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Zombis, subjetividad masculina y liberalismo

16 May

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Katherine Sugg, “The Walking Dead: Late Liberalism and Masculine Subjection in Apocalypse Fiction”. Journal of American Studies, volumen 49, número especial 04, noviembre 2015, pp 793-811.

   Daniel Valencia Acosta

Letras Hispánicas

FES Acatlán, UNAM

El ensayo de Katherine Sugg parte del análisis de la conjunción de dos crisis en las ficciones apocalípticas contemporáneas: el capitalismo liberal tardío y la masculinidad en el siglo veintiuno. Así, se analizará la formación de cada una en selecciones de las primeras tres temporadas de la serie de televisión “The Walking Dead” donde ambas se estructuran a la par, por lo que el análisis dilucidará lo que una dice de la otra, sus diálogos y su dialéctica, lo que éstas dicen acerca del gobierno económico contemporáneo tal como es trasladado a la a la narrativa popular en productos culturales.

Esta conjunción se encuentra de fondo en lo que varios académicos han llamado y analizado como la crisis de la masculinidad actual, en específico, masculinidad de blancos como resultado de distintos procesos económicos y transformaciones sociales dentro de las que se incluyen el desempoderamiento de la autoridad de los blancos en nuestra época de poco empleo y multiculturalismo. La presentación de escenarios apocalípticos aparece como un vehículo narrativo que articula un futuro -o un regreso nostálgico- donde se reincorporan la autoridad y la mediación masculina. La autora sugiere que el apocalipsis zombie presenta un debate en el status de la masculinidad que tiene su origen en los propios fundamentos de la modernidad liberal y la conciencia de género que produce; los cuales tienen en el fondo, el mito de la frontera.

Nuestra autora procede a rastrear el mito de la frontera en su realización más popular de los últimos tiempos: el western. En el mito de la frontera, creado en el siglo diecisiete y desarrollado en el veinte, se crea un ambiente salvaje en el cual individuos y grupos deben aprender a sobrevivir por medio de la creación de normas que los ayuden a preservarse en su comunidad aislada, localizada en un territorio hostil. Estas condiciones generan un ambiente llamado “todos contra todos” que es fundamental para justificar cuestiones de soberanía, interés personal y gobierno colectivo, tanto en estas ficciones como en la teoría política liberal moderna.

Al mismo tiempo, se genera un antídoto narrativo para la falta de un gobierno como el que normalmente se espera encontrar en la tradición democrática: los agentes masculinos pueden ser reimaginados y, tal como en el western, en el apocalipsis zombie se especulan las formas que puede tomar. Comienza a gestarse en un segundo plano y conviviendo, la promesa de finalmente “comenzar a vivir” recordando a la audiencia que las figuras autoritarias blancas son el motor y vehículo que, aún siendo enteramente ficcional, ha sido subyugado debajo de los regímenes propios del neocapitalismo.

Sugg pone en evidencia el contradictorio funcionamiento de las promesas de libertad, contra la construcción nihilista y aparentemente encaminada hacia la perdición, al tiempo que posee un loop narrativo donde no se encuentra un fin a las hordas de zombies y sus ataques, ni es posible encontrar una comodidad permanente en el modo de vida. Las opciones para continuar con el desarrollo del relato son dos: por un lado, existe la posibilidad de regresar a una brutalidad propia de las colonias, o, por el otro lado, avanzar hacia una lógica zombie donde, de manera quizá más ética, no existan más humanos.

Al final, la pregunta que busca responder este artículo es, ¿hasta qué punto ha sido infectada la lógica racista y económica del colonialismo por el espectro de otra lógica de abyección y otredad? ¿qué nos dice ello de las bases y el funcionamiento interno del colonialismo, pues, siempre ha contenido en sí el mito de la frontera?

