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Toril Moi, Feminista, femenina, mujer

28 ago

Toril Moi, “Feminist, Female, Feminine” en The Feminist Reader: Essays in Gender and the Politics of Literary Criticism. Basil Blackwell, Nueva York, 1989. 117-132.

Mónica Guadalupe Hernández Mendoza

Letras Hispánicas

Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, UdeG.

Becaria del programa Verano de Investigación Científica, 2015.

Toril Moi, en su artículo Feminist, Female, Feminine tiene como objetivo diferenciar el significado de estos tres términos tan importantes para comprender la problemática teórica y política del feminismo contemporáneo. Con este motivo, la autora divide su texto en seis diferentes apartados, de los cuales el primero está dedicado únicamente a la aclaración del concepto “feminist”, el cual, menciona, está ligado al movimiento social que emergió en los años sesenta, por lo que “feminist criticism” hace referencia a un discurso político en contra del patriarcado y el sexismo. De esta forma, asegura, tal estudio de los ámbitos sociales, institucionales y personales en cuanto a las relaciones de poder entre hombres y mujeres, generan las denominadas “sexual politics”, como Kate Millet las hace llamar. Ya que los trabajos teóricos “neutrales” y “objetivos” están producidos por intereses sexistas, las teóricas feministas han tenido la necesidad de politizar y apropiarse, “en el sentido de transformación creativa”, de los métodos de crítica ya existentes; por lo que no existe un “espacio puramente feminista” desde el cual la crítica feminista pueda hablar, pues todos ya han sido previamente contaminados por la ideología patriarcal.

     La autora dedica el segundo apartado al concepto de “female” que, afirma, se puede definir como el que concierne a la parte biológica, por lo que la tradición literaria femenina no necesariamente es feminista, ya que la experiencia femenina no provee obligadamente a las mujeres una perspectiva crítica de su situación de marginación debido a que el feminismo no es un simple producto de la experiencia e las mujeres, sino que es una perspectiva política. Posteriormente, Moi define el término de “feminine” como las características culturales que definen la feminidad; por lo que las etiquetas “feminine” y “masculine” representan los patrones sociales en cuanto al comportamiento de género y sexual que las normas culturales dictan. Ya que la femineidad es un constructo social, una no nace siendo mujer, sino que se convierte en una, como afirma Simone de Beauvoir. De esta forma, menciona Moi, la opresión patriarcal se expresa al tratar de hacer parecer como naturales ciertos estándares de femineidad que en realidad son constructos sociales.

    En el cuarto apartado del texto, “The Deconstruction of Binary Oppositions” Moi menciona que los términos “feminist”, “female” y “feminine” son de naturaleza binaria, porque en la oposición “hombre/mujer” siempre se carga de valor negativo al segundo concepto, pues en un escenario simbólico patriarcal, el hombre siempre gana la batalla binaria y a la mujer se le castiga con la pasividad. Es por ello que la teórica feminista Cixous menciona que el aceptar el binarismo significa favorecer al patriarcado. Posteriormente, en el apartado “Femininity as Marginality”, Moi menciona que con motivo de romper el binarismo, la feminista Kristeva define el término “femininity” como “aquello a lo que marginaliza el orden patriarcal simbólico”. Asimismo, la autora nos dice que según Kristeva, las mujeres deberían rechazar la dicotomía sexual y considerarla como metafísica, sin embargo, mientras el sistema patriarcal sea el dominante, es esencial para las feministas defender a las mujeres en términos de oposición a los hombres, ya que es la única forma de hacer consciente tal represión.

