapa”, publicado originalmente en Cartographica y reproducido póstumamente en La nueva naturaleza de los mapas (2001 y publicado en 2005 por el FCE en español), ha logrado obtener un espacio privilegiado en el Olimpo de la bibliografía cartográfica y, a diferencia de sus similares, ha podido escapar a las cadenas de la lectura híperespecializada; es decir, es un texto que, con frecuencia, es revisado y estudiado por científicos sociales, humanistas y ciudadanos de a pie.

            El argumento de este ensayo es, muy entre comillas, sencillo: “impulsar un cambio epistemológico en la manera de interpretar la naturaleza de la cartografía” (186). Digo “muy entre comillas” porque, aunque Harley es directo y enuncia sus pretensiones abiertamente—mismas que no son difíciles de entender—, lo que está proponiendo implica una reinterpretación no sólo de la cartografía, sino del mundo y la manera en que es entendido.

            Para poder lograr este cambio epistemológico, Harley nos advierte que hay que empezar a dejar a un lado distintas suposiciones que giran en torno a la cartografía, la primera siendo qué es, o qué se entiende por, la cartografía. En este punto, la propuesta de Harley es muy sencilla: dejar de creer que la definición dada por los cartógrafos mismos es adecuada, y empezar a entender la disciplina como una que puede ser analizada y estudiada desde otras aristas—la filosofía, la historia, la economía, etcétera. “Es mejor,” dice Harley, “que nosotros partamos de que la cartografía casi nunca es lo que dicen los cartógrafos” (186). Este cuestionamiento le permite a Harley introducir una de sus críticas más recurrentes a la cartografía: no se puede partir del supuesto de que la cartografía es científica, aun cuando “en la medida en que [se han adoptado] métodos apoyados en la computación y en sistemas de información geográfica, la retórica científica de quienes trazan los mapas [es] más estridente” (186). Esta crítica es de utilidad para Harley porque, a partir de ella, puede proponer un cambio en la retórica de la cartografía: la del positivismo científico por la de las ciencias sociales.

            Al hacer un salto el salto epistemológico de las ciencias “exactas” a las sociales, parece que Harley pretende ver qué tanto influyen las normas y prácticas sociales sobre el trazo de un mapa, para poder cuestionar, por pretencioso o ambicioso que suene, los paradigmas y estructuras de poder que subyacen a la cartografía. “Al combinar ideas diferentes en un terreno nuevo,” escribe Harley, “es posible estructurar un esquema de teoría social con el que podemos empezar a cuestionar las agendas ocultas de la cartografía” (188).  Hay que aprender, en pocas palabras, a leer los mapas con más cuidado, descubrir qué hay detrás de ellos.

            Es este punto en el que “Hacia una deconstrucción” del mapa plantea una herramienta de lectura, surgida del apropiamiento de ideas de Foucault y Derrida, que coquetea con postestructuralismo—y aquí no puede ignorarse el hecho de que es un ensayo escrito en un momento en el que las llamadas theory wars, aunque feneciendo, seguían en el escaparate público de la academia—por medio de la deconstrucción: “La deconstrucción nos insta a leer entre las líneas del mapa, en los márgenes del texto, y a través de sus tropos, para descubrir silencios y las contradicciones que desafían la aparente honestidad de la imagen” (188).

            Para lograr todo lo anterior, “Hacia una deconstrucción del mapa” se desdobla en tres argumentos, básicamente: 1) establecer cuáles son y de dónde surgen las normas de la cartografía y hasta qué punto ha funcionado, históricamente, como una herramienta para la normalización de discursos; 2) plantear la posibilidad de la deconstrucción de un mapa, para poder analizar los entresijos del texto cartográfico, de tal manera que la retórica de la imagen quede al descubierto; y 3) entender que los mapas son instrumentos clave en las luchas por la alteración de relaciones de poder, que “el mapa,” por ponerlo en palabras de Harley, “es un árbitro silencioso del poder” (205).