Vínculo a texto completo en inglés: http://journals.cambridge.org/action/displayFulltext?type=6&fid=10021073&jid=AMS&volumeId=49&issueId=04&aid=10021072&bodyId=&membershipNumber=&societyETOCSession=&fulltextType=RA&fileId=S0021875815001723#cjofig_fig03

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Mujeres jóvenes y consumo

28 Abr

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Anita Harris. “Jamming Culture: Young Women and Consumer Citizenship”. All about the Girl: Culture, Power, and Identity. Nueva York: Routledge, 2004. 163-171.

Daniela Tovar Uribe

Letras Inglesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

En su artículo “Jamming Culture: Young Women and Consumer Citizenship”, Anita Harris reflexiona sobre el consumismo y cómo afecta a la juventud, en especial a las mujeres jóvenes. La autora nos dice que en este momento histórico la ciudadanía y la participación de los jóvenes se logra solamente a partir de la “validación en el mundo del dinero”, el consumo y que las mujeres jóvenes son en quienes más recae esta nueva forma de ejercer la ciudadanía.

Harris contextualiza explicando que las oportunidades para los jóvenes son escasas porque no hay un mercado de trabajo para ellos y el énfasis que se ha puesto en la educación especializada no corresponde a oportunidades reales de trabajo y de bienestar social. Actualmente, la posibilidad de obtener una vida independiente y económicamente segura es responsabilidad del individuo debido a la falta de participación y apoyo del Estado. Entonces, la competencia en el campo laboral es ardua y el esfuerzo personal y las relaciones sociales (networking) son las formas en que los individuos crean oportunidades en un mundo donde los derechos sociales ya no están garantizados por el Estado. Estos factores contribuyen a que la relación entre los individuos y sus comunidades se dé solamente a partir del consumo.

La subcontratación y la privatización de los bienes que antes pertenecían al Estado han ocasionado que la relación Estado/ciudadano se sustituya por una relación de cliente/empresa. La ciudadanía se ha reconfigurado también debido a que los espacios públicos de reunión se han privatizado. Actualmente, los jóvenes solamente pueden reunirse si tienen dinero para acceder a los centros comerciales, festivales de música o cines. El estilo de vida y la imagen personal se han vuelto mas importantes como fuentes de capital cultural, por lo que la identidad del consumidor/persona funciona en vez de la ciudadanía basada en seguridad económica y social. Esta reinvención de la forma de entender la ciudadanía, nos dice Harris, se articula por las mujeres jóvenes en el nuevo mercado laboral con la “feminización” de la economía (la mayor participación de las mujeres). La moda y el estilo representan el poder de las mujeres; por esta razón, las mujeres “valen” muchos millones de dólares en la bolsa, ya que miden su independencia y su éxito a través de su poder adquisitivo.

Para sostener esta idea del poder femenino se ha creado toda una ideología alrededor del concepto de girl power. El girl power vende una idea de mujeres que saben comprar y crean su propia identidad a través de eso. La idea de mujeres que consumen y son independientes se ha convertido en un sistema personal de creencias y así se vende desde ropa y accesorios hasta autoestima. Otro factor que incluye el girl power es que se ejerce de manera individual, por lo que separa a las mujeres de la participación social. El girl power se resume en que la mujer poderosa es quién tiene dinero para consumir para sí misma y así demostrar su éxito e independencia, su libertad.

Muchas mujeres luchan contra esta forma de entender una feminidad antifeminista porque se percatan de que las mujeres funcionan como consumidores pasivos y blancos ideales del girl power. Las mujeres que se han preocupado por resistirse a esta concepción lo hacen a través de internet, conformando colectivos que crean arte y se rebelan en contra de la globalización. La autora da varios ejemplos de estas formas de resistirse a través de la creación en contra del consumo. A estos movimiento se le conoce como jamming (que puede traducirse como interferencia).