     En el último apartado, “Female Criticism and Feminine Theory”, la autora divide el campo de la teoría feminista en dos grandes categorías: “’female’ criticism” and “’feminine’ theory”, cuya diferencia estriba en que la primera se refiere únicamente a la crítica que de alguna forma se centra en la figura de la mujer –ya sea desde un enfoque feminista u otro– mientras que la segunda se compone por las teorías a las que les concierne la construcción de la femineidad; no obstante, asegura Moi, ésta última categoría es propensa a los ataques de biologismo. Para concluir, la autora asegura que le corresponde a las críticas feministas continuar con la lucha que concierne al significado del signo y del texto.

http://www.torilmoi.com/wp-content/uploads/2009/09/Feminist_Female_Feminine-ocr.pdf

20 ago

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Álvaro Alonso Trigueros. “Antonio Gramsci en los estudios culturales de Raymond Williams”. Methaodos. Revista de ciencias sociales, 2014, 2 (1): 8-22.

Mónica Guadalupe Hernández Mendoza

Letras Hispánicas

Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, UdeG.

Becaria del programa Verano de Investigación Científica, 2015.

En la introducción de su artículo, Álvaro Trigueros da un panorama general de los estudios gramscianos en la actualidad, y muestra su interés en hacer notoria la influencia de Gramsci en la definición del método correcto para el análisis de Raymond Williams de las manifestaciones artístico-culturales, así como para los estudios culturales en su estado actual.

            En el segundo apartado, “El encuentro de Williams con Gramsci”, el autor menciona que el interés de Williams por conceptos tales como “cultura” al igual que por las manifestaciones artístico-culturales es producto de las lecturas que este teórico realizó de Gramsci. Para Williams, la cultura, en tanto producto humano, depende de la creatividad, por lo que la “mente creativa”, considera, es el tema principal dentro de la teoría cultural; concepto al cual le dedica la primera parte de su texto The Long Revolution. Esta creatividad, vital para la cultura, es a su vez producto de lo que Williams denomina como “espíritu popular creativo”, el cual hace referencia al “carácter orgánico, espacio-temporal y supra-individual de las creaciones humanas”.

            Como resultado de un recorrido histórico del estado de la cuestión de los acercamientos teóricos a las artes y las manifestaciones artístico-culturales desde la cultura y la sociedad, llega a una conclusión bastante parecida a la de Gramsci: “la cuestión central del análisis cultural es ‘el análisis de las relaciones específicas a través de las cuales se hacen y se mueven las obras’”. Asimismo, menciona Trigueros, otro de los puntos centrales en que confluyen las ideas de Williams y Gramsci es el que se despliega del término “hegemonía”, concepto que Gramsci define y Williams lee como: “todo un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida. Constituye un sentido de la realidad para la mayoría de la población, un sentido de lo absoluto por ser una realidad viva más allá de la cual la movilidad es muy difícil para la mayoría de la sociedad en prácticamente todas las esferas de la vida”. No obstante, Raymond añade dos tipos más de hegemonía: la contra-hegemonía, que se define como “la del adversario es renovada, recreada, defendida y modificada”; y la alternativa, que “resiste, se ve limitada, alterada y desafiada por presiones que no le son propias”.

            En “Gramsci en la “larga revolución” de Raymond Williams”, la tercera parte del artículo, el autor rescata las conexiones entre Gramsci y Williams en cuando a lo que éste considera como “materialismo cultural” y su idea de la cultura, pues para ambos ésta se define como “una totalidad formada por ‘redes de relaciones’, un complejo en el que hay que desentrañar su modo de organización, sus patrones y soldaduras que revelan identidades y correspondencias insospechadas, a veces discontinuas, a veces dispersas”. No obstante, la originalidad de la investigación Williams, como afirma Coll Blackwell, reside en su “perspectiva marxista aunque culturalista”, ya que respondía a los procesos históricos y cambios culturales.