            “Hacia una deconstrucción del mapa” se presenta como un lectura obligada, me parece, por al menos dos motivos. Por un lado, obliga al lector, ya sea especializado o no, a redefinir y reconsiderar “la importancia histórica de los mapas” (207); es decir, entender que la imagen cartográfica no ni estática ni inocente, sino que está cargada siempre, tanto simbólica como semánticamente. Por el otro, plantea un método de lectura de la cartografía sugerentísimo que sirve para entender, de una vez por todas, que toda representación—ya sea cartográfica, literaria, fotográfica, etcétera—trae consigo un argumento acerca del mundo, no siempre inocente y, más importante aún, no siempre al alcance de la vista.

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            Artículo en español

“Videotech” de John Fiske

16 May

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John Fiske “Videotech”. The Visual Culture Reader. Ed. Nicholas Mirzoeff. Nueva York: Routledge, 2002. 383-391.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En este capítulo se aborda uno de los problemas originados por la aparición de las nuevas tecnologías. Y si somos todavía más precisos, habrá que decir que atañe principalmente al uso de las cámaras de video como método de vigilancia pública. Mi lector podrá preguntarse: ¿y qué tiene que ver esto con los estudios culturales? Es cierto: ésta es una pregunta obligada; pero pasemos a ver cómo desaparece esta duda tan pronto como nos explicamos sobre algunos puntos.

      Contrariamente a lo que se cree, la tecnología es política. O más exacto aún: su uso es siempre político. Sólo por dar un ejemplo, la fotografía y los artificios que la hacen posible ―la cámara, el ángulo, la luz, el foco, el encuadre, etc.― ,  pese a su aparente imparcialidad política, son siempre la consecuencia de una cierta  manipulación. Válgame, como prueba de ello, el siguiente aserto de Fiske: “la tecnología puede limitar aquello que puede o no ser visto, pero no dicta la manera en que es observado. La tecnología puede determinar aquello se enseña, pero la sociedad determina aquello que se ve”.

      Y es de este modo que llegamos a la tesis inherente a Fiske. Ésta sostiene que vivimos en una sociedad monitorizada, en la que somos escrutados a diario por una plétora de cámaras de vigilancia: sea en el centro comercial, sea ya en las avenidas de nuestro ciudad. La videotecnología, en suma, ha venido a ocupar un papel por demás importante en las democracias liberales del siglo XXI.

      Esta videotecnología, no obstante, tiene una característica esencial, y ésta es que su detonante es siempre racial. Este hecho contraviene la creencia según la cual la cámara está exenta de cualquier tipo de determinación social. Y es que se olvida, sin duda, que la cámara comporta dos hechos fundamentalmente sociales: en primer lugar, que, en tanto que supeditada al dinero, “la tecnología nunca es ni igualitariamente distribuida ni apolítica”; y en segundo, que “ningún sistema de conocimiento es apolítico”.

      La vigilancia tecnológica, como cualquier otra, está impelida a la creación de perfiles. Y si recordamos que esta vigilancia sucede a través de imágenes de video, es imposible que éstos se subordinen a prejuicios de orden religioso o económico. De manera que emanan más bien de prejuicios racistas y, en la menor parte de los casos, genéricos. 

      Ahora bien, no sólo resultan claros los argumentos de Fiske, sino que también lo son sus ejemplos. Se sirve de casos paradigmáticos, que se pueden ver, sin duda, cotidianamente en los Estados Unidos. Y hago mención del país, pues es la forma más acabada de este sistema de sobrevigilancia; sin embargo, no debemos olvidar que lo que nos ocupa es una práctica extendida de manera palmaria a lo largo del orbe. Fiske anota, por ejemplo, el caso de un hipotético afromericano que entra a un comercio coreano en un suburbio preponderantemente blanco. La respuesta es clara: la vigilancia, en virtud del prejuicio racial que venimos de enumerar, se volcará sobre el afroamericano. Y, aquí, sólo restaría aclarar quién es el que ejerce la sobrevigilancia. La respuesta podría también resultar obvia: la videotecnología pertenece, naturalmente, a los blancos.