La interferencia o jamming se hace de varias maneras: desde ligeras modificaciones a los slogans publicitarios en espacios públicos o revistas virtuales, hasta protestas en contra de la globalización. El jamming pretendeeducar a las consumidoras para que sean críticas de la idea de “poder femenino” comercial.Harris señala que el problema con estas formas de protesta es que la mayoría de las veces no hay una relación entre el activismo y el público, pero cuando la hay el impacto es importante.Harris reconoce también que es difícil protestar en una economía global donde los espacios públicos pertenecen a las corporaciones y son vigiladas por el gobierno. Por eso, la creación de nuevos espacios de reunión y el internet son áreas de oportunidad en la que se puede cuestionar la mecánica del consumo de las mujeres y de los jóvenes en general.

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La emergencia de nuevas comunidades, según Henry Jenkins

24 Feb

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Henry Jenkins. “Interactive Audiences? The ‘Collective Intelligence’ of Media Fans” de Fans, Bloggers, and Gamers: Media Consumers in a Digital Age. Nueva York, NYU Press, 2006.

 

 Gonzalo F. del Aguila Vargas

 

            Letras Modernas (Inglesas)

 

            Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

 En su libro Fans, Bloggers, and Gamers, Henry Jenkins dedica un capítulo a analizar cómo funcionan los fandoms. Para ello, es necesario pensar al fandom, no en términos de resistencia, sino como un prototipo o ensayo de cómo operará la cultura en el futuro. Un fandom es como cualquier espacio donde la gente vive y colabora en comunidad; asimismo, ofrece un ejemplo de cómo evolucionan las comunidades gracias a la interacción con los medios digitales. Esta evolución es posible gracias al modo en que la industria mediática y las audiencias operan en conjunto, y cómo éstas han desarrollado una conciencia activa crítica y discriminante. Jenkins propone documentar la interacción entre consumidores y medios a partir de las tendencias culturales de consumo actuales:

 

1)     La interacción con las nuevas tecnologías que permite a las audiencias apropiarse de los productos, archivarlos, anotarlos y recircularlos.

 

2)     La difusión de los tutoriales DIY (Do It Yourself) hechos por consumidores para consumidores.

 

3)     El establecimiento de un flujo horizontal de medios que exige modos más activos de consumo.

 

            Para explicar el origen de las nuevas comunidades, Jenkins retoma el trabajo de Pierre Levy sobre la inteligencia colectiva. Explora la creación de comunidades en torno a un “espacio de conocimiento”, que Levy llama Cosmopedia, el cual surge de la desterritorialización del conocimiento debido al modo en que el internet ha facilitado la comunicación y difusión de medios. Este espacio provoca la participación amplia en la toma de decisiones, el surgimiento de nuevas formas de “ciudadanía” y comunidad, así como un intercambio recíproco de información. Para Levy existen tres tipos de agrupaciones: orgánico, como familias, tribus o clanes; organizado, en el caso de naciones o instituciones; y auto-organizados, como las comunidades virtuales de internet. Éstos últimos desarticulan los límites geográficos de comunicación y provocan el declive de grupos organizados. En ese sentido, las nuevas comunidades, según Levy, surgirán a partir de afiliaciones voluntarias, temporales y tácticas en función de intereses intelectuales y/o emocionales. Por lo tanto, los miembros cambiarán de comunidad según sus intereses y necesidades se modifiquen y, por ello, es probable que pertenezcan a más de una comunidad. Así, estarán unidos por la producción mutua en intercambio recíproco de conocimiento.

 

            De acuerdo con Jenkins, Levy distingue entre conocimiento compartido e inteligencia colectiva. Mientras que el primero se trata de la información conocida por todos los miembros de una comunidad, la segunda expande la disponibilidad de conocimiento; es decir, las capacidades productivas, pues facilita que se cubra un campo de conocimiento más amplio y la información relevante fluya más rápidamente. Cuando la inteligencia colectiva entra en contacto con la Cosmopedia, accede a todo el conocimiento pertinente disponible. Aquí es donde se cimentan los fandoms: en la producción colectiva, pues surgen como respuesta a los productos de la cultura popular, lo que provoca que su afinidad las defina.