            Según afirma el autor, el interés de Gramsci y Williams “radica en haber introducido en el pensamiento marxista la centralidad de la conciencia, de la acción orientada por los valores, de la voluntad transformadora como eje del cambio histórico”, con lo que su proyecto obtiene un enfoque “transformador de la sociedad, enraizado en la democratización de los procesos de producción cultural, que se apoya en premisas socialistas que se van a ir generando y enriqueciendo en el mismo proceso de investigación y lucha política”. El autor afirma que a lo largo de la investigación de teoría cultural de Williams, el concepto mismo de “cultura” va modificándose, pues lo que comienza como una simple “entera forma de vida”, desemboca en el “empirismo radical” del “culturalismo”, que según Hall, se define como “la producción (y también la reproducción) de significados y valores mediante formaciones sociales específicas, y su poner el foco en la centralidad del lenguaje y la comunicación como fuerzas sociales formativas, así como el conjunto de interacciones complejas entre las instituciones, las relaciones sociales y las convenciones formales”.

            Asimismo, la hegemonía según Williams integra tres tipos diferentes de cultura: una que se vive en un tiempo-espacio específico, otra que es conformada por las manifestaciones artísticas y cotidianas, y una última de “tradición selectiva”; sin embargo, asegura que la cultura se conserva en la ubicuidad, pues todas las sociedades que la conforman, se enlazan por medio de significados, por lo que la cultura no es creación de una minoría. Posteriormente, Trigueros menciona la importancia de que los estudios culturales investiguen el objeto de estudio desde su faceta interna, hasta la social e histórica; asunto en el que considera que la lectura de Gramsci por parte de Williams, así como sus propias conclusiones a partir de ella, son de vital importancia. En la conclusión Trigueros menciona la importancia de leer a Gramsci como figura precursora para la integración de disciplinas teórico culturales.

http://www.methaodos.org/revista-methaodos/index.php/methaodos/article/view/34

No soy feminista, pero……

31 jul

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Toril Moi, “«Yo no soy feminista, pero…»: Cómo «feminismo»
 se convirtió en la palabra impronunciable”, La Habana: Criterios, no 10, 1 septiembre 2011. 136-146.

 Mónica Guadalupe Hernández Mendoza

Letras Hispánicas

Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, UdeG.

Becaria del programa Verano de Investigación Científica, 2015.

 

Toril Moi, en su artículo “«Yo no soy feminista, pero…»: Cómo «feminismo»
se convirtió en la palabra impronunciable”, reflexiona acerca de la crisis actual del feminismo, cuyo entramado conceptual estereotipado ha provocado que muchas mujeres jóvenes que comparten los ideales de este movimiento social, eviten a toda costa llamarse a sí mismas “feministas”. Moril afirma que la teoría feminista carga una gran problemática que no sólo le concierne a ella, sino a toda la doxa postestructuralista, pues “El paradigma postestructuralista está agotado”. Es por ello, asegura, que “los teóricos (…) necesitan repensar sus supuestos más fundamentales sobre el lenguaje y el significado, la relación entre lenguaje y poder, lenguaje y comunidad humana, el cuerpo y el alma (…)”.

            La autora nos dice que la teoría feminista es parte del feminismo como movimiento social, el cual, desde mediados de los años 90, sufrió una campaña mediática con motivos de satanización por parte de grupos conservadores, quienes popularizaron el término “feminazi” y desasociaron al feminismo de su intención principal, que era la igualdad en derechos, y, en cambio, se dedicaron a presentar a sus simpatizantes como extremistas llenas de odio, quienes tenían como finalidad defender el holocausto moderno: el aborto.

            Las ideas falsas que estos conservadores lograron difundir se extendieron hasta los grupos liberales, incluso algunas feministas y exfeministas, asegura Moril, las utilizaron como blanco de paja con motivo de “reformar” el feminismo con su fragmentación, partiendo del propio ataque al movimiento social, aunque en realidad recurrían a sus supuestos fundamentales y los promovían como novedosos.

            Como resultado de la empresa promovida a base de estereotipos, el feminismo es concebido actualmente como un grupo marginal, aislado de la sociedad femenina general. Según la autora, ésta es una creencia que a la teoría feminista no le ha interesado reivindicar aunque, considera, le corresponde hacerlo, ya que es una necesidad acercar la teoría a la vida cotidiana de las mujeres que no tienen a qué recurrir ante sus problemáticas personales y sociales, pues, como ella misma afirma: “Si el feminismo ha de tener un futuro, la teoría feminista —el pensamiento feminista, la escritura feminista— debe ser capaz de mostrar que el feminismo tiene cosas sabias y útiles que decirles a las mujeres que luchan por salir adelante con los problemas cotidianos”.