      En otro orden de ideas, cabe decir que la sobrevigilancia tiene aún un rasgo positivo. Para nuestra fortuna, todavía nos queda utilizar la tecnología como contrapeso a los abusos en que incurren las instituciones. Fiske señala los casos de personas cuya inocencia ha sido probada mediante vídeos y, agrego yo, aquellos otros que han sido expuestos en groseros actos de corrupción. De todo esto, podemos estampar una afirmación como la siguiente: “la tecnología puede ser usada tanto para traernos conocimiento y conocernos, como para darnos acceso a un sistema de conocimiento de poder y conocimiento mientras nos supeditamos a un otro”. He aquí, grosso modo, el espíritu del libro en ciernes.

Capítulo

 

Literatura y arquitectura, David Spurr

30 Mar

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David Spurr. Architecture and Modern Literature. Ann Arbor: University of Michigan Press, 2012.

Paulina Morales

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

La arquitectura surge como una respuesta a la necesidad básica de vivienda y, a través de su arte, transforma el espacio en un lugar habitable para el ser humano. También la literatura se refugia con frecuencia en la arquitectura. Tal como anuncia el título, David Spurr busca interpretar cómo las formas arquitectónicas habitan en la literatura moderna. El libro explora las relaciones que existen entre literatura y arquitectura concentrándose en la manera que cada una responde y trata la modernidad. En la introducción, Spurr reflexiona en torno a la manera en que cada disciplina produce significados. Plantea que el lenguaje brinda estructura simbólica y abstracta al mundo, mientras que el medio construido crea  una estructura literal y material. Spurr señala las similitudes entre arquitectura y literatura utilizando los conceptos teóricos paralelos de sitio y contexto, tipo y género, principios constructivos y estructura del texto. Sin embargo, él también reconoce que si se piensa en los criterios racionales y funcionalistas de la arquitectura del siglo pasado, la arquitectura parece estar muy lejos del privilegio a la conciencia y lo subjetivo en la literatura modernista.

    Spurr hace una revisión histórica del papel de la arquitectura en la literatura. Comienza con los mitos fundacionales de la casa de Odiseo y la torre de Babel. Siglos después, durante la Edad Media, la prosa escolástica puede leerse como textos análogos a las catedrales. En la modernidad temprana, la arquitectura de la propiedad se entiende como una extensión de la persona en los house poems ingleses. La crisis de significados del siglo XIX y XX alteró esta simbiosis entre literatura y arquitectura. Ambas se vieron obligadas a responder a la industrialización, la fragmentación social, la mecanización de lo cotidiano y el desencanto general. Spurr organiza los análisis particulares con los conceptos claves de ruina, fragmento, interiores, cuerpo, materiales, formas, pasado y memoria.

    Los capítulos posteriores son estudios de textos o momentos históricos específicos. En “An End to Dwelling: Architectural and Literary Modernisms”, Spurr muestra cómo tanto en la literatura como la arquitectura se ha perdido la experiencia de dwelling. Habitar es problemático en la modernidad ya que no hay certezas sobre dónde habitar, qué es habitar y qué es ser humano. A partir del concepto de Heidegger de “homelessness”, Spurr enfatiza las implicaciones de no sentirse en casa ni en el mundo, ni en el lenguaje. Con esto en mente, la arquitectura y la literatura son respuestas directas a esta condición. Spurr analiza la forma que  Dickens y Ruskin preparan la deconstrucción del mito de la morada. Los textos de Proust, Joyce y Woolf plantean que dwelling es un proceso continuo de desplazamiento. El teatro de Beckett niega la posibilidad de habitar realmente.