 

            Los fandoms se remontan a las décadas de los veinte y treinta, donde los seguidores de la ciencia ficción crearon una red social informal a través de una columna editorial. Los fandoms se transformaron en fuente de autores, por la interconectividad que facilitó la génesis de ideas. Cuando la tecnología evolucionó, el contacto cara a cara fue posible entre fans alrededor del mundo. Los fans de la ciencia ficción fueron los primeros en emplear tecnologías digitales al provenir de instituciones militares o científicas. Por ende, mucho del slang que ahora domina tiene su origen en la forma en que estos grupos se comunicaban. Según Nancy Baym, citada por Jenkins, los fans están motivados por la epistemafilia; es decir, el placer por conocer e intercambiar conocimiento. La especulación como método de comparación, refinación y negociación del entendimiento de su ambiente socioemocinal amplía el campo de significación que fluye en torno a una fuente primaria. En ese sentido, la producción de significado es una forma de conocimiento atada a nuestros placeres, deseos y vínculos sociales que establecemos en las comunidades digitales.

 

            En consecuencia, el intercambio colectivo de conocimiento impide que otras fuentes de poder mantengan un control firme sobre el flujo de información. Por eso, desestabiliza los intentos de establecer parámetros económicos de jerarquía. El nuevo espacio de información permite formas de recontextualización múltiples e inestables, pues el valor de conocimiento se incrementa con la interacción. La significación se transforma en un recurso renovable debido a que se comparte y su circulación puede crear y/o revitalizar los vínculos sociales. La nueva inteligencia colectiva, dice Jenkins, es un conglomerado compuesto por las diversas contribuciones de sus miembros, cuyo resultado es algo más poderoso que la suma de sus partes.

 

            La expansión de los medios digitales ha reducido los tiempos de comunicación, lo cual tiene consecuencias a escala global. El empleo de medios digitales ha hecho crecer las comunidades y reducido el tiempo de reacción. Hoy día, los fandoms surgen rápidamente, incluso antes de que los productos lleguen al mercado. Existe un incremente de la visibilidad y una nueva centralidad cultural de comunidades habituadas a hablar desde la periferia. No sólo la producción artística de los fans se transformó, sino que surgieron nuevos medios de producción. Esto delata un cambio también a nivel mercadológico y publicitario, pues las compañías se adaptan a estas nuevas formas de consumo. Levy predice que las culturas del conocimiento alterarán el modo en que la cultura mercantil del objeto operará. Según Jenkins, las industrias culturales son un ejemplo de esta transición, pues los objetos se vuelven recursos para la producción de conocimiento desde de una actividad creativa en un ambiente dinámico que permite la interacción activa de un flujo colectivo de información.

 

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La geopolítica de Capitán América, Jason Dittmer

16 Nov

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Jason Dittmer. “Captain America’s Empire: Reflections on Identity, Popular Culture and 9/11 Geopolitics”. Annals of the Association of American Geographers, Vol. 95, Núm. 3, septiembre 2005. 626-643.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

¿De qué puede ocuparse un artículo sobre el Capitán América? Este artículo, cuando menos, de la manera en que los cómics inciden en la construcción de las identidades nacionales. Como parte de la llamada cultura popular, los cómics tiene un papel preponderante en la construcción de identidades geopolíticas. ¿Qué queremos decir con esto? Sí: que los cómics son parte de la llamada institucionalización regional: es decir, de la forma en que los habitantes de una región se sienten parte de una misma comunidad. ¿Cómo se llega a eso? La mayor parte de las veces a fuerza de narrativas que intentan legitimar y simplificar los complejísimos fenómenos —en este caso, geopolíticos— del mundo.

            Lo que venimos de glosar está íntimamente relacionado con un concepto como el de hegemonía, y de ahí que Dittmer apele a la autoridad de Antonio Gramsci. Así como Althusser, Gramsci creía que las ideologías se extienden a través de los actos más ordinarios de la vida cotidiana. Y pregunto: ¿con qué están relacionados estos actos sino con las narrativas previamente establecidas por la cultura popular? En palabras de Axel Alonso, editor del cómic del Capitán América, es una responsabilidad que va más allá del mero divertimento: es  una forma de educar. ¡Y claro que tiene razón! Lo que olvida mencionar, sin embargo, es que es una educación al servicio de la ideología hegemónica.