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Inventando la cultura popular, de John Storey

25 sep

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John Storey. Inventing Popular Culture. From Folklore to Globalization. Oxford, Blackwell, 2003.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

De la Universidad de Sunderland, John Storey parece ser un académico atento a los principios desde los que está escrito su libro. Y no sólo eso: es generoso al punto de explicarnoslos desde su propio prefacio a Inventing Popular Culture. From Folklore to Globalization. Comienza Storey, pues, con un brevísimo examen de lo que son los Estudios Culturales; para empezar: una disciplina cuyo objeto es “examinar todo cuanto haya sido pensado y dicho”. Es cierto: se trata de una exageración, mas una exageración que comporta una posición esencial de los Estudios Culturales: es el hecho de que éstos sean un proceso activo, siempre presto a analizar no sólo los objetos, sino sobre todo la experiencia de los mismos.

         Enseguida, Storey concluye que “el hecho de que el significado no sea algo fijo y arraigado en la cultura, sino el resultado de un modo particular de representar la naturaleza en esta última, nos sugiere que el significado de algo nunca puede ser fijo, final, o verdadero; su significado siempre será contextual y contingente y, sobre todo, permeable al cambio de relaciones de poder”. Y así, pasamos a definir lo que es la cultura: “es cómo otorgamos sentido a nosotros mismo y al mundo que nos rodea; es la práctica a través de la cual compartimos y respondemos los significados de nosotros mismos, de los otros, y del mundo”. Y dado que “ver una serie de televisión y hablar de lo que los personajes hacen en ella; discutir en torno a quién debió ganar un partido de fútbol; recordar de manera conjunta las canciones de juventud; debatir las proclamas de políticos y empresarios; protestar las injusticias y las desigualdades de la globalización” es compartir significados y resignificarlos; sobra decir que no existe división entre baja y alta cultura.

         Por esta misma razón, se advierte que el libro no se ocupará de lo que es la cultura popular en sí misma. Antes al contrario su consigna será, en todo momento, repasar las formas bajo las cuales la cultura popular ha sido analizada: esto es, dividida. De manera que resulta obvio que no encontremos análisis de textos populares en Inventing Popular Culture. From Folklore to Globalization; sino que, por el contrario, encontremos análisis de cómo han sido articulados los discursos que presuponen los ya mentados textos populares y cómo “esta idea ha estado siempre enraizada en términos de clase, género, etnicidad, raza, generación, y sexualidad”.

         El periplo comienza con una mirada a los orígenes de aquello que se entiende por “folk” y termina, como bien se apunta en el titulo, con cuestiones relativas a la globalización, no sin antes  pasar por páginas concernientes al arte de masas, las identidades culturales, la ideología y su relación con la sensibilidad, la cultura posmoderna, la otredad, y la hegemonía.

            Cita Storey, justo antes de cerrar su propio prefacio, una línea de Williams donde se lamenta lo mucho que se pierde lamentando nuestra cultura en expansión, y lo poco de esta energía que se invierte en entenderla. No es baladí: parece ser éste, en efecto, el objetivo último de Inventing Popular Culture. From Folklore to Globalization.

 Consultar libro

Los estereotipos, de Richard Dyer

19 sep

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Richard Dyer, “Stereotyping”. Richard Dyer, Ed. Gays and Film. Londres: British Film Institute, 1977. 27-39.