   “Demonic Spaces: Sade, Dickens y Kafka” explora los espacios demoniacos dentro del mundo regulado y la función ética de la arquitectura. En Sade, cuartos secretos se convierten en espacios de libertinaje que desafían la razón. Para Dickens, la arquitectura misma encarna la revolución industrial y el capitalismo, mientras que en Kafka la arquitectura colosal desafía y sobrepasa nuestra condición humana.  Los siguientes dos capítulos enfatizan la relación entre la modernidad, el pasado y la memoria. “Allegories of the Gothic in the Long Nineteenth Century” se concentra en el interés por los edificios góticos y lo que su popularidad revela sobre la forma que nos relacionamos con el pasado. La estética celebra la forma sublime de una catedral por ejemplo, mas la ética se preocupa por el significado de este edificio para un momento histórico en el que la fe se ha perdido. En “Figures of Ruin and Restoration: Ruskin and Viollet-le-Duc”, Spurr compara las posturas sobre la restauración de estos dos teóricos arquitectónicos tan importantes para el siglo XIX. Ruskin prefiere la estética de la ruina; Viollet-le-Duc defiende la restauración. Spurr extrapola el debate arquitectónico a las figuras literarias. Ruskin quiere mantener la desunión temporal entre la ruina y el edificio original; la ruina se puede equiparar con la alegoría. Por su parte, la restauración intenta regresar a un estado ideal de la construcción,  busca la unidad tal como lo hace el símbolo.

    En “Proust’s Interior Venice”, la arquitectura permite que Proust concretice la experiencia subjetiva y articule a través de la representación de ella el ser. Proust está repleto de constantes sustituciones arquitectónicas que fungen como metáfora del interior del individuo. “Monumental displacement in Ulysses” se enfoca en el tratamiento del espacio urbano de Dublin. Las formas arcaicas y las fuerzas de cambios inciden en la arquitectura de la ciudad de un modo muy similar a cómo inciden en el estilo característico de Joyce. Siguiendo este análisis puntual del lenguaje y el estilo, el capítulo “Architecture in Frost and Stevens” trata las construcciones arquitectónicas como imagen poética y la poesía como un proceso arquitectónico. Los edificios y los poemas funcionan como refugios temporales para nosotros.

    El último capítulo, “Annals of Junkspace: Architectural Disaffection in Contemporary Literature”, utiliza el concepto de “junkspace” de Rem Koolhaas para analizar  la literatura de J. G. Ballard y Michel Houellebecq. “Junksapce” es la arquitectura modular, temporal, acumulativa, de consumo masivo y globalizado que ha dejado de ser arquitectura. Los capítulos anteriores ilustran cómo antiguamente los edificios mediaban entre pasado y presente, articulaban una narrativa por sí mismos. El “junkspace” ya no logra hacer esto, se queda en blanco. Los centros comerciales y los corporativos en Ballard son sobretodo espacios apocalípticos. Los textos de Houellebecq plantean que el “junkspace” no está diseñado para el hombre, sino para su ausencia. Esta arquitectura y literatura contemporánea muestran una condición humana desesperada. Inclusive estos esbozos de los análisis concretos en Architecture and Modern Literature permiten ver que  la literatura y la arquitectura se nutren de una preocupación en común, la preocupación por las formas cotidianas en las que habitamos el mundo.

 Libro en Google (fragmentos)

La cultura de la velocidad. John Tomlinson

9 Nov

Tomlinson, John. The Culture of Speed: The Coming of Immediacy. Londres: Sage Publications, 2007.

 Ana Sofía González Saravia Peña

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras

UNAM

La preocupación por la velocidad a la cual vivimos ha ocupado un lugar determinante en la cultura moderna. Sin embargo, a pesar de la importancia tanto cultural como psicológica que esta obsesión con la rapidez conlleva, pocos académicos se han dedicado a hacer un estudio minucioso de la “cultura de la rapidez”  a la que Tomlinson dedica su libro The Culture of Speed: The Coming of Immediacy. Así, a partir de un acercamiento marxista, Tomlinson reflexiona acerca de la manera en la que la noción de rapidez ha transformado los modelos económicos y sociales en la historia moderna. De igual manera, su libro trasciende el estudio histórico-político para analizar después la evolución de la “cultura de la rapidez”  desde sus orígenes a mediados del siglo XIX, y la forma  en la que ésta ha influido las artes, la filosofía y la política hoy en día.