            Que se escoja a este superhéroe no es baladí. En principio, porque ha acompañado a varias generaciones y porque ha sido condenado desde todos los flancos políticos: desde la izquierda, la derecha, el comunismo, el oficialismo… Pero hay, sobre todo, una razón: el Capitán América es un símbolo de América, y para corroborarlo nos basta observar su uniforme. Resulta demasiado obvio señalar un detalle como éste, sí, pero nos sirve como punto de partida para rememorar la historia detrás del cómic: el Capitán América nació en 1940, mientras los Estados Unidos se batían en Asia y Europa contra el Eje; y su nacimiento tenía principalmente dos objetivos: uno, despertar un sentimiento patriótico entre la comunidad estadounidense; y dos, dejar en claro al mundo su papel como “policía” o “pacificador de naciones”.

            En pocas palabras, éstas sólo son las bases sobre las que se construye el presente artículo para ascender paulatinamente a nociones más generales, nociones como las de diferenciación y vinculación territorial, paisaje simbólico, nación, entre otros. Y es a partir de ese momento, momento en el que ya contamos con la mayor parte de las piezas del rompecabezas, que podemos llegar al análisis final del artículo: aquel que concierne una vez más al Capitán América, si bien ahora ciñéndose a lo que pasó con el cómic en tiempos del 11 de septiembre. Sobra anotar aquí sus pormenores, pues prácticamente son los mismos que acompañaron al cómic en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Lo importante es retener que el Capitán América incide en la construcción de la identidad nacional estadounidense, en su delimitación como identidad hegemónica y en la perpetuación del status quo. Hasta aquí en cuanto refiere al Capitán América. En líneas generales, acaso lo más importante sean aquellas líneas que Jason Dittmer cita de Linda R. Williams: “estimar que los cómics son mero entretenimiento es descartar su utilidad para entender la cultura”. Extendamos esta sentencia a todas las prácticas culturales, cualesquiera que éstas sean.

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11-S de 2001 en la historia oral, Mary Marshall Clark

11 Oct

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Mary Marshall Clark. “Entre la interpretación de los media y las mentiras del gobierno: Quinientas historias de vida del 11-S”. Historia, antropología y fuentes orales. Núm. 33, 2005. 157-168.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosoía y Letras, UNAM

Los Estudios Culturales han señalado recurrentemente la importancia de los medios en la construcción de subjetividades y de narrativas colectivas. Digamos de una buena vez que es éste el origen del presente artículo: su meta, trazar los andamios sobre los que se erigió la memoria del 11 de septiembre. De acuerdo con Mary Marshall Clark, al día de hoy, todavía no está realmente claro lo que sucedió aquel fatídico día para los Estados Unidos. Se conoce, por supuesto, el número de muertos y sus nombres, de heridos y de desaparecidos; y aún con estas cifras, sostiene Clark, ha sido imposible asentar la experiencia de aquella catástrofe.

            Es claro: cuando habla Clark de la experiencia del 11 de septiembre, se refiere a ella en tanto experiencia personal, ajena a cualquier tipo de proselitismo militar o político. Alude, pues, a lo que comportó la transformación de la geografía de Nueva York para todo aquel cuya vida ocurriese en los rededores del World Trade Center: para quienes “era el barrio, el lugar de trabajo, el café, la librería, el kiosco, su hogar, una ciudad dentro de una ciudad”.

            La experiencia de la que habla Clark está totalmente alejada de aquella que han construido los medios de comunicación, pues ésta responde a una agenda política cuyo objetivo único es despertar el nacionalismo de sus ciudadanos en aras de la legitimación de un nuevo ataque: la narrativa de la víctima/vengadora que ha sostenido Estados Unidos desde hace varias décadas, y que carece de cualquier significado tanto para el ciudadano promedio estadounidense como para aquellos que vivieron de cerca la tragedia.