 

Antonio Nájera Irigoyen

 

Letras Francesas

 

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

 

 

Desde la década de 1960 o, mejor aún, desde el Centro de Estudios Culturales de la Universidad de Birmingham mucho se ha escrito sobre los estereotipos y sobre cuestiones de género. Si los estereotipos son construcciones exageradas que ridiculizan a un cierto grupo por motivos ideológicos y hegemónicos; si están fundamentadas en la realidad o si, por el contrario, están erigidos a fuerza de prejuicios; si son evitables o inevitables: éstos son tan sólo tres ejemplos de lo mucho que se dice sobre los estereotipos. Y por otro lado, están las discusiones en torno al género: si se debe o no distinguir al género del sexo; si uno atañe a lo meramente biológico y el otro a lo social;  si son construcciones sociales que se potencian por medio de los medios masivos de comunicación: todas éstos, insisto, son puntos sobre los que ya se han detenidos los estudios sobre el género y los estereotipos. Sin embargo, advierte Richard Dyer, estos mismo estudios no han detenido de ningún modo ni la estereotipificación ni el rezago de los grupos discriminados por cuestiones de género — las minorías sexuales: los homosexuales, los bisexuales, etc.—. De modo que, sentado ya este precedente, Dyer nos comunica el sentido de su artículo: se trata no sólo de trazar las maneras de las que se ha servido, en este caso el cine, para propagar los estereotipos homosexuales a través de la pantalla, sino de ofrecer,  a su vez, alternativas que puedan poner fin a este tipo de prácticas.

 

         No obstante, más vale hacer ciertas precisiones. Existen, de acuerdo con la Sociología, diversas perspectivas desde las que se conoce un individuo: es decir, ante la imposibilidad de aprehender la esencia de las personas, únicamente nos es permitido conocerlas en tanto ejecutores de un cierto rol social—ora dentro de la familia, ora dentro del trabajo, ora dentro de cualquier otro círculo—. Y más allá de las subclasificaciones, retengamos que de este rol social se desprenden los tipos y los estereotipos. Por el primer se debe entender aquellas figuras que perpetran lo que la sociedad entiende por “normal”; mientras que por el segundo, todo lo que está excluido de dicha “normalidad”. Y cabe agregar: esta normalidad es promovida por los grupos dominantes, y están siempre supeditados a sus valores, sensibilidades e ideologías; de ahí que se normalicen al punto de parecer “naturales”, “inevitables” y “válidas” para todos los hombres. ¡Tan lejos estamos de Montaigne y su ensayo sobre los caníbales!

 

         En otro orden de cosas, Dyer aborda asimismo cuestiones sobre iconografía y estructura; cuestiones que se refieren a la forma en que se construyen los estereotipos homosexuales y el papel que desempeñan dentro de las obras a las que pertenecen. Y así, examinando los ejemplos de un cuarteto de películas, descubrimos cuáles son los signos que insinúan la homosexualidad de un personaje, y acaso toda su psicología. Porque, como bien se apunta en el artículo, los homosexuales son frecuentemente presentados como sujetos sofisticados, dueños tanto de sí mismo como de una astucia sin igual, que son capaces de corromper y dominar a sus respectivas parejas. Y pregunto: ¿cuál es la explicación de todo esto? Al parecer, dice Dyer, existe la necesidad de mantener la balanza que rige las relaciones heterosexuales: es decir, aquella de la desigualdad, puesto que se observará siempre la subordinación del uno al otro, o de la una a la otra, sin importar que ésta sea inferioridad económica, de casta, o intelectual.

 

         “Stereotyping”, de Richar Dyer, es una viva muestra de aquello que debiera ser imperativo para el ejercicio de los Estudios Culturales: no sólo la interdisciplinariedad, sino privilegiar por sobre todas las cosas la vinculación de conceptos de una agenda común: el cine, los estereotipos, el género…

 

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Cine y género, Stephen Neale

12 sep

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Stephen Neale. “Questions of Genre”. Film and Genre. An Anthology. Eds. Robert Stam y Toby Miller. Oxford: Blackwell, 2000. 157-178.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

La discusión sobre la naturaleza de los géneros ciertamente ha adquirido proporciones mayúsculas en las últimas décadas. Y es que sean éstos literarios, fílmicos, o musicales, tal parece que los estudios sobre la teoría del género ayudan a comprender problemáticas compartidas, y que trascienden por fortuna los márgenes de aquellas disciplinas. De modo que, siendo así las cosas, es por demás natural que aparezcan antologías como la de Robert Stam y Toby Miller, excelente recordatorio de aquello que deben ser las buenas antologías: ora una introducción para el recién iniciado; ora una guía para recordar aquello que ya se sabía, pero que se encontraba bajo la patina del olvido.