    Tomlinson comienza su recorrido a través de la historia de la obsesión moderna por la velocidad al inicio de la revolución industrial en lo que él llama la necesidad del hombre por superar la naturaleza. Así, el capítulo inicial del libro está dedicado a la figura de la máquina como motor económico e imaginativo de la revolución industrial y símbolo del positivismo que – inclusive hoy en día – ha permeado la idea de civilización y progreso en el discurso científico y político. De esta manera, de la construcción del ferrocarril, la máquina de vapor y otros inventos dedicados a sobrepasar las fuerzas de la naturaleza nace una idea de velocidad encaminada al progreso tecnológico e industrial; proceso que tiene como fin último la maximización de los medios de producción y de la ganancia. Este proceso es el fundamento del sistema socio-económico dominante de los últimos dos siglos, el capitalismo y, junto con él, su símbolo representativo: la metrópolis.

    En el siguiente capítulo, Tomlinson viaja de aquella velocidad maquinaria progresista, capitalista y racional representada en  las novelas de Dickens, Modern Times de Chaplin y las idílicas metrópolis veloces de Le Corbusier, al lado caótico y destructivo de la rapidez. Este aspecto caótico nace con el movimiento Futurista y su Manifiesto, en el cual se entrecruzan los dos aspectos fundamentales de la velocidad destructiva: su atractivo estético y emocional, y su inseparable relación con la violencia. Es precisamente de la naturaleza peligrosa y excitante de la velocidad de la cual nace su atractivo estético, representado en la producción de automóviles y vehículos lujosos construidos con una capacidad de aceleración cada vez mayor; un placer que Tomlinson identifica como la “cultura cyborg” o el deseo del hombre de fusionarse con la máquina.

    Debido a esta fascinación estética y orgánica con la rapidez, surge también la idea del “Speed-heroism” o heroísmo de la rapidez. Este heroísmo se refleja en la obsesión con la juventud y su relación con la brevedad de años vividos y la intensidad de las experiencias vividas. Así, del heroísmo de la rapidez surge una cultura hedonista y transgresora, de la cual nacen ídolos como James Dean quien se vuelve una figura icónica de la búsqueda de experiencias extremas que glorifican la idea de la muerte en juventud; la idea de haber vivido una vida corta y rápida. Paradójicamente, esta idealización de la juventud transgresora es al mismo tiempo resultado de la aceleración positivista y del deseo de quebrantar las normas impuestas por ésta. De la misma manera, la violencia y la guerra mecanizada se contraponen a la idea de orden y progreso humanístico, y, al mismo tiempo, surgen de la obsesión por el avance tecnológico y la expansión capitalista del mismo.

    Para concluir su estudio, Tomlinson desarrolla la idea de una rapidez diferente a la industrial-maquinaria: una velocidad  transformada en inmediatez por la llegada del Internet y el cambio radical en los medios de producción. La “llegada de la inmediatez” viene a principios del siglo XXI, como un capitalismo veloz en una sociedad cuyo acceso a la mayoría de los servicios básicos e información es instantáneo y no está mediado. Así, vivimos en una sociedad “fluida” en la cual hay una gran cercanía entre nuestros deseos y los medios para satisfacerlos. Existe, entonces, inmediatez de distintas variedades; una de consumo, una de información, una de comunicación, de traslado, de trabajo, etc…Esta inmediatez representa, de acuerdo a Tomlinson,  el fin de la era mecánica ya que todo progreso propuesto por el positivismo en la revolución industrial ha sido alcanzado. Dicho de otra manera, las distancias que el ferrocarril, el telégrafo y todos aquellos inventos del siglo XIX intentaron acortar son, en esta época, inexistentes. Al contrario de la velocidad maquinaria, la inmediatez ya no es un objetivo, sino una condición de vida; la cual ha creado una cultura acelerada y desentendida que, al igual que su tecnología, desconoce su propósito.

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