            Se verá, además, que ante el insistente esfuerzo de los medios por homologar los ataques del 11 de septiembre y los de la Bahía de Pearl Harbor, ocurridos apenas antes de que Estados Unidos decidiese unirse a la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses se resisten a creer en este amago de analogía. Antes al contrario: si en algo hay unanimidad, es en el hecho de que se interprete aquella jornada “como una experiencia surreal, como la de aquel que está viviendo una película en la que la fantasía o la sensación de estar viviendo fuera del tiempo y de la historia, tiene más fuerza que el propio recuerdo”.

            He aquí, entonces, la razón por la que nace el Proyecto de Historia Oral Narrativa y Memoria del 11 de septiembre en la Universidad de Columbia: como un intento por constatar la significación de un ataque terrorista en la más cosmopolita de las ciudades. Y es que éste no es, sin duda, un hecho menor. Porque si examinamos de cerca el fenómeno, nos daremos cuenta que minorías, como la latina y particularmente la musulmana, no sólo habrían de padecer el ataque, sino también el rechazo posterior al mismo: rechazo que trajo consigo sentimientos de culpabilidad y vergüenza motivados por un ataque que ninguno de estos grupos había perpetrado. Mantiene Clark aludiendo al trabajo de Robert McChesney: “desde el momento en que el presidente Bush a las 8:30 del 11 de septiembre que no había distinción entre los terroristas y los países que los acogían, las posibilidades de un discurso público acerca de la respuesta adecuada a los acontecimientos disminuyó de forma notoria”.

            El proyecto prioriza las entrevistas; y ya se ve, que con excelente ánimo democrático, se entrevistó a un amplísimo abanico de personas.  Se intentó dar voz a personas de unos 35 países, entre los que se encontraban latinos y musulmanes, sacerdotes, hombres de negocios, artistas, estudiantes, psicólogos, filántropos, víctimas directas y familiares afectados por la pérdida de algún ser querido, bomberos y policías. Y sólo para dar una pequeña muestra de cuánto se apartan las entrevistas de la narrativa oficial, escuchemos aquello que respondió un bombero: “Los periodistas nos pintan como héroes, pero no los somos realmente. No somos tan perfectos; a veces, nos distinguen de los demás como si fuéramos mejores: sólo cumplimos con nuestro deber, nada más”.

            “Entre la interpretación de los media y las mentiras del gobierno: Quinientas historias de vida del 11-S”  es un esfuerzo ya no digamos para desmitificar la memoria del 11 de septiembre 2001, sino para construir un atisbo de ella: una que no sea producto ni de los medios de comunicación ni del sarampión político.

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Negritud posmoderna, de bell hooks

7 Ago

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bell hooks. “Postmodern Blackness”. Yearning: Race, Gender, and Cultural Politics. Boston: South End Press, 1990. 23-31.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Filosofía y Letras, UNAM

Es indudable que el “otro” forma parte de la agenda de los estudios postmodernistas. Sin embargo, el artículo de bell hooks busca ir un paso más allá por medio del siguiente cuestionamiento: ¿de qué manera incide el Postomodernismo, desde su pensamiento abstracto y su aparato crítico, en la experiencia cotidiana de los afroamericanos? Lo pregunta hooks, a partir de una interpelación que tuvo lugar en un evento de lo más mundano: en una cena entre académicos, estando presente sólo una persona de color.  Y nace del deseo, hay que decirlo, de demostrar que “la idea de que no hay conexión alguna entre la experiencia afroamericana y el pensamiento crítico sobre estética y cultura debe ser continuamente interrogada”.