            Preparada por dos miembros del Departamento sobre Estudios Fílmicos de la Universidad de Nueva York, Film and Genre. An introduction es una herramienta ideal para conocer todo cuanto atañe al género y las dificultades que trae consigo. Se habla, entre otras muchísimas cuestiones, sobre las expectativas que rodean el género; y particularmente, sobre la función que éstas adquieren tan pronto como se convierten en la herramienta que posibilita el (re)conocimiento y, por ende, el entendimiento entre el espectador y la pieza en ciernes. Se hace también hincapié en la verosimilitud y en las formas que ésta exige de acuerdo con el género en cuestión: porque definitivamente no es la misma verosimilitud la que demanda una obra realista que una fantástica.

            Hasta aquí en cuanto atañe formalmente al género. Porque si observamos extramuros, nos podremos dar cuenta que existen aún más elementos a analizar y que, digámoslo de una buena vez, en ocasiones resultan mucho más determinantes para asignar un cierto género a un cierto film. Nos referimos a los llamado discursos institucionales e industriales, así como a todo lo que éstos comportan: de la reseña periodística a los afiches que vemos circular por las calles, de los libros sobre la historia del género a las campañas publicitarias de dimensiones colosales, de las etiquetas asignadas por la Academia a las ideologías subyacentes en las obras en cuestión.

            Pero no todo es discusión en esta antología. Aquel que busque respuestas concretas encontrará, por otro lado, muy gratas sorpresas. Podrá, por ejemplo, seguir de cerca la tesis de que los géneros, mucho más que monolitos, son organismos en constante proceso de cambio. Y con esto último, acaso hace falta decirlo, se intenta poner en evidencia que cualquier obra —insisto, sea ésta literaria, fílmica, o bien musical—  participa sólo de algunas reglas que hacen del género ser lo que es; pues, al formar parte ya de él, inevitablemente lo extienden, perpetuando algunas de sus características previas y eliminando otras tantas. De ahí, en efecto, la dificultad de ceñir los rasgos de cualquier género.

            De acuerdo con su etimología, una antología es una selección (del griego λέγειν, seleccionar) de flores (ἄνθος, flor), explicación que bien se puede antojar más literaria que científica. Sin embargo, ¿qué decir cuando una antología ha tomado las flores más representativas del jardín? Tal es el caso de ésta que venimos de revisar.

Capítulo en inglés

Geocrítica

24 jul

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Eric Prieto. “Geocriticism, Geopoetics, Geophilosophy, and Beyond”. Geocritical Explorations. Space, Place and Mapping in Literary and Cultural Studies, Robert T. Tally JR. (ed). Nueva York: Palgrave Macmillan, 2011.

Antonio Nájera Irigoyen

Letras Francesas

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 Tratándose de una disciplina de reciente aparición, esclarezcamos de una buena vez qué es la Geocrítica. Se trata, como bien infiere el entendido en etimologías, de aquella crítica que se aboca al estudio de la representación del espacio y de los lugares en los textos literarios. Y es, por supuesto, de naturaleza interdisciplinaria: lo mismo participa de la Geografía Social, que del Urbanismo, los estudios sobre el medio ambiente o la Fenomenología. Está escrito, por así decirlo, desde el Postmodernismo, entendiendo que es así por tres razones: la primera, porque subraya la capacidad de la literatura para representar y formar nuestras concepciones relativas a la espacialidad humana —y que siempre son, cabe decir, inestables—; la segunda, porque pone énfasis en el hecho de que todo ello es producto de una cierta subjetividad; y, la tercera, porque insiste en que la transformación e interpretación del espacio incide en nosotros en tanto seres humanos.