Siendo así las cosas, hooks persiste en amonestarnos de otras tantas negligencias: la ausencia de bibliografía crítica escrita por mujeres, y mucho más aún por mujeres afroamericanas; la hegemonía ejercida desde la academia, una que, sobra decirlo, continua siendo preponderantemente blanca; una generación de afroamericanos que, tras haber conseguido importantes triunfos en el pasado, se resiste a dar vuelta a prácticas asaz patriarcales; la música afroamericana vista como medio de resistencia, y, al mismo tiempo, como vehículo de asimilación con respecto a la cultura blanca, etc. Sin embargo, pese a este negativo diagnóstico, asegura bell hooks que sí existe un puñado de libros o capítulos que se han atrevido a profundizar en honduras como éstas: “Putting the Pop Back into Postmodernism”, de Lawrence Grossberg; “Hip, and the Long Front of Color” in No Respect: Intellectuals and Popular Culture”, de Andrew Ross; The Pirate’s Fiance: Feminism and Postmodernism, de Meaghan Morris, sólo por citar algunos.

Otra discusión relevante es la que gira en torno a la manera en que los afroamericanos se aferran, pese a las advertencias del Postmodernismo, a mistificaciones de corte esencialista. A guisa de ejemplo, hooks refiere la forma en que la comunidad afroamericana se obstina en forjar una identidad propia y auténtica, una que, invariablemente, traería como consecuencia natural la oposición de la identidad blanca. “Parte de nuestra lucha por alcanzar una subjetividad negra y radical —señala hooks— es la búsqueda de caminos para construir una identidad que sea oposicional y liberadora. La ausencia de voluntad para criticar el esencialismo de la mayor parte de los afroamericanos está enraizada en el temor de perder de vista la historia y la experiencia afroamericanas, así como las sensibilidades y la cultura que se desprenden de esa experiencia.” Y lejos de augurar un callejón sin salida, concluye con optimismo: “una respuesta adecuada a esta problemática es criticar el esencialismo, enfatizando siempre la importancia de “la autoridad de la experiencia”. Hay una diferencia radical entre el repudio de la idea de que hay una “esencia “afroamericana y el reconocimiento de la manera en que dicha identidad se ha construido en la experiencia de la lucha y el exilio”.

El impacto del Postmodernismo, advierte hooks, ya no sólo se puede limitar a la experiencia afroamericana. Insiste en que hay otros tantos grupos que comparten rasgos profundos de alienación, desazón e incertidumbre, sensibilidades que están más allá de conceptos tales como clase, género, raza, todos ellos ya apuntados por el Postmodernismo. Advierte hooks que lo que resta por hacer, en suma,es posibilitar la construcción de empatía entre estos grupos en aras de promover el reconocimiento mutuo, la solidaridad y, lo más importante, una coalición que sea capaz de oponer resistencia a la hegemonía blanca.

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Introducción de la imagología, Joep Leerssen

1 Ago

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Joep Leerssen. “Imagology: History and Method”. Imagology: The Cultural Construction and Literary Representation of National Characters. Manfred Beller y Joep Leerssen, eds. Nueva York y Amsterdam: Rodopi, 2007. 17-32.

 Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

La imagología (imagology, en inglés) es una disciplina cuyo objeto es el estudio de la representación del otro —y por ende, de sí mismo— a través de los textos literarios. La razón de esto, alega Leerssen, se encuentra en el hecho de que es precisamente en la literatura donde mayoritariamente se han “formulado, perpetuado y diseminado” los estereotipos nacionales. A esto habría que añadir únicamente dos cosas: uno, que en la actualidad bien se puede añadir otros medios, tales como los comics, los filmes o las series de televisión; y, dos, que ésta es también la razón por la que la imagología ha interesado recurrentemente a los Estudios Culturales: por el simple hecho de que comparten una agenda común: la identidad, la otredad, la hegemonía, el subalternismo, todos éstos son temas, en efecto, sobre los que vuelve recurrentemente la imagología.