     Ahora bien, es preciso mencionar que existen varios enfoques dentro de la Geocrítica. Al parecer de Eric Prieto, quien es —dicho sea de paso— aquel que abre el libro, éstos son principalmente dos. En primer término está la aproximación fenomenológica, y es, en efecto, aquella que privilegia la experiencia subjetiva del espacio. Es de origen preponderantemente francés, y encuentra en Gaston Bachelard y en George Poulet a dos de sus teóricos esenciales, si bien en fechas recientes plumas como las de Edward Casey y Jeff Malpas han alcanzado cierta notoriedad. Y, tras retomar tanto nociones husserlianas  —como por ejemplo, aquella según la cual existe una intencionalidad en la relación que existe entre nuestra conciencia y los objetos— así como otras tantas de Martin Heidegger, este enfoque ha incorporado herramientas de otras ciencias, entre las que destacan: la Biología, la Neurociencia y las Ciencias Cognitivas. De modo que se ha pasado, dicen algunos, de una teoría meramente impresionista a una de naturaleza estrictamente científica. Es, en síntesis, un ejercicio que, como otros tantos surgidos a partir del Postestructuralismo, pone de manifiesto la importancia del problema epistemológico concerniente al ser y a su interacción con el mundo.

         En segundo término, se encuentra el enfoque propiamente postesctructuralista, y que se diferencia del fenomenológico por el hecho de que no se interesa en la experiencia subjetiva del espacio. Se ocupa, por el contrario, de la semiótica de la representación espacial: o dicho en otras palabras, de los elementos que posibilitan la distribución espacial del poder. Este punto nos quedará aún más claro si observamos lo siguiente: en su opinión, el espacio es todo menos un vacío neutral, carente de características propias, y repleto de objetos: es más bien una dimensión socialmente construida. De ahí que prefieran hablar de lugares y no de espacios, pues descreen que la perspectiva individual sea un útil punto de partida para comprender este último. Y así, para el beneplácito de aquel que busque profundizar en otros enfoques, se hará también mención más adelante de otras tantas aproximaciones, entre las que bien podemos destacar la identitaria (cada identidad está extremadamente enraizada en el lugar de donde emerge) y la ambientalista (emparentada ya más bien con la Ecocrítica).

         Pero, en este libro, no todo es una revisión histórica de la disciplina. Se discute, además, un libro de reciente aparición: La Géocritique: réel, fiction, espace, de Bertrand Westphal. Y se precisa que éste se mantiene firme en la búsqueda de un nuevo campo para los estudios literarios, uno que, sobra decirlo, sea en extremo geocéntrico. De tal suerte que las razones no se dejan esperar: el espacio y la geografía, arguye Westphal, se han vuelto más importantes en el último siglo que el tiempo y la historia (y notemos que se vislumbra aquí también la sonrisa de Saussure: es, por supuesto, un triunfo más de la sincronía sobre la diacronía). Y es, agrega, uno de las tantas consecuencias arrojadas por la Segunda Guerra Mundial y su natural desmitificación del progreso.

         No resta sino añadir que son aún más los temas tratados en este libro: la identificación de los límites y las limitaciones de la Geocrítica en tanto disciplina; los llamados hauts lieux de la literatura (París, Londres, Nueva York, etc., si bien en esta lista cabrían lugares imaginarios, como la Atlántida, o bien otros de mucha menor prosapia); la distinción entre Geocrítica y otras disciplinas hermanas (por ejemplo, con respecto a la Geografía Conductista, cuya tarea consiste en dilucidar la distribución física de las entidades espaciales y nuestra conducta en relación con el espacio). Todas éstas son cuestiones tratadas en este libro, excelente introducción para los inexpertos como lectura ulterior para los ya iniciados.

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“Sobre la cartografía literaria” de Robert Tally

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