         A partir de estas consideraciones generales, enumeremos someramente otras particularidades de la imagología:

   1.- La imagología, si bien de reciente aparición formal (piénsese que surge apenas a mediados del siglo pasado), es el resultado de una extensa serie de hechos que bien se podrían remontar a la Antigüedad: si se me permite el ejemplo, a la manera en que Julio César perfiló la imagen de los galos en su ya clásico De bello gallico. Pero éste no es sino mi ejemplo; Joep Leersen, por su parte, ha decidido fijar como punto de partida la crítica de otro Julio César: en este caso, Julius Caesar Scaliger. Y es que hacia finales del siglo XV, este último tuvo a bien determinar las particularidades de cada nación europea existente hasta entonces; y tendrán razón algunos, ciertamente, al argüir que lo que logró no fue sino poner sobre papel lo que la realidad y la cotidianidad habían ya sancionado. A partir de ahí, es cierto que es interminable la lista de libros donde se sostiene una imagen estereotípica de los pueblos: El espíritu de las leyes, de Montesquieu; El ensayo sobre los caracteres nacionales, de Hume; El ensayo sobre las costumbres, de Voltaire; Las consideraciones sobre los sentimientos de los bello y lo sublime, de Kant; La ciencia nueva de Vico… Y la lista es a tal punto extensa que, pasada ya la Ilustración, época que acogió con beneplácito la estereotipificación del otro, el mundo vio surgir aún una lingüística viciada, in principio, por estos prejuicios —la comparativa de Grimm—; una filosofía —la de Hegel, para quien en toda manifestación cultural subyace un Volkgesist (espíritu del pueblo)—; o bien una crítica literaria —la de Hyppolite Taine, en la que quizá no se privilegia un criterio como el de la nacionalidad, pero sí, por el contrario, los de raza y etnia. 

   2.- La imagología se concentra en los textos literarios en virtud de que existe una larga tradición de tópicos intertextuales; de ahí ciertamente que sean a tal grado efectivos. Dice Leerssen, por ejemplo, que si bien “se han expresado (n)ociones relativas al carácter alemán en libros de texto, periódicos, crítica cultural y reportes gubernamentales, novelas como  Der Undertan, de Heinrich Mann, o Three men on the bummel, de Jerome K. Jerome, han sobrepasado esos efímeros textos”, logrando crear con mucha mayor eficiencia una imagen de lo “alemán”.

   3.- Siendo que su objeto es el representamen, y no el representandum, la imagología debe abocarse a la formulación de los estereotipos nacionales, y no, como algunos erróneamente exigen, a la construcción de identidades. Es del discurso, no olvidemos, que se ocupa la imagología, jamás de la referencialidad. Su única referencia es textual o, en todo caso, intertextual. Además, pese a los que haya observado Réné Wellek, no es una forma de sociología: pues se ocupa siempre de la representatio, no de la sociedad en cuanto tal.

   4.- A diferencia del resto de las disciplinas, la imagología acepta ex profeso la naturaleza subjetiva de sus fuentes. Que se incorporen al análisis, es más bien lo que se debería exigir a todo imagologista.

   5.- La imagología se ocupa de las características que se han imputado a cierto referente en el mundo, razón por la que deberá ignorar todo aquello que atañe a las llamadas exposiciones de hecho.

   6.- Uno de los primeros pasos que sigue el análisis imagológico es reparar el intertexto en el que se da cierta representación nacional. Y a partir de esto, dirimir cómo es que dicha representación se ha apuntalado, refutado, parodiado, e incluso ignorado. Posteriormente, este intertexto se deberá contextualizar de tal suerte que se pueda concluir en qué tipo de texto aparece tal representación, cuáles son las convenciones por las que se construye, su contexto histórico —claro está―, así como también el público al que está dirigido. No son las mismas formas, insiste Leerssen, de las que se sirven autores como Thomas Mann y Philip Larkin para hablar de lo “nacional”.

         Tras este breve examen, acaso cabría preguntarse la vigencia de una discusión como la que venimos de glosar. Al respecto, podemos pensar en los ejemplos del multiculturalismo apoyado por el gobierno estadounidense, el intento de integración de la Comunidad Europea, la inclusión o exclusión de los pueblos indígenas en las políticas públicas latinoamericanas, entre otros, y en las formas en que cada uno de estos ejemplos se manifiestan en la literatura de nuestro tiempo. He ahí ciertamente el amplio interés que puede suscitar actualmente la imagología.